La empatía y el instinto gregario

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DESDE EL PORTAL

La empatía y el instinto gregario

Marcela Prado Revuelta

“Instinto gregario y empatía” parecen palabrotas. Lo son. De las palabrotas que debería aprender todo mundo, desde niños. Ayer se lo expliqué a mis nietos.
El hombre precisa de la “presencia del otro”: la pareja, la familia, el grupo, el clan, la tribu… cuando son demasiados y en el circo romano pedían muerte o en los modernos estadios gritan “úuulerooo”, ya se convierten en plebe y eso, en Sociología, es otra cosas… más bien deleznable.
Los animalitos -el hombre es un animalito racional- se reúnen en cardúmenes, colmenas, manadas… Acaso los felinos son un tantito solitarios… Es el “instinto gregario”…
Extrañamos el contacto. En realidad no queremos ir al café para tomar café o un copetín de vino: lo que deseamos es sentarnos con la familia y con los amigos y platicar de las musarañas, saludar a los que pasan, mirar los atardeceres, reirse de tonterías, compartir unas horas “con los otros”… Y no podemos.
Y la Empatía es simple: “pónte en los zapatos del otro”. Siente lo que “el otro siente”. Llora por lo que llora el otro. Que te duela hasta el alma lo que le duele al otro. EMPATÍA, le dicen. (La simpatía y la antipatía son otra poca de gracia y otra cosita, carajo. Luego les platico).
-¿Le compra al amigo que ahora ofrece servicio a domicilio, aunque sea un poco y realmente usted no lo precisa?
-¿Ya se dió cuenta de que la casa de la esquina está cerrada y hace días que no ve a la anciana que salía a barrera la banqueta?
-¿Ha pensado en lo que padecen los viejos maestros que han tenido que aprender a manejar las redes y las plataformas escolares, para ofrecer sus clases, porque de otra manera los corren?
-¿Le dió tres pesos al marimbero que pasó por su calle con cara de angustia?
Si no se ha dado cuenta, a usted se le está desapareciendo su capacidad de ser empático, es decir, de ser humano.
Esta cuarentena, además del maldito bicho que nos ataca por la “retroversa”, está atacando nuestro “instinto gregario”: no puedo abrazar a mis hijos ni a mis nietos ni a toda mi familia, no puedo abrazar ni ver a mis amigos, no puedo ir a tomar mi café, no puedo ir a los portales de Córdoba o de Veracruz, no puedo ir a la Iglesia, no puedo chismear alegremente…
Y peor que eso: está minando nuestra EMPATÍA: nos vale madre lo que le pase al otro: en mi familia no hay muertos del bicho. No es cierto. No existe. Son mentiras. No hay peligro… Se llama miedo. Miedo en autodefensa: “A mí no me pasará nada”… Pero si les pasa…
Todos los que fueron a la colita por las pizzas para los niñitos, han sido contagiados. Los que han hecho fiestecitas, ¡total, un ratito!, se contagian. Los que andan sin tapabocas, – a veces porque no tienen para comprarlos, a veces por ignorantes-, se contagian…
Y ni modo, aunque se molesten: es todavía peor. Los miles, millones de mexicanos que tienen que salir a buscar el Pan Nuestro de cada día, no reciben de nosotros, los privilegiados que podemos quedarnos en casa, muestras de empatía. Los ninguneamos, los atacamos, los despreciamos… Carajo.
Y estas palabrotas, junto al bicho, nos están deshumanizando. Nos están haciendo brincarnos nuestro instinto gregario y nuestra empatía: el dolor por los demás… Está destrozando nuestro tejido social
A mí me duele. No se a usted…