‘Hoja se escribe con hache’

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Yo temblaba cuando la profesora Raquelita Guzmán me ordenó ponerme de pie, ante mis compañeritas del salón y dijo: “Prepara un texto de tres hojas y me lo traes mañana para revisarlo. Vas a representar al salón en el Concurso de Oratoria, el viernes próximo”. Con la cabeza agachada del susto, comprobé que la profe Raquelita llevaba un zapato café y uno negro. El mismo modelo, distinto color… Y me fui a escribir. Hice la tarea del día y me puse a escribir mi “discurso”. A mano, me dijo Mamá. Despacita y pensando mucho, terminé las tres hojas y las entregué a mi Madre, Maestra, quien las leyó despacio mientras yo pensaba que no me tocaría cena por mis errores. De repente, me sentí levantada por la oreja derecha: “Hoja se escribe con hache”, me dijo la Maestra, mi Madre. Vuelve a escribir todo… Si me tocó cena…
Ese año ganaron el concurso los grandotes de quinto año, Guillermo Enrigue Loera y Pastor Murguía. Pero me tocó asistir al Concurso Estatal en Xalapa. Los años siguientes creo que ya no tuve opositores, excepto un chavito de Orizaba, que, en paz descanse, me odió toda la vida porque obtuve el Primer Lugar y conservo el “Cuauhtemoc” que era el trofeo…

Los Maestros…
De los que marcan la vida entera. Mi Madre, para empezando, que es gerundio…
Dorita Murillo Vidal y sus explicaciones sobre lo que era la Política y presentándome a su hermano don Rafael, más tarde Gobernador de Veracruz y yo apenas andaba en quinto de primaria.
“La Tierra está despeluchada hacia abajo”, decía el Maestro José Bargés, Geografía y se completaba con las clases de Rafael Pérez y Pérez. Francisco Rincón y sus clases de Civismo, que observo a rajatabla y por quien decidí estudiar Derecho. Juanita Balmori en Biología, José Vargas y sus clases de Historia, quien fue el que me encarriló en esta materia, el Dr. Manuel Galán y la “Sociedad Protectora de la Flora Mexicana”, “Joacho” Calatayud y la libretita pequeña para Química y su colección de orquídeas, Gustavo Trujillo Martín del Campo y Dibujo Constructivo…
Y León Sánchez Arévalo, quien me permitía sentarme en su biblioteca a leer lo que se me antojara y luego me daba un “aventón” a casa, porque era tardísimo, como las seis de la tarde. Sánchez Arévalo, a quien debo la otra mitad de mi vida: la Literatura y los pluscuamperfectos y los futuros imperfectos, como el que enfrentamos todos en este momento.
Los Maestros… Los buenos Maestros…
Hay muchos más, pero no me alcanza el tiempo, porque el destino ya nos alcanzó.
Y en estos tiempos “sin la sabia virtud” de Renato Leduc, los Maestros mexicanos merecen, más que nunca, reconocimiento.
En todo el País, por este maldito bicho, los Maestros están enfrentando una doble tarea: enseñar desde casa con herramientas que no todos tienen, mientras atienden su propio hogar y les dan las quinientas de la noche contestando preguntas de alumnos y padres de familia, aterrados con los niños en casa todo el tiempo.
Los buenos Maestros, que existen, (de los otros prefiero no hablar, porque es día de fiesta), que sufren cuando piensan en los niños que no tienen internet ni computadora ni otras madres para seguir educándose y que saben que no pueden hacer nada por solucionar el asunto, que sólo pueden esperar a que pase la contingencia y, en su momento, en el aula, solventar las carencias de los millones de niños mexicanos que no pueden tener la presencia de su Maestro. Provengo, orgullosamente, de una familia de Maestros. Mi Madre, la primera. Mi hermana. Mis hijos que, teniendo otras especialidades –un ingeniero, un Diseñador Gráfico-, son sin embargo Maestros. Mis sobrinas. Y una sobrina nieta que va para allá, de seguro.
Y acabé casada con el nieto del cordobés Manuel C. Tello, cuyo nombre está en la pared del Palacio Municipal de Córdoba, mi tierra, con letras doradas. Cuando mis nietos me piden “Abuela, conéctate al zoom”, para que les ayude con las tareas, en casa, de Historia o Literatura o Artes o sepa Dios que más, me doy cuenta de que sigo aprendiendo, (ellos saben más que yo y me guían para la conexión), y que la paciencia y la tolerancia que aprendí de mis viejos Maestros me sigue sirviendo hoy, cuando ya todos ellos no están y no puedo abrazarlos.
Pero abrazo y aplaudo a los Maestros de México.
Y nada más…