La sabiduría de los viejos

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

La mujer era ya una anciana. No por los años que había vivido: en los helados ambientes polares, la ancianidad llega a los 30 o 40 años. Para la «vieja» Pauti el fin de su vida estaba marcado y decidido por su inutilidad práctica. Había envejecido y tanto su hija Asiak como su yerno Ernenek habían hecho todo lo humanamente posible para conservarla con ellos en tanto no nacía su primer hijo. «Se condujeron bondadosamente con la vieja, que ya no podía contar con nadie, después de la muerte de su marido… Le dieron de comer, aunque sus endurecidas manos endurecidas ya no eran capaces de coser y sus dientes, consumidos  hasta las encías de tanto masticar pieles, no podían ya ablanda el cuero. Le reservaban los bocados más tiernos y Asiak le ponía en la boca comida ya bien masticada; así le pagaba cuanto había recibido de la madre durante la infancia; aquella era una honesta retribución, Pero, como el invierno, todo aquello tenía que llegar a un fin. Y así fue».

Y ella comprendió cabal y serenamente cuando, en medio de la noche, la suben a un trineo y la llevan sobre la inmensa llanura helada, bajo un cielo resplandeciente de estrellas. Nadie habla durante el viaje, ni cuando su yerno detuvo el trineo y tendió sobre el hielo la piel de caribú para que la vieja pudiera morir con comodidad.

Los días pasaron y Asiak anunció a su esposo que había llegado el tiempo del parto. Asiak cumplió cabalmente las indicaciones que le había dado su madre, incluida la durísima recomendación de simple supervivencia: «Si es macho, límpialo con tu lengua y luego úntalo con grasa; solo algunos sueños más tarde podrás lavarlo con orina. Pero si nace hembra, tienes que estrangularla inmediatamente… (porque), por criar una hembra inútil, vendrías a retrasar la llegada de un macho, el cual nunca llega demasiado pronto porque la vejez sobreviene muy rápido; y lo cierto es que se necesita un macho joven que nos provea de alimento». Como el vástago fue hombre, quedó zanjado este problema. Pero no el otro: al nacer el hijo de la pareja de esquimales («los hombres verdaderos»), ya no había lugar para ella en el pequeño, pequeñísimo iglú. Y alimentar una boca más era imposible. La comida apenas alcanzaba para dos, y ahora serían cuatro: ¡una multitud!

Abandonada en la llanura de hielo, entumecidos ya sus miembros y su cerebro, Pauti esperaba la llegada de un oso hambriento para que su vida terrena acabara y pudiera pasar al mundo de los espíritus. En tanto, en el iglú, el orgulloso padre revisó cuidadosamente  al pequeño y lo encontró todo bien, excepto por un terrible detalle: ¡el niño carecía de dientes! Y, por ello, la decisión fue irrevocable: «lo dejaremos en el hielo. Cuanto antes lo hagamos será mejor».

Asiak tuvo un pensamiento: aún débil por el parto, quiso despedir a su madre de este mundo y, en medio de su dolor, consolarse porque su hijo pasara a la eternidad en los brazos de su abuela.

De pronto, los ojos ya casi cerrados y el cerebro medio adormecido de Pauti detectaron la presencia de un trineo. En él llegaba su yerno y su hija Asiak, con el pequeño nieto desdentado. Y Pauti sonrió débilmente y habló: «No es imposible que una vieja presuntuosa sepa hacerle crecer los dientes». «Solo que era menester esperar a que llegara el verano para que las Potencias de las Nieves y de los Vientos, con las cuales ella, por ser mujer muy anciana, se hallaba en excelentes relaciones, escucharan su petición». Para entonces, el pequeño tendría sus dientes…

Y así, la anciana Pauti regresó nuevamente al feliz hogar de su hija, su reconfortado esposo y el pequeño nieto, a quien su sabiduría había salvado de una muerte segura.

Esta bellísima historia forma parte de la fascinante novela País de las sombras largas, de Hans Ruesch, y viene al caso por el pronóstico que, a pregunta del periódico El País, hizo el filósofo alemán Harmut Rosa sobre «El futuro después del coronavirus»: «El trato que damos a nuestros mayores ha sido, cada vez más, motivo de mala conciencia. En una sociedad acelerada, no se les respeta como ancianos y sabios, sino que se los abandona como no pertenecientes al tiempo presente y se los relega en su debilidad, encerrados en residencias y apartados de la vida social. De hecho, el coronavirus nos proporciona una justificación para este abandono. Al no visitarlos, al mantener la distancia social, protegemos su vulnerabilidad, estamos haciendo una buena acción.

»De este modo, se amplifica una tendencia de nuestras sociedades que viene de lejos; la distancia social y temporal se traduce en distancia física, se rompe la cadena entre generaciones, se profundiza la marginación y se aumenta el alejamiento. Pero romper el vínculo con el pasado nos lleva inevitablemente a romper también con el futuro. Si una sociedad necesita debatir cuál es su “deuda” moral o legal con las generaciones futuras, es que ya ha perdido la conciencia de la conexión que existe entre un pasado significativo y un futuro prometedor» (https://elpais.com/especiales/2020).

Ahí queda: ellos saben cómo hacer que nos crezcan los dientes…

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