Lectura del santo Evangelio según san Juan 19,25-30:

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: “Todo está cumplido”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Palabra del Señor.

Antes de morir en la Cruz, Jesús dirige sus palabras a su madre, la Virgen María, palabras cargadas de simbolismo, a través de las cuales se expresa el corazón de Jesús: “Mujer, he ahí a tu hijo”. En esas palabras, Jesús está vinculando fuertemente a la que le dio la vida, la que comprendió su corazón, a su Iglesia, representada por el discípulo amado, Juan.
No son palabras superficiales, expresan la voluntad de Jesucristo, quién ante la inminencia de la muerte, expresa lo que considera importante para él: su Iglesia y su madre. María, por voluntad expresa de Jesús, recibe la misión de estar con su Iglesia, de ser madre para sus discípulos. Misión que María realizará a lo largo de su existencia, hasta el día de hoy.
La Iglesia, en la persona de Juan, recibe también la encomienda de ver a María como su madre, la que intercede, ilumina, cuida y acompaña a los hijos de Dios. Los cristianos, desde los orígenes han tenido especial cariño a la Virgen María, madre de Dios y madre de la Iglesia.
Al honrar a la madre se honra al hijo, amar a María es amar a su madre. Ella es madre de la Iglesia, siempre con nosotros, por eso el demonio odia a la Iglesia y odia a María. El demonio odia lo que tanto ama Cristo: a su madre la Virgen María y a la Iglesia.
Virgen María, madre de la Iglesia, ¡ruega por nosotros!.