La minimización del crecimiento

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Luis R. Pérez Lezama*

Hagamos un rápido análisis de datos imaginarios sobre una encuesta en la que sin saberlo todos hemos participado: Aunque existen muchos jóvenes solteros y sin hijos que leen esta columna, también es cierto que una gran porción de ellos son padres de familia y desde luego la totalidad de los mismos son hijos. Dentro de esta inferencia dominguera, puedo asegurar que el total del universo al que me estoy refiriendo asistió alguna vez al pediatra -esto con la posibilidad de que probablemente un porcentaje cercano a cero de los lectores, sea un niño-. A partir de esta derivación, el 100% de esas visitas al pediatra tuvieron como protagonista al padre, madre o tutor quien fue confiable fuente de información durante la entrevista, auscultación y diagnóstico que el galeno ofreció a lo largo de la consulta.
En todos los casos -puedo asegurarte- que en independencia del padecimiento que haya motivado la visita al médico, el indicador más importante que los padres usaron para conocer el estado general del infante fue el crecimiento. Si bien para el mentor habrá sido importante saber si la esfera cognitiva del menor era amplia o suficiente, si el razonamiento era adecuado, si las habilidades eran plenas, si la conducta era acorde a la edad o si existía alguna deficiencia cualitativa en el 100% de los casos, estas preguntas fueron todas secundarias a la más importante ¿El niño o niña está creciendo? Vamos, que el pediatra tiene el deber de estudiar tanto el desarrollo como el crecimiento porque lo uno sin lo otro no existe. No concibo a un padre o madre que no se haya inquietado porque su bebé no crece, tampoco comprendería que algún padre no relacionará la estatura del menor con la genética familiar y mucho menos alcanzo a vislumbrar un escenario donde el infante fuera un niño brillante, pero tuviera una talla menor que al estándar y que esto resulte indiferente al padre. No concibo pues que durante el seguimiento pediátrico que dura alrededor de unos 12 años, se minimice la importancia del crecimiento del cráneo, de los órganos vitales y se valore más la distribución de sus emociones o la dispersión de sus aptitudes.
Así de increíble es mi sensación al levantar la mirada sobre el monitor y tomar un sorbo de café mientras escucho en las noticias al primer mandatario hacer gala de los más ricos argumentos, de los más hábiles giros repentinos sobre los vericuetos de la realidad y en un momento dado hasta de las más inverosímiles respuestas para “intentar” apaciguar al mexicano promedio, al que no está ávido de respuestas definitivas sino que ama vivir la telenovela en boga que ha cambiado de horario estelar, que ya no se transmite por las noches sino que ahora se proyecta cada mañana y mantiene en suspenso su propio futuro, éste “influencer” lo mismo habla de la espiritualidad que del desprendimiento, del desprecio por la riqueza o descalifica a los profesionales de la economía pretendiendo imponer una línea de pensamiento oficial; lo cual es a todas luces un exceso sin embargo, hay una complicidad que le da fuerza y que pretende usarse para multiplicar este pensamiento neo socialista experimental: El mexicano disfruta el tormento de la no resolución, de la espera, ama el suspenso, piensa que conoce el resultado final y asume que no tiene caso ir rápido a la conclusión porque es más entretenido tener un presidente ocurrente que un hombre de estado resolutor. El mexicano “promedio” se asume valiente por ello no tiene miedo a esta nueva crisis, no tiene prisa ni tampoco la entiende, está acostumbrado a esta “normalidad” y se mal alimenta de ella, se desnutre cada sexenio por ello es presa fácil de epidemias económicas y carece de “inmunidad” política.
Sin embargo, también existimos quienes no pertenecemos al “promedio”, ni somos objetivo del discurso pues comprendemos que la competitividad es madre del crecimiento, factor indispensable para alcanzar el desarrollo y que estos términos no sólo se refieren a la economía sino a la vida misma. Esta polarización entre débiles de espíritu y tiranos del tiempo fomenta una dicotomía: La incapacidad disfrazada o la perniciosa estrategia de éste gobierno de no mirar a la extensa franja llamada clase media -alta y baja- que se esfuerza diariamente por conservar su empleo, por generar mayores ingresos o incluso por ser exitoso emprendedor, franja, que es la que toma las grandes decisiones estratégicas de las empresas de éste país pues la clase media es nodular para el país, pues lo mismo es operativa que estratégica. Esta porción de tierra entiende perfectamente que la palabra clave del progreso es justamente crecimiento, pero no sólo eso, también entiende que el discurso oficial es inestable; pues lo mismo planteó la posibilidad de crecer 6% cuando el electorado era una “fruta de la pasión” que ha llegado a proponer el desuso oficial de un indicador que en las altas esferas es perfectamente incómodo, un PIB que hace 2 años era argumento de campaña hoy es innecesario por ser inconveniente.
Pero ¡Vamos! No estamos mal nosotros, los que si entendemos la importancia del consumo, de tener alternativas de alivio fiscal que trabajen con una política monetaria laxa, no estamos errados quienes comprendemos la valía del empresariado por su conexión con la generación de empleo y el ingreso familiar que a la postre se traduce en gasto motivado por la demanda agregada, no estamos mal los que no sólo entendemos sino motivamos la inversión extranjera para fomentar la competitividad, el cambio tecnológico, las energías renovables, el comercio exterior, el avance del dinero privado en las finanzas tecnológicas. No estamos mal, por el contrario estamos a salvo, por ello le invito a que conservemos la voz del intelecto, las herramientas neuronales y el bagaje analítico durante los siguientes 7 meses; mantengamos un altísimo nivel de competencia, seamos resilientes porque la transferencia de riqueza es el primer interés de un gobierno que busca redistribuirla discrecionalmente, porque quien busca generarla, la promueve pero quien busca controlarla genera pobreza igualitaria para después ir en pos de su segundo objetivo: Convertir al pueblo en un grupúsculo de ciudadanos sin aspiraciones, sin interés por la competitividad porque cuando se minimiza el crecimiento aparece el control, se pierden las libertades y se rompe la independencia. Piénselo…

*El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER ThinkLab. Es académico y conferencista. Twitter: @SAVERThinkLab