El Decamerón

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Héctor E. Ortega Castillo

En este maremágnum de trivialidades que surgen y resurgen a cada instante en el mismísimo seno de las redes sociales, cabe recordar al amable lector que epidemias (y pandemias) muchas ha habido a lo largo de la historia. Y que en dicho tenor, también de cuando en cuando surgen verdaderas piezas de arte de la mente humana que, gracias a los virus y bacterias que azotan a su alrededor, suele encerrarse a piedra y lodo y ensimismarse para que, dentro de la mayor de las soledades, logre parir alguna de las mencionadas obras maestras, sea esta en el ámbito plástico, musical o literario.
Así ocurrió en el ya bastante lejano 1353 en que, inspirado por la peste bubónica que asoló Firenze (Florencia para nosotros) un lustro atrás (es decir, 1348), Giovanni Boccaccio osó (recalquemos esto) escribir en una época en que la literatura erótica era… digamos, nula.
La narración es asaz simple: diez jóvenes fiorentinos (siete féminas y tres donceles) intentando escapar de la peste, se recluyen en una villa a las afueras de la ciudad Cuna del Renacimiento. A lo largo de diez días (de allí viene el título del libro: “deka”: diez y “hemera”: día) reúnense por las noches para contar historias, para lo cual nombran un “rey” o una “reina” que irán alternándose y este habrá de decidir el tema del día en que versarán los cuentos de la jornada. Todos los días, a excepción de uno, dedicado a las labores y otro, dedicado al recogimiento espiritual en que no se trabaja, habrán de narrarse un total de cien historias breves, más una adicional que el autor incluyó.
Por supuesto que el libro suscitó un gran escándalo en su tiempo (y en los siglos posteriores) debido a que trátase de la primer obra que se aleja enteramente de la temática religiosa, propia del Medievo, y abarca temas mucho más profanos, como el erotismo (rarísima avis), la riqueza, el poder o las relaciones amorosas.
Este libro inaugura la literatura del Renacimiento y se despega enteramente del misticismo medieval al que la sociedad europea estaba tan acostumbrada; de igual manera, se dirige a un público más profano y menos eclesiástico. Por supuesto que un par de siglos más tarde, la Iglesia Católica habría de incluirlo en su Index de Libros Prohibidos (que duraría hasta entrado en siglo XX, aunque ya nadie le hacía caso). Otrosí, está escrita en prosa, no en verso (también muy del Medievo) y se considera que sienta las bases para la novela moderna.
(Ahora bien, si después de leer estas líneas, consideran que el erotismo a que hago referencia es vulgar y prosaico y que encontrarán un filón de pornografía literaria, se equivocan: el Decamerón destila finura en su estilo, aunque para su época haya sido considerado rebelde y escandaloso).
El Decamerón de Giovanni Boccaccio es un ejemplo de que el aislamiento y el confinamiento debido a una epidemia, puede hacer surgir una extraordinaria pieza de buena literatura. Que el ingenio y la revolución que imaginamos estamos haciendo en el voluntario destierro en nuestros hogares, pueden lograr rendir frutos. Más allá de que el ser humano (más bien su mente) es capaz de cosas extraordinarias, el “Decamerón” ha de disfrutarse. Y nada mejor que hacerlo en ese retiro hogareño, acompañado quizás de una copa de vino, un café o hasta un vaso de soda. ¿Por qué no?

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