Lectura del santo Evangelio según san Juan 17,1-10:

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.
Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.
He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los distes. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado”.
Palabra del Señor.

La misión de Cristo y los cristianos es glorificar el nombre del Padre haciendo su voluntad hasta el extremo de dar la vida en la Cruz del sufrimiento. Jesús es consciente de su misión, por ello antes de entrar en todo su misterio de pasión, muerte y resurrección eleva su oración al Padre, pidiéndole que le ayude a glorificar su nombre, es decir, cumplir el plan salvífico en el ara de la Cruz.
Aquellos que han sido elegidos por Dios para llevar la santificación a los hombres están destinados a poner su fe en Dios por encima de los proyectos egoístas, por encima de la comodidad y el dinero, por encima del querer quedar bien con los demás.
Muchas veces el glorificar el nombre de Dios implicará el rechazo de los hijos, la incomprensión de la pareja y la sensación de una profunda soledad, pero en todo ello estamos llamados a poner la voluntad de Dios por encima de cualquier otra cosa por agradable que nos parezca.
Los cristianos sabemos que nuestra vida es una misión que implicará dar la vida para que el nombre de Dios sea glorificado en este mundo.