Primer Isaías: Dios santo a quien ofende la hipocresía e injusticia

Hands writing on old typewriter over wooden table background

René Cesa Cantón

Casi al mismo tiempo que Oseas, pero en el reino del sur, en Jerusalén, un profeta culto, de fina sensibilidad, con gran espíritu poético, recibe la llamada de Dios.
Todavía joven tuvo una profunda experiencia de Dios, que le marcó para toda su vida. Vio a Dios “sentado en un trono elevado y magnífico” (Is 6,1). Su presencia lo llenaba todo. Unos serafines proclamaban a gritos la absoluta santidad de Dios (6,3). Y todo el mundo temblaba ante tanta grandiosidad. Al experimentar la trascendencia total de Dios y su rectitud absoluta, Isaías se siente asombrado y tembloroso: “Ay de mí, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros, y vivo entre un pueblo de labios impuros, y mis ojos han visto al rey, Yahvé de los Ejércitos” (6,5). Frente a la gloria y santidad divina, siente su propia pequeñez e impureza radical. Pero un ángel purifica con fuego sus labios para que pueda manifestar la Palabra de Dios a sus contemporáneos (6,6s). Entonces, ya purificado, escucha la llamada de Dios, y se siente capacitado para ofrecerse con generosidad: “Aquí me tienes” (6,8). Ofrece su vida joven a este Dios limpio, puro, santo, aunque se sienta pecador ante él.
La experiencia desconcertante de sentirse invadido por Dios en lo más profundo de su ser, lo transforma para toda su vida, algo así como el hierro que metido en el fuego se hace igualmente fuego. Se siente transformado y convertido en “hombre de Dios”, capaz de juzgar las cosas desde la óptica divina. Desde entonces, durante toda su vida, rendirá culto vivencial a la grandeza y a la santidad infinita de Yahvé y se presentará siempre como el representante de sus intereses (5,1-7).
Isaías había asimilado los mensajes de Amós y Oseas –justicia y misericordia–, a los que miró desde el punto de vista de la santidad de Dios. Siente de una manera nueva que a Dios le desagrada tanto la injusticia y la hipocresía, precisamente porque él es santo.
Las injusticias cometidas por el pueblo de Yahvé ofenden a la manera de ser de Dios. Por eso Isaías denuncia con fuerza la situación corrompida de su país, bien diferente a lo que los poderosos pretendían aparentar. El profeta mira la realidad desde los ojos de Dios. Jerusalén dejó de ser la esposa fiel para volverse una prostituta (1,21). “Tu plata se ha convertido en basura…”  (1,21-26). La viña del Señor ya sólo produce frutos amargos: acaparamientos de tierras y casas, orgías en grandes banquetes, injusticias en los tribunales, tergiversación de valores… “Llaman bien al mal y mal al bien…” (5,8-24).
Isaías se da cuenta de que en aquella sociedad materializada no hay lugar para Yahvé, y por ello los habitantes de Jerusalén se inventan divinidades falsas, que puedan justificar su modo de proceder. “Tus jefes son unos rebeldes, amigos de ladrones. Todos esperan recompensa y van detrás de los regalos. No hacen justicia al huérfano, ni atienden la causa de la viuda” (1,23).
Isaías considera que la corrupción oficial es la contrincante de Yahvé. Por eso afirma que los jueces que por codicia son injustos con el huérfano y la viuda son los “adversarios” de Dios (1,21-26).
Denuncia también la divinización de las grandes potencias. “Pobres de aquéllos que bajan a Egipto, por si acaso consiguen ayuda. Pues confían en la caballería, en los carros de guerra, que son numerosos, y en los jinetes porque son valientes” (31,1). Y aclara: “El egipcio es un hombre y no un dios, y sus caballos son carne y no espíritu” (31,3). Isaías considera idolátrico esperar la salvación de la fuerza de los poderosos.
Algo especialmente grave en contra de la santidad de Dios es el culto religioso que sólo busca justificar una situación social injusta. Al Dios santo le desagrada enormemente aquel culto sin buenas obras que le rinden: “Este pueblo se acerca a mí sólo con palabras y me honra sólo con los labios, pero su corazón sigue lejos de mí” (29,13). “¿De qué me sirven a mí la multitud de sus sacrificios?… ¿Por qué vienen a profanar mi Templo? Déjense de traerme ofrendas inútiles… Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlos…” (1,11-15). Para que el Dios santo escuche las oraciones tiene que ver cómo la “justicia” se despliega ante sus ojos.
Dios está decepcionado con su pueblo. Se queja de que, después de lo mucho que ha hecho por ellos, aún no lo conocen: “El buey conoce a su dueño, y el burro, el pesebre de su señor, pero Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” (1,3). “¿Qué otra cosa pude hacer a mi viña que no se la hice? ¿Por qué, esperando que diera uvas dulces, sólo ha dado racimos amargos?” (5,4). Está cansado ya de tanto tener que castigarle para que se corrija: “¿Dónde quieren que les pegue ahora, ya que siguen rebeldes?” (1,5).
El santo exige para relacionarse con el hombre una auténtica purificación: “Volveré mi mano contra ti y te limpiaré tus impurezas en el horno, hasta quitarte todo lo sucio que tengas” (1,25). Siempre “está esperando el momento indicado para perdonar” y hacer felices a los que esperan en él (30,18), con tal que se purifiquen. “Aunque tus pecados sean colorados, quedarán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, se volverán como lana blanca” (1,18).
Isaías tiene fe en el futuro. Todo ello se realizará en una tierra nueva, por Dios mismo trasformada (11,1-9). Será una tierra donde de veras “la obra de la justicia será la paz, y los frutos de la justicia serán tranquilidad y seguridad para siempre” (32,17).
Al pueblo asustado por las amenazas de países poderosos, Isaías le anuncia un camino de salida: aceptar la presencia de Dios dentro de él, que es suave y delicada, llena de esperanzas, como las ilusiones de una jovencita embarazada (7,14) o el murmullo de un lindo arroyo (8,6); presencia tierna y esperanzadora como un niño recién nacido (9,5) o el brote de un árbol (11,1).
El futuro prometido lo describe Isaías con una hermosa alegoría en la que los animales llegarán a vivir en armoniosa fraternidad (11,6s). Ya no se comerán más los unos a los otros. “La vaca y el oso pastarán en compañía y sus crías reposarán juntas, pues el león comerá pasto, igual que el buey”. Explotadores y explotados se hermanarán de veras, una vez que todos lleguen a conocer de veras a Dios.
Isaías, nacido de entre los poderosos, tuvo la experiencia del Dios fuerte que se manifiesta en lo pequeño. Experimentó que el conocimiento de Dios transforma el corazón humano. No se trata de matar al lobo y al puma, sino de confiar en la fuerza de ese Dios que es capaz de conseguir que el lobo no se alimente más de corderos, sino que los dos amigablemente pasten juntos.
El Dios de Isaías es el Dios de la reconciliación, del amor y del perdón; Dios que muestra su santidad construyendo justicia y fraternidad entre los que de veras creen en él.
Texto para dialogar y meditar: Is 6,1-8 (vocación de Isaías)
1. ¿Cuáles son los rasgos de santidad de Dios que descubre Isaías?
2. ¿Por qué las injusticias y la hipocresía religiosa ofenden a la santidad de Dios?
3.- Acabar rezando Is 12.