El destierro de Babilonia

Esta etapa de la Historia de la salvación es muy especial. Se inicia precisamente durante la tragedia del destierro en Babilonia. Los judíos desterrados se sienten infieles a la alianza y lejos del poder de Yahvé. Vivían “en tierra ajena”, tanto para ellos como para su Dios. Yahvé no tenía allá nada que hacer; estaban bajo el poder de otros dioses…
En este ambiente de desánimo llegan a dar un paso importante en su experiencia de Dios. Primero Ezequiel descubre que Yahvé no se quedó allá lejos, encerrado en el templo de Jerusalén, sino que vive en medio de ellos. A partir de ahí se van sucediendo una serie de nuevos descubrimientos: resulta que Yahvé es el único Dios, el creador del cielo y de la tierra, con poder sobre toda la creación y todos los pueblos. Tiene tanto poder en Babilonia como en Jerusalén, y ante él los otros dioses no son absolutamente nada. Texto significativo de esta época es el del segundo Isaías 40,12-17. (Leerlo)
En esta época aparece el términocreatura, que hace relación íntima de dependencia de un Creador.
Dios los iba a poder sacar del cautiverio precisamente porque es el único poder universal ante quien nada resiste.“Toda carne (toda creatura) es hierba y toda su delicadeza como flor del campo. La hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre”(Is 40,6.8). Lo propio de toda carne es no poder oponer la más mínima resistencia al espíritu de Dios, que la llamó a la existencia como él y cuando él lo quiso. El plan de Dios, en cambio, permanece para siempre, precisamente porque ninguna de sus creaturas se le puede oponer.
El sacerdote Ezequiel fue llevado al cautiverio en la primera deportación a Babilonia el 598 a.C., junto con otras autoridades. Allá, entre aquellas personas trilladas por el sufrimiento, tuvo una nueva experiencia de Dios, que se sintió llamado a transmitirla a sus compañeros de cautiverio.
Ellos no se imaginaban cómo poder adorar a Yahvé en tierra extraña, propiedad de otros dioses. Ser exiliados era sinónimo de estar abandonados por Yahvé. Un exiliado era, pues, gente sin Dios. El salmo 137 lo expresa con intensidad. Para sus autores no se podía cantar en el exilio, ni mucho menos sacrificar o profetizar. En tierra extraña no había cómo entrar en contacto con Yahvé.“¿Cómo podríamos entonar un canto a Yahvé en tierra extraña?”(Sal 137,4).
La desesperanza era completa. Lo anota el propio Ezequiel, citando palabras de sus contemporáneos:“Se han secado nuestros huesos. Se perdió nuestra esperanza. El fin ha llegado para nosotros”(Ez 37,11).
Ezequiel siente una experiencia de Dios profunda y original. Se trata de una visión de la gloria de Yahvé, que hasta entonces se decía que resplandecía sólo en Jerusalén. Allá Isaías la vio con ocasión de su vocación (Is 6). Ahora también la ve Ezequiel. Pero no en Jerusalén. La visión de Ezequiel se da en el exilio, junto al río Quebar, afluente del Éufrates (Ez 1,3).“Encontrándome entre los desterrados… se abrió el cielo y contemplé visiones divinas. Entonces Yahvé puso sobre mí su mano…”(1,1-3).“Hijo de hombre, levántate, que voy a hablarte”(2,1).“Me levanté, y fui al valle. La Gloria de Yahvé ya estaba allí”(3,23).
En este descubrimiento reside la inmensa y para aquellos tiempos extraordinaria novedad de la experiencia de Ezequiel: sintió la presencia de Yahvé entre los exiliados. A partir de este punto crucial, Ezequiel se pone a predicar con frenesí. Siente que Yahvé vive ahora entre aquellos deportados, tan oprimidos y esclavizados, solidario con todos ellos, por lejos que estuvieran de Jerusalén.
Ezequiel es el vidente de la presencia de Dios entre su pueblo sufriente. Anuncia la presencia de un Dios que ha bajado hasta su pueblo en desgracia para revelarles su poder y su cercanía. Yahvé no se había quedado encerrado en el templo de Jerusalén, sino que vive junto a los desterrados, haciéndose sentir en aquellos momentos difíciles y obscuros.
El Dios que se revela a Ezequiel es polifacético. Son muy variadas sus caras, sus manifestaciones y sus aspectos. Está por encima de todo y de todos. Lo invade y lo envuelve todo. Es misterioso y sencillo, grandioso y cercano…
Es un Dios al que no se le puede encerrar en ningún sitio, ni siquiera en el templo; él se encuentra en todas partes; es ágil y dinámico, absolutamente libre. Es movilidad sin descanso. Un Dios que se mueve como quiere y cuando quiere.
Dios esfuegoardiente, que quema, penetra hasta en lo más profundo y deja siempre las huellas de su paso. Es comobrasas ardientes(1,13), que calientan y convocan a la reunión, al diálogo, a la intimidad. Dios cercano, familiar, que anima a acercarse a él como brazas ardientes. Pero las brasas son chiquitas, están quietas y dan poca luz. Por eso Ezequiel se corrige: Dios es ágil y luminoso, comoantorchas que se agitan(1,13). Pero la antorcha es pequeña e ilumina poco. Por eso Ezequiel afirma que Dios ilumina como elrelámpago(1,14). Pero el relámpago puede dar miedo y hacer daño. Por eso, aunque Dios es poderoso como el relámpago es, además, bello y esperanzador como elarco iris(1,28).
