Aprendiz de reportera

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Lilitt Tagle

El 10 de julio de 2014, llegamos puntuales a la cita con el excelente escritor y nuestro maestro en aquel entonces, Alejandro Toledo, quien impartía la asignatura “Inserción de elementos periodísticos”, como parte del programa de un Diplomado en narrativa que estudiábamos en el Centro Veracruzano de las Artes (CEVART) la escritora Miguelina Reyes y yo, quienes de esa manera hacíamos presente a la Región de las Grandes Montañas en el medio de un nutrido grupo de destacados porteños. Aquel día, nuestra puntualidad recibió como premio un abundante bautizo pluvial como bienvenida al oficio de aprendices de reporteros, pues el profe Toledo se había provisto de la información que requería para dar realce a sus enseñanzas: indagar cuál era el café, restaurante o bar en donde se llevaba, en el Puerto de Veracruz, el principal encuentro entre quienes persiguen las noticias, y sus protagonistas. Estos encuentros no siempre se planean entre unos y otros pero se sabe que sucederán, de tal manera, los protagonistas asisten porque saben que los medios acudirán a estos lugares a determinada hora de cada día. Las cartas del menú, en color café, según nos explicó Graciela, nuestra anfitriona, ponían en evidencia en cuál de los seis cafés de la parroquia distribuidos en la ciudad, nos encontrábamos ese día para observar este fenómeno de la noticia.
A pesar de los torrentes que caían en los alrededores del muelle del más importante puerto del Golfo de México, la competencia no se hizo esperar. Devoramos los hot cakes, rociados con miel de maple cuyo sabor está más que fuera de lugar en este contexto jarocho, trovador de veras, y los acompañamos con café lechero (una bebida clásica en la carta de esta cadena de restaurantes, que consiste en solicitar el servicio de leche tintinando con una cuchara el transparente vaso donde han servido antes el concentrado de café). Al levantar los ojos, las mesas ya lucían colmadas de camisas azules ostentando el logotipo del periódico “El Dictamen” y de otros medios impresos y visuales que no distinguí con claridad debido a mi inexperiencia, pero los reporteros abundaban en todas direcciones envueltos en el rumor de los cotilleos, las risas contenidas y el entrechocar de platos amenizado con el tintinear de las cucharas sobre el grueso vidrio de los vasos. Ese murmullo tan agradable que sólo se encuentra en ciudades como ésta, llena de vida social y de alegría por vivir. Debo apuntar que solo en Sevilla he disfrutado de esta “voz del restaurante” como yo le llamo.
Los tripiés de varias cadenas televisivas se erguían vigilantes dentro del espacio noticioso en el que cada mañana se convierten los dos locales contiguos de esta marca de cafés que se ha ido proliferando al ritmo que los nuevos miembros de la familia propietaria se van multiplicando.
Sin la preparación necesaria para identificar rostros y figuras, y bajo la consigna de no llamar la atención, fui incapaz de registrar la presencia de personajes importantes en el mundo de la política y los negocios.
De lo que sí puedo contarles, es del choque de mundos diferentes percibidos en lugares así: la presencia de políticos y empresarios para convertirse en noticia, aquellos profesionales que convierten en noticia a tales sujetos, los parroquianos que se divierten con este espectáculo de manera gratuita, los administradores del lugar, beneficiados con este intercambio de influencias, de sonrisas, abrazos y apretones de mano, la proverbial displicencia de los camareros de este sitio, la sudorosa presencia de garroteros, la invisibilidad de los cocineros. Solo el chef, con su alto gorro, sale de vez en vez a recibir felicitaciones o, quizá, requerido por algún comensal de alto rango. El personal de limpieza corre de un lado para otro sin, como yo misma, comprender del todo lo que ahí sucede, incluido el trío de afanadoras que, atrincheradas en el tocador, hablan de sus propias noticias sin empacho y, en cuanto alguien entra, ofrecen un chisguete de jabón líquido en las manos y, con una sonrisa, cortan por ti, una larga toalla de papel a cambio de una propina.
El Profe Toledo, terminó su clase ese día con un pensamiento del gran reportero Manuel Buendía: “Nada que llegue a nuestras manos debe salir de ellas sin un análisis, sin una reflexión.”