Una cena en Hong Kong

Lolis Becerra de Del Río
Colaboración Especial

Yo confieso una vez más, que la comida en mi vida no ha sido de suma importancia. No soy curiosa para descubrir nuevos sabores. Las incursiones gastronómicas no han sido mi fuerte. Oigo sobre los gusanos de maguey y espero no verme en el apuro de tenerlos que comer, así puedo decir de las chicatanas y de muchas cosas más; mi querido amigo y maestro el Sr. Don Félix Jorge Martínez, siempre me regañaba por éstas, mis indiferencias alimenticias y gastronómicas, regaño con gran cariño y deseo – con él decía- de que aprendiera algo de la buena cocina y del buen comer. Para su frustración y para mí desgracia nunca lo consiguió, ni aprendí.

Así que esta es otra de mis grandes carencias y lo confieso. Las rarezas no me interesan y me angustia tener que probar cosas desconocidas.

En Tailandia, cuando nos ofrecieron sesos de chango, sorbidos del cráneo, se me aflojaron las piernas y el estómago se me fue a la garganta. Hasta la fecha pienso que tal vez nos trataron de ver la cara, aunque el restaurante era bueno y reconocido, mi cara debe haber sido un poema.

A partir del momento que supe que esa noche mi ignorancia gastronómica seria puesta a prueba, no lo podrán creer pero me empezó la angustia ¡AySusana, qué nos servirán! Y si son culebras o palomas o esto o aquello, Susana que es tragona se reía de mí, porque es cierto, yo sufro con esas pruebas.

Paseamos por Queens Road por la tarde deleitándonos con tanto escaparate y al pardear la tarde llegó el momento de ir a ponernos nuestro mejor vestido y arete etc., pues Miramar nos esperaba para una noche de cena y espectáculo chino. Como todo un caballero de puntualidad inglesa, el Sr. Tsoi y su esposa nos recogieron a las 8 P.M. elegantísimos.

Ella llevaba un juego de perlas cuyo broche sobre el cuello de su vestido de escote alto, se le veía precioso. Para la salida llevaba un chal de seda natural, como complemento de su atuendo sencillo pero de buen gusto.

Él, ya ni qué decir, elegantísimo, pulcro y fino. Esa noche decidió fumar en pipa, locual da un toque especial al que lo fuma, pero le rompe el alma al que lo huele, ese era mi caso, para el colmo de esa noche, la cual yo iba al mismo tiempo fascinada y temerosa. Miramar creo que aún existe. Al llegar, uno se apantalla con el clásico lujo chino fino y bueno, hay quien lo califica de “obsceno”, como lo acabo de ver descrito.

Por principio pasamos al bar, esperando ser avisados que nuestra mesa estaba lista mientras un vodka Wyborowa con tónica lo hizo bueno. Una vez que le fueron a decir a Mr. Tsoi que podíamos pasar, para mi ventura, sacudió su hermosa pipa dejando en el cenicero el resto del tabaco. Esa arma mortal para mi desprecio como por arte de magia ¡menos mal! Un enemigo menos a la vista. El olor del tabaco de la pipa me ha molestado siempre.

Pasamos a cenar, y lo primero que pude ver sobre la mesa, hermosamente dispuesta, fue que teníamos todos cubiertos occidentales y palillos chinos. Era opcional cual servicio se iba a utilizar. Lo primero que reconocí y creo que lo único, fue uno de los tantos platillos dispuestos a modo de entrada, fueron unos camarones. Cada platillo con lo que se iba a comer, tenía enfrente un cuenco pequeño con diferentes salsas. Ósea que el sabor era diferente pues cada platillo tenia diferente aderezo.

Por supuesto intentamos hacer uso de los palillos, donde el matrimonio chino como es obvio manejaba con destreza de prestidigitador.

Yo observaba como acomodaban el camarón, y con qué seguridad se lo llevaban a la boca sin el menor titubeo, bien prensado entre los palillos.

