Mamá ¿Dónde está papá?

Hands writing on old typewriter over wooden table background

El DINERO NO EXISTE

Luis R. Pérez Lezama*

A pesar de que los tiempos han cambiado, a pesar de que navegamos en los mares desconocidos de una pandemia, a pesar de que ha sido un año de celebraciones extrañas, hay cosas que nunca van a cambiar y una de ellas es la relación tan compleja que existe entre un padre y su hijo en éste singular país. En México como en ninguna parte del mundo es tan determinante, tan valiosa como dolorosa la imagen de un padre para su hijo. Aquí el hijo adora y venera a la madre al tiempo que se mienta la madre con su padre, en nuestro país la relación paternal es de lobos, primitiva, porque al hijo hay que hacerlo “hombre”.
Estoy cierto que habrá quien lea esta columna y tenga la fortuna de tener un padre admirable, ejemplar, pero la gran mayoría en este país no ha vivido esa experiencia, pues tiene (o tenemos) una figura paterna llena de errores y cargamos con la responsabilidad de “no ser como tu padre” justo en el instante en el que nos damos cuenta que somos “igualito a tu padre” quizá porque desde cualquier ángulo: Es nuestro padre. Por eso hoy no quise querido lector hablar de lo jodida que está la economía de éste país, hoy quise apostar por una baraja que pueda transformar la vida de los mexicanos más jóvenes: La relación con su figura paterna (cualquiera que ésta sea) porque la gran apuesta para cambiar este país es la recuperación del núcleo familiar, por eso y aunque yo crecí con las mismas consignas que he descrito aquí, es un buen ejercicio reconocer la función de un padre; no se trata de si es buena persona o no, no se trata de si se equivocó o no, se trata de lo que sin saber, deja sembrado y que ahora que soy padre entiendo, porque una cosa es el juicio y otra los resultados. Así que con el permiso del COVID hoy contaré un poco de mi padre.
Mi padre era un muchacho de barrio, bueno para los “chingadazos”, ágil para la moneda, bueno para la “caricia femenina”, diestro para el comercio, de inigualable tesón, esforzado, avezado con los “de arriba” y duro con “los de abajo” porque sabía que no podía dejarse de nadie; mi padre era un muchacho de sonrisa coqueta que sumada al “don de la palabra” le permitió transmitir toda esa fuerza para que mi madre se enamorará de él. “Monchi” como le llaman entendía bien que tras el matrimonio vendría la responsabilidad y que no sería fácil “dar el brinco” de la tienda de abarrotes al banco y que habría costos al intentar migrar del barrio lleno de libertad al yugo natural del hogar. Mi madre tendrá la vara muy alta para medir su desempeño y siempre la respaldaré, pero también tengo que decir que cuando yo era niño mi padre era el sol al cual yo iba en su encuentro a lo largo del pasillo de la escuela para intentar abrazarlo cuando llegaba por mí. No lograré nunca cambiar mi opinión sobre las tragedias propias de mi hogar, pero si quiero que mi descendencia valore lo mejor de mí, tengo que reconocer que mi padre jamás me llamó la atención sobre mis torpezas en el futbol; yo era malísimo para la pelota siendo niño y él me llevaba sólo porque me gustaba correr detrás del balón sin entender el juego. Lamento que cuando crecí y me convertí en un excelso pasador, no estuvo en las gradas para ver la calidad de mis pases “filtrados”; siempre lo busqué entre los aficionados, pero no estuvo más.
Debo reconocer que no había emoción más grande cuando era niño que ver cruzar la vía del ferrocarril que delimitaba nuestra calle, al Grand Marquis blanco con placas terminación 444 de mi padre, nada era más poderoso que salir a rodar un domingo en la noche con mi cabeza afuera del “quemacocos” mientras escuchaba en el “stereo” a José José. Debo reconocer que siempre fue doloroso combinar los malos momentos con las grandes aventuras y nadie sabe lo complicado que ha sido sobrevivir entre el enojo y la nostalgia así que elegí conservar las mejores imágenes en mi mente para cuando mis hijos aparecieran. Entre ellas siempre figurará esa sonrisa burlona que él tenía cuando jugaba conmigo al “karate”; parecía que disfrutaba mi molestia de no poder ganarle, lo mismo que cuando pisaba con fuerza un balón y no dejaba que yo lo pateara. ¿Control de la frustración? Quizá…
Mi padre aún en sus mejores momentos no era bueno para muchas cosas, cuando yo tenía 4 años intentó encender un asador en la azotea y salimos volando ambos; no pudo sostenerme cuando me caí en el parque y me abrí la cabeza, pero sé que corrió a toda velocidad para llevarme al sanatorio mientras su rostro se palidecía. Mi padre no me enseño técnicas de estudio avanzado, pero me puso dos “reglazos” en las piernas el día que escondí un examen, me enseño que la disciplina es todo, que no hay que regalar nada, que siempre hay que ir por más, que siempre lo puedes hacer mejor y que tú eres el número 1 -aunque no lo seas- así que cuando se marchó decidí reprobar todas las materias como protesta. Me enseñó a controlar el miedo y cuando vio que no podía decidió dejarme solo para que aprendiera por mí mismo en la vida, lo hice bien, nadie me gano y si él se hubiera quedado tampoco me hubiera ganado. Mi padre sabía que yo era un niño diferente y no quiso interferir en mi crecimiento, a él le gustaba más mi infancia que mi adolescencia pues vi su cara de preocupación cuando supo que mi primer amor me había regalado una fragancia tan cara como las que él usaba; mi padre estaba en contra de mi encuentro con el rock y el tabaco, pero fue capaz de comprarme una chamarra de motociclista a sobreprecio. Él no quería que yo fuera rebelde, pero me llevó al concierto de Guns n’ Roses en el ‘93 y terminó subido en una silla haciendo con la mano izquierda la famosa señal de “rock and roll”.
Sin esa parte de mi vida yo no sabría qué demonios es un Gin Tonic, no me habría enamorado jamás del mar Caribe y no recordaría como aún recuerdo su famosa canción sobre los “Chocorroles”. Hoy he aprendido que, sin minimizar el daño que un ser humano puede causar voluntaria o involuntariamente, es deber de la inteligencia emocional separar lo útil de lo inútil y por eso concluyo que, sin sus aciertos y errores yo no hubiera abierto los ojos a la vida, por eso en éste “Día del padre” me parece muy apropiado reconocer que ser padre es una función, se puede hacer bien o se puede hacer mal, pero el corazón de un niño siempre sabrá filtrar y purificar el agua salada. Quizá por eso mi padre comprendió que lo mejor que podía hacer es lo que mejor hizo: Dejarme con mi madre, aunque yo creciera preguntando: -Mamá ¿Dónde está papá?

*El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER ThinkLab. Es académico y conferencista. Twitter: @SAVERThinkLab