La madre y el maestro

Hands writing on old typewriter over wooden table background

EL DINERO NO EXISTE

Luis R. Pérez Lezama*

Una de las cosas que mas valoro en mi vida es haber encontrado grandes maestros y maestras que edificaron mi aprendizaje, lo valoro porque definitivamente fueron brillantes inspiradores que grabaron su sello personal en mi crecimiento académico y los valoro más porque fueron escasos en mi caminar y créame, lo escribo con dolor pero sobre todo con mucha responsabilidad porque considero que cuando uno no encuentra abundancia de grandes maestros, hay culpa en el estudiante porque no logró descubrirlos. Afortunadamente tuve gusto de aprender por mí mismo y no lo escribo como una auto alabanza sino como la descripción de un remedio para mi ceguera intelectual juvenil que me impidió reconocer en mis maestros, talentos que ahí estaban y no supe identificar. ¿Por qué? Porque un maestro, una maestra lo es no sólo porque te muestra los riesgos del camino y te prepara para el futuro, no… eso es fácil, eso es justamente lo que yo hice por mi mismo, acceder a los libros por cuenta propia y poner la oreja donde “los viejos” contaban sus andanzas. No, un maestro, un verdadero maestro, es aquel que te hace descubrir el aprendizaje hurgando en tu pasado, evitando que vuelvas a equivocarte.

Escribo hoy sobre esto porque esta semana es muy particular en el calendario 2020; inició el domingo celebrando a la distancia a todas las madres en México y concluirá el viernes 15 celebrando al maestro en un país que a veces pareciera que no tiene ni lo uno ni lo otro. Este instante es peculiar también porque estamos justo en el “ojo del huracán” de un fenómeno llamado COVID que obliga a casi la mitad de la población mundial, unos 3,000 millones de personas a permanecer confinadas en casa, víctimas de las pésimas decisiones de la presente generación de políticos al mando, que parecen no haber aprendido nada del pasado, de sus maestros y creo que tampoco de sus madres. Es por tanto una singular semana que me obliga a señalar las falencias particulares de mi querido país, usando -como siempre- mi propia historia para invitarle a que saque sus propias conclusiones ¿Está listo?

Corría el año de 1993 y el que escribe transitaba por una época de vigorosos ímpetus libertarios llena de fracasos académicos y romántica rebeldía. Mi madre, cansada de mis andanzas, de mi alianza entre la búsqueda del ser y el alto volumen del “hardrock” que retumbaba las paredes de mi habitación, ingresaba a un viejo edificio con una notificación de expulsión en la mano derecha al tiempo que sostenía con su mano derecha su propio corazón, deshecho por mis tropelías; buscaba una alternativa para ajustar mis pensamientos y concluir mis estudios de preparatoria, sabedora que, del romance, las letras y la música difícilmente se mantiene un hogar. Ante esta contrariedad fue a ponerme en manos de un gran médico de rebeldes: Dante Octavio Hernández Guzmán, un ilustre historiador de las altas montañas veracruzanas con una prosapia reconocida, gran apasionado de la conversión educativa quien me enseñó desde el primer día que le conocí que el conocimiento no es un fruto, es una raíz y que la enseñanza es fructífera sólo cuando se mira hacia atrás, hacía al origen y no sólo hacia adelante.

Pues bien, mi madre, entró primero a conversar con el letrado sobre mi caso y me pidió esperar. Bastaron unos pocos minutos para que un fornido caballero de tez blanca, prominente mostacho, corbata verde pisada por una brillante figura de estoque de toreo se acercará a mi para decirme breves palabras: “Mira muchacho, de tan sólo verte me doy cuenta que no eres tonto, si quieres convencerte de que si lo eres, seguirás soñando con el futuro pero si realmente quieres conocer tu potencial, debes corregir desde el pasado, repite tus estudios, vuelve el camino andado, ahora que puedes corregir, después será demasiado tarde”. Eso fue suficiente…

Al lado de Dante, conocí a Carlos Fuentes, a García Márquez, a los grandes filósofos griegos y confirmé mi amor por la historia. Durante mi instrucción preparatoria en aquella pequeña escuela olvidé mis temores, abandoné mis sueños más banales para salir de ahí convertido en mi mejor versión gracias a dos personajes: Un maestro que no hizo más que encender la luz de la habitación de mi mente, que puso sus recursos académicos a mi disposición, que me facilitó el camino para cimentar mi posición moral y que además alimento en mi la capacidad de reconocer a otros grandes maestros. Dante no sólo me ofreció una oportunidad escolar, expandió mi mente y forjó en mi pensar una nueva alianza con la razón, el análisis, la crítica y la verdad. Nunca se lo dije por eso hoy se lo escribo, como tampoco nunca le dije a mi madre que fui muy feliz en esa etapa de mi vida, que he vivido agradecido todos estos años con la oportunidad de haber corregido mis mocedades, que aún me emociono intensamente cuando recuerdo el día en que gracias a él abrí la página 1 de “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz y descubrí a tiempo que somos un pueblo de máscaras, una raza de miedos, un coctel de incertidumbre, una estirpe que se lacera sin remordimiento, una clase sin identidad y que por todo ello, somos presa fácil para la trampa política que de una y mil formas busca atraparnos dentro de la red de la ignorancia, la falta de juicio y la polarización.

Por ello, en esta tan singular semana, en época tan compleja, tan llena de mentiras, de manipulaciones, de paupérrimos resultados económicos y obscuro futuro para la población, que no sabe si morirá de COVID o de hambre, es importante para mí hacer un alto y reconocer a mis dos grandes maestros, a Dante Octavio y a mi madre quien me puso en sus manos aquella mañana del ’93, mi madre, mi maestra de vida y para quien no he sabido hacer otra cosa que generarle lágrimas; algunas de tristeza y muchas más de satisfacción. Ambos pueden tener la certeza y se los escribo hoy con orgullo que su tarea está completa. Lo escribo ahora que el futuro es incierto; después, nada volverá a ser igual, nada volverá a la “normalidad” sin embargo quiero que sean mis letras las que prevalezcan porque la verdadera esperanza de éste país vive en la semilla de quienes fuimos formados por grandes maestros, apostamos por la educación y sobre todo en quienes tenemos madre.

*El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER ThinkLab. Es académico y conferencista.  Twitter: @SAVERThinkLab