De varios intentos logre que un par de ellos llegaran a la mía, pero todo esto esta rodeado de la lección que discretamente y risueños nos estaban dando. Después nos suplicaron que hiciéramos uso de los cubiertos normales para nosotros, pues habían llegado unas costillas de cerdo con piña las cuales se comen con una especie de tortilla de harina pequeñita. Nunca me imagine que a base del correctísimo uso de los chopsticks (palillos) se pudiera hacer un taco pequeñísimo sin que nada se moviera de lugar. Para entonces yo estaba temerosa de que alguna costilla saliera volando de los palillos de la familia Tsoi ¡qué va! La práctica hace al maestro y para ellos eso era lo normal. Después como una deferencia a nuestras costumbres optaron por nuestros cubiertos, los cuales usaban muy correctamente también. El alma me estaba volviendo al cuerpo pues todo iba transcurriendo dentro de bastante normalidad. Los sabores raros de no sé qué cosa, fueron bastante aceptables. Cuando pensé que la cena tocaba a su fin, apareció un camarero con servicio completo para lavarnos las manos y yo dije ¡Eureka!

Nunca estuve más equivocada, eran para recibir la “sopa” cuyo aspecto parecía tener entre otras cosas…fideos. Ya al tomarla me di cuenta que esos fideítos ofrecían cierta resistencia como si fueran liguitas. Como pudo, Susana me dijo muy sonriente -Negra, cambia esa cara, te van a notar tu extrañeza-. Estas licencias de hablar en nuestros respectivos idiomas, eran frecuentes, tanto que le contesté a Susana, -tú no mastiques y pásate las liguitas- lo que hizo al pie de la letra, mientras que el Sr. Tsoi preguntaba -¿All is Okey? (¿todo bien?)- A lo que contestamos con la mejor de nuestras sonrisas ¡delicioso! Y es que en realidad el único problema es no tener hecho el paladar a esas cosas. Tal vez ellos sintieron extrañeza de comer el mole oaxaqueño o un vaso de pulque curado o qué se yo, algo habrá que les haga pensar ¿y esto qué es?

Durante la cena recayó la conversación en el consumo del opio: preguntamos si aún existían los clásicos “fumadores” de esta droga, a lo que contestó el Sr. Tsoi que definitivamente sí se consumía esta droga y que era un hecho que existían aún en sus clásicos lugares, donde el único fin era recibir a sus clientes y proporcionarles esa droga supresora del sufrimiento y forjadora de cielos, a cada cliente suyo, pero que eran terriblemente perseguidos con el fin de terminar con dicho consumo. Por eso los “fumadores” cambian constantemente de ubicación, y de esta manera, es más difícil detectarlos.

Un día en un lugar, al otro día en otra dirección, y es todo un secreto entre los clientes, donde irán en ese constante peregrinaje, el cual siempre termina minado de una manera dramática el cuerpo y el alma del consumidor.

Gracias a esta terrible vigilancia, al parecer cada día hay menos “fumaderos”. Sin embargo, ha sido un servicio ancestral y forma parte negativa de su idiosincrasia.

Otra cosa que impresiona saber es que así como existen hoteles, como ya se comentó,grandes exponentes de lujo, hay personas que en el reverso de moneda, pagan unos 20 dólares al mes por sólo tener una especie de cajón, con el tamaño de una persona, donde en el fondo hay una colchoneta, donde el pobre chinito se mete. Ese cajón hace las veces de camas y como él, duermen miles de personas. Arriba de ese cajón hay otro y así sucesivamente, como literas. Cada chinito sabe su número y así cada chinito ocupa su cajón, en el momento que lo desee.

¿Cómo será aquello?…sin comentario.

Llegó el momento de la variedad y la primera parte del show es auténticamente china. Óperas del país, trajes, maquillajes, dragones, movimientos, idioma, todo nos hizo recordar dónde estábamos, con quién y eso nos hizo apreciar el espectáculo en todo su esplendor, sin entender nada ¡por supuesto! Pero eso no le restó belleza y autenticidad a lo que estábamos viendo y oyendo.

El matrimonio estaba arrobado ¡No era para menos! La cena terminó con un postre de flor loto, y no sé por qué su color era totalmente obscuro. Ya sabiendo que era una “flor” la pasé sin hacer muchos análisis. La cena había terminado y de no ser por las liguitas (aleta de tiburón) todo fue cenado sin mayor problema.

Una “cremita” con un buen cigarrillo puso punto final a la cena y luego disfrutamos de la segunda parte del show, como puede verse en cualquier lugar del mundo. Una linda cantante, por supuesto cantaba en inglés, un gran e infalible prestidigitador y con eso no tan sólo la espléndida cena, sino una noche vivida con gran generosidad, siendo tratados con gran deferencia, nos dejarían para siempre un recuerdo indeleble en nuestros corazones. Fue una noche que saturó nuestra mente de imágenes, que sin los Tsoi difícilmente hubiéramos vivido…

(la próxima semana, el final de este maravilloso recorrido).