¿A dónde se fue don Porfirio?

Adriana Balmori Aguirre

Colaboración

Mañana 31de mayo se cumplen 109 años de la salida al autoexilio del presidente Porfirio Díaz, por ello quiero recordar con ustedes a dónde se fue don Porfirio. Él presentó su renuncia, ojo, esto es importante, no lo derrocó nadie, no hubo golpe de estado, sólo las amenazas del inminente levantamiento armado. Porfirio Díaz a pesar de que lo hizo a regañadientes, convencido por algunos de sus colaboradores, el 25 de mayo de 1911, presentó su renuncia como presidente ante el Congreso de la Unión y lo hizo por patriotismo, para evitar un derramamiento de sangre y los historiadores oficialistas nunca han reconocido el enorme mérito de su renuncia; esa misma noche, después de liquidar a todo su personal de confianza y de servicio,  salió con Carmelita Romero Rubio su esposa, hacia el puerto de Veracruz, y por increíble que nos parezca, sobre todo por lo que cuenta la historia oficial, el general Díaz era aclamado por los lugareños de los pueblos por donde pasaba su convoy, en muchos de los cuales tenía que detenerse el tren por unos momentos, como en Orizaba y Córdoba ya que hasta algunas autoridades se presentaban a saludarlo, también en alguna crónica se relata que antes de llegar a Orizaba el tren fue atacado por un grupo de bandoleros que no sabían que él ahí viajaba, inmediatamente fueron  detenidos por su escolta, sin embargo al enterarse don Porfirio, hizo que los soltaran.

En el puerto

Antes de embarcar a Europa, permaneció cinco días en el puerto Veracruz en los cuales fue visitado diariamente por el gobernador Teodoro Dehesa y por innumerables personajes de todos los ámbitos y estratos sociales, cónsules, empresarios o políticos, además del pueblo, que llegaba en diferentes grupos cada día a saludarlo y con regalos; esto lo reconfortó mucho en este trance para él tan doloroso, lo mismo que cuando aborda el buque Ypiranga, -en el que viajó como huésped de honor, en el camarote del Capitán que le fue cedido por la naviera alemana dueña del buque- para partir al exilio y es despedido con el Himno Nacional, 21 cañonazos disparados desde el Baluarte de Santiago, niñas entregándole flores y cientos de personas en el muelle de Sanidad, aclamándolo.

Después de pasar por puertos españoles llega a Francia, y casi enseguida se va a Suiza para ser atendido de una severa infección bucal que padecía hacía meses y que agravaba a su malestar anímico y general; regresa a París curado y ahí se instala. Una de las primeras cosas que hizo en París, fue visitar la tumba de Napoleón, donde fue recibido como Jefe de Estado y le fue entregada la espada de mando de Napoléon durante la batalla de Austerlitz y en palabras del Gral. Gustave Léon Niox, Gobernador de los Inválidos, complejo militar donde el corso está enterrado, “esta espada no podía estar en mejores manos”.

Es curioso ver cómo él vive en una casa modesta, la que le permitían pagar las cortas rentas de sus acciones en el Banco de Londres y México, ya que su sueldo como general en retiro, lo donó para premiar a los alumnos del Colegio Militar -cosa que sólo sucedió en una o dos ocasiones, después no se sabe en qué manos paró- y en cambio muchos exiliados habitaban cerca de él en fastuosas mansiones.

Ambiente familiar

Vivía alejado de los círculos diplomáticos y políticos, su vida transcurría en el ambiente familiar, con las idas y venidas de sus hijos y nietos, sus cuñadas y desde luego las dos mujeres oaxaqueñas que le servían y que insistieron en seguir a la familia a su destino. Las visitas de algunos compatriotas le animaban, aunque estaba al pendiente -por cable y periódicos- de todo lo que sucedía en México, prefería enterarse con detalle por boca de sus compatriotas. Cerca de su casa estaba el Bosque de Bolonia donde iba a cabalgar entre los añosos árboles y su lago, pues decía que le recordaban al bosque de Chapultepec.

Con su familia viajó por Europa, en España el rey Alfonso XIII le ofrece una gran recepción, y lo invita a vivir ahí poniendo a su disposición un palacio, cosa que don Porfirio agradece, pero rechaza. También el Káiser de Alemania lo invitó a acompañarlo a unas prácticas militares demostrando su interés al enviarle los pasajes. En sus recorridos llegó hasta Egipto y según cuentan, al visitar las pirámides no quiso subirse, como lo hicieron sus acompañantes, a un camello, a él le dieron entonces un burrito tan pequeño, que montado en él, arrastraba los pies.

Nunca perdía la esperanza de regresar a México, cuando se enteró de que habría elecciones, se alegró, pues pensó que con eso se evitaría una guerra fraticida y sangrienta, (como él temía y había pronosticado) con el consecuente desastre económico y social y de esa manera él podría regresar como un ciudadano más.

Su salud siempre fue muy buena, sin embargo, a finales de 1914 empezó a presentar lagunas mentales y se fue haciendo notorio su debilitamiento, murió a los ochenta y cuatro años, el 2 de julio de 1915, en su casa de París acompañado sólo de su esposa, su hijo y su nuera. Fue embalsamado y enterrado en la Iglesia de Saint Honoré l’Eylau, muy cercana a su casa, ya que Carmelita, su esposa, tenía la intención de traer sus restos a México, por lo que permaneció en París hasta   muchos años después, cuando comprendió que no sería posible y los trasladó al panteón de Montparnasse, donde están enterrados numerosos personajes y celebridades; ella volvió a México, ya pasado lo peor de la revolución.

La tumba de don Porfirio se ha vuelto un lugar de visita turística para los mexicanos, ahí se encuentran con una pequeña cripta coronada por el águila de nuestro escudo, en cuyo interior puede verse un retrato ecuestre de don Porfirio, una imagen de la virgen de la Soledad, una vasija de barro negro con tierra de Oaxaca y una calaverita de azúcar con el nombre de “Porfirio”.

Como dice el historiador Enrique Krauze: “Más allá de los errores cometidos por Díaz, ya es tiempo que la historia le haga justicia y le reconozca como el protagonista que propició la consolidación de México en el contexto internacional”.

Y todos lo conocemos y le llamamos familiarmente “don Porfirio”.