Recuperar la esperanza

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RENÉ CESA CANTÓN

Los relatos de las apariciones de Cristo después de resucitar, nos descubren diversos caminos para encontrarnos con el Resucitado. El relato de Emaús es, quizá, el más significativo, y sin duda el más extraordinario.

La situación de los discípulos está bien descrita desde el comienzo, y refleja un estado de ánimo en el que nos podemos encontrar también nosotros hoy. Los discípulos- poseen aparentemente todo lo necesario para creer. Conocen los escritos del Antiguo Testamento, el mensaje de Jesús, su actuación y su muerte en la cruz. Han escuchado también el mensaje de la resurrección. Las mujeres les han comunicado su experiencia y les han anunciado que «está vivo». Todo es inútil. Ellos siguen su camino envueltos en tristeza y desaliento. Todas las esperanzas puestas en Jesús se han desvanecido con el fracaso de la cruz.

El evangelista va a sugerir dos caminos para recuperar la fe viva en el Resucitado. El primero es la escucha de la Palabra de Jesús. Aquellos discípulos siguen, a pesar de todo, pensando en Jesús, hablando de él, preguntando por él. Y es precisamente entonces cuando el Resucitado se hace presente en su caminar. Allí donde unos hombres y mujeres recuerdan a Jesús y se preguntan por el significado de su mensaje y su persona, allí está él, aunque sean incapaces de reconocer su presencia.

No esperemos grandes prodigios. Si alguna vez, al escuchar el Evangelio de Jesús y recordar sus palabras, hemos sentido «arder nuestro corazón», no olvidemos que él camina junto a nosotros.

El evangelista nos recuerda una segunda experiencia. Es el gesto de la Eucaristía. Los discípulos retienen al caminante desconocido para cenar juntos en la aldea de Emaús. El gesto es sencillo, pero entrañable.

Unos caminantes cansados del viaje se sientan a compartir la misma mesa. Se aceptan como amigos y descansan juntos de las fatigas de un largo caminar. Es entonces cuando a los discípulos se les «abren sus ojos» y descubren a Jesús como alguien que alimenta sus vidas, los sostiene en el cansancio y los fortalece para el camino.

Si alguna vez, por pequeña que sea nuestra experiencia, al celebrar la eucaristía nos sentimos fortalecidos en nuestro camino y alentados para continuar nuestro vivir diario, no olvidemos que Jesús es quien está alimentando nuestra vida y nuestra fe.

Al pasar los años, en las comunidades cristianas se fue planteando espontáneamente un problema muy real. Pedro, María Magdalena y los demás discípulos habían vivido experiencias muy «especiales» de encuentro con Jesús vivo después de su muerte. Experiencias que a ellos los llevaron a «creer» en Jesús resucitado. Pero los que se acercaron más tarde al grupo de seguidores, ¿cómo podían despertar y alimentar esa misma fe?

Este es también hoy nuestro problema. Nosotros no hemos vivido el encuentro con el Resucitado que vivieron los primeros discípulos. ¿Con qué experiencias podemos contar nosotros? Esto es lo que plantea el relato de los discípulos de Emaús.

Los dos caminan hacia sus casas, tristes y desolados. Su fe en Jesús se ha apagado. Ya no esperan nada de él. Todo ha sido una ilusión. Jesús, que los sigue sin hacerse notar, los alcanza y camina con ellos.

Lucas expone así la situación: «Jesús se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo». ¿Qué pueden hacer para experimentar su presencia viva junto a ellos?

Lo importante es que estos discípulos no olvidan a Jesús; «conversan y discuten» sobre él; recuerdan sus «palabras» y sus «hechos» de gran profeta; dejan que aquel desconocido les vaya explicando lo ocurrido. Sus ojos no se abren enseguida, pero «su corazón comienza a arder».

Es lo primero que necesitamos en nuestras comunidades: recordar a Jesús, ahondar en su mensaje y en su actuación, meditar en su crucifixión… Si, en algún momento, Jesús nos conmueve, sus palabras nos llegan hasta dentro y nuestro corazón comienza a arder, es señal de que nuestra fe se está despertando.

Pero esto sólo no basta. Según Lucas es necesaria la experiencia de la cena eucarística. Aunque todavía no saben quién es, los dos caminantes sienten necesidad de Jesús. Les hace bien su compañía. No quieren que los deje: «Quédate con nosotros». Lucas lo subraya con gozo: «Jesús entró para quedarse con ellos». En la cena se les abren los ojos.

Estas son las dos experiencias clave: sentir que nuestro corazón arde al recordar su mensaje, su actuación y su vida entera; sentir que, al celebrar la Eucaristía, su persona nos alimenta, nos fortalece y nos consuela. Así crece en la Iglesia la fe en el Resucitado.

Actualmente tenemos todos: sólo nos falta el contacto vivo, personal, consciente con Cristo resucitado, en el Palabra y en su Eucaristía. ¿No será este nuestro problema? ¿No será este el problema de nuestra Familia? Por qué tanta mediocridad y desencanto entre nosotros? ¿Por qué tanta indiferencia y rutina? Deberíamos decirle con todo el corazón: “Jesús, no sigas adelante, quédate con nosotros”.