Ezequiel ve también a Yahvé con diversosrostros. Siente que Dios mira hacia los cuatro puntos cardinales, o sea, en todas direcciones, sin que nada se le escape. Por eso siempre camina de frente, vaya adonde vaya, sin dar las espaldas a nadie.
Frente a la idea de un Dios cuadriculado, encerrado en Jerusalén, Ezequiel se imagina a Dios conalas. Y no dos, sino seis (1,9). Y tiene también unasruedasespeciales que giran sobre sí mismas (1,15-19). Yahvé puede llegar instantáneamente adonde quiera, en cualquier dirección, por más lejos que sea. Es ágil y rápido; nadie lo puede encerrar, ni impedirle el paso. Es poderoso y terrible como unríocaudaloso o como el estruendo de unejércitoen marcha (1,24). Va donde quiere, nadie lo puede atajar. Es como elvientohuracanado (1,4).
Este Dios, de fuerza penetrante, hace que el profeta se mantenga en pie (2,2); le exige fidelidad en la transmisión del mensaje y le pide cuentas de ello (3,18.35). No se queda contento con que escuchemos su palabra: hay que tragarla y experimentarla:“Abre la boca y come lo que te doy… Come este libro y anda a hablar a la gente de Israel”(2,8; 3.1). Palabra que es todopoderosa:“Ninguna de mis palabras esperará más. Será cosa dicha y hecha”(12,27).
Así es como Ezequiel inaugura una nueva era en el conocimiento de Dios: el Dios universal, que lo ve y lo puede todo, grande y cercano a la vez, que está en todos lados.
Después de su maravillosa experiencia de Dios, y su consiguiente llamada, Ezequiel se dedica a predicar a sus compañeros de cautiverio. Para él es claro que tienen primero que reconocer sus infidelidades para poder recibir así el perdón y la restauración que les ofrece Dios.
Pero durante un largo periodo, desde la primera deportación hasta la destrucción de Jerusalén (598-587), sus compañeros se encierran en su tozudo orgullo. Pensaban que el destierro iba a ser pasajero. Esperaban que pronto todos volverían a Jerusalén, y allí encontrarían de nuevo su salvación. Lo que menos podían esperar era la destrucción de Jerusalén y el aumento del número de deportados.
Ezequiel hace esfuerzos desesperados por hacerles ver que vivían en una irresponsable inconsciencia, pues esa esperanza falsa les impedía ver que no habían dejado las causas de la primera deportación, como era la idolatría y las injusticias, íntimamente unidas la una a la otra. Además, el centro de esa corrupción era precisamente el templo de Jerusalén. Si no reconocían su pecado y cambiaban radicalmente de postura, la segunda catástrofe sería peor que la primera.
Justo al enterarse de la caída de Jerusalén, Ezequiel comienza una etapa totalmente nueva. Los textos posteriores a esta fecha hablan siempre de salvación del pueblo elegido.
Una vez ocurrida la catástrofe, Ezequiel denuncia con mayor claridad a los responsables de la misma (22,23-31): príncipes, sacerdotes, nobles, profetas, terratenientes… Pero después de acusar a los responsables del rebaño y a sus miembros más fuertes, Dios anuncia que él mismo apacentará a sus ovejas (cap. 34).
El cambio de la condenación a la salvación se halla en todos los profetas, pero en Ezequiel queda especialmente patente. A partir de él, la profecía tomará un rumbo más consolador: busca ante todo animar al pueblo oprimido y descorazonado. Proporcionar consuelo, éste fue uno de los objetivos de la visión de Ezequiel. Pero no fue el único.
El mismo Yahvé ha ido al destierro con ellos y, por la santidad de su nombre va a comenzar una historia nueva. Por ello Dios va a realizar una nueva Alianza y va a conseguir de nuevo que vuelvan a su tierra (36,22-30):“Sabrán que Yo soy Yahvé cuando los haya devuelto a la tierra de Israel”(20,42).
Pero para que el pueblo no vuelva a ser traidor, Dios promete darles“un corazón nuevo”(36,26).“Infundiré mi Espíritu en ustedes para que vivan según mis mandamientos”(36,27). Sólo así podrán poseer la tierra como Pueblo de Dios (36,28-30).
Pero el hombre, pecador por naturaleza, no es capaz de cambiar de comportamiento si el mismo Dios no realiza en él una renovación interior: es necesario que él mismo nos dé un corazón nuevo.
El amor apasionado de Yahvé no se agota ni se extingue al contemplarlo convertido en“huesos completamente secos”(37,2).“Voy a hacer entrar mi Espíritu en ustedes y volverán a vivir”(37,4-6).“Yo, Yahvé, voy a abrir sus tumbas y los llevaré de nuevo a la tierra de Israel. Yo soy Yahvé”(37,9-13).
Señor, deja resonar en mi corazón las palabras que tanto repetiste a Ezequiel: Hijo del Hombre, levántate! Camina, que la Gloria de Yahvé está contigo, y tu orgullo estúpido será arrancado poco a poco, para dejar reinar el fuego resplandeciente, la antorcha agitada, el cristal, el zafiro. Sí, alégrate, alma mía.“Pon tu confianza en Dios, que aún le cantaré a mi Dios Salvador”(Sal 42,12).

Para dialogar y meditar: Ez 36,22-30 (corazón nuevo)
1. ¿He tenido también yo una impactante experiencia de Dios? ¿Sería capaz de contarla?
2. ¿Conozco a gente orgullosa que se niega a reconocer sus faltas?
3. ¿Creemos posible que Dios pueda cambiar corazones de piedra en corazones de carne?
Escuchemos con humildad lo que Dios dice a los falsos profetas: Ez 13,2-23.