Profeta Oseas: el Dios fiel y misericordioso

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René Cesa Cantón

Oseas actúa en Israel durante el siglo VIII a.C., inmediatamente después que Amós. Parecería que Dios, después del fracaso de la fuerte predicación de Amós, quiso desarrollar un nuevo método: el de confesar a su pueblo su amor fiel y misericordioso, a pesar de sus infidelidades.

Infidelidad conyugal

Para eso se sirve de la experiencia personal de Oseas, profundamente enamorado de una mujer que le es infiel. Le hace sentir que también él, Yahvé, quiere a Israel con un amor apasionado, y le duele, por consiguiente, que su pueblo le abandone para irse tras dioses ajenos. Yahvé siente por su pueblo un amor tan real y personal, que se puede entender desde una profunda experiencia humana… Tanto, que en el texto se confunden las palabras del profeta y las de su Dios.

Tengamos en cuenta, además, que en hebreo la palabra pueblo es femenina, lo cual facilita la comparación. El Dios de Oseas siente por su pueblo (su “puebla”) un amor real y personal, como esposo enamorado, fiel hasta el extremo, pero herido por el olvido de su amada: “De mí, la ingrata se olvidaba…” (Os 2,15). “El cariño que me tienen es como una nube matinal, como el rocío que dura algunas horas” (6,4). A pesar de todo él mantiene constantemente la esperanza de poder comenzar su idilio de nuevo.

Su primer deseo sería aniquilar o abandonar a la amada (9,15), pero no es capaz; quiere castigar, pero se le conmueven las entrañas (11,8). Le castiga sólo lo necesario para que recapacite y vuelva hacia él: “Voy a impedir sus pasos con espinos, voy a cerrarle el camino para que no sepa cómo ir. Perseguirá inútilmente a sus amantes, tratará de encontrarlos, pero en vano. Entonces se dirá: “Me volveré a juntar con mi marido, pues con él me iba mejor que ahora”. Y yo la volveré a conquistar; la llevaré al desierto y allí le hablaré de amor” (2,9s.16).

No la obliga a volver, pero una vez que vuelve a él, aunque sea por interés personal, no hay reproches, sino amor sin límites. Eso sí, la lleva al desierto, lejos de sus amantes, y allí “le habla de amor”. Parece como si Yahvé siguiera aquel dicho popular de que “donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor”.

Yahvé, el esposo fiel, no se contenta con perdonar a su amada. Su amor es tal que llega a limpiarla, regenerarla y embellecerla todo lo posible, de modo que llegan a celebrar los dos unos nuevos desposorios, muy superiores a los primeros: “Yo te desposaré para siempre. Nuestro matrimonio será santo y formal, fundado en el amor y la ternura. Tú serás para mí una esposa fiel, y así conocerás quién es Yahvé” (2,21s).

Estamos en una de las cumbres de revelación del Antiguo Testamento. Dios da aquí un paso importante en la revelación de su modo de ser. A Abrahán se le había presentado como capaz de dar numerosa descendencia a un par de ancianos estériles. A Moisés como libertador de oprimidos (Ex 3,12). Ahora, en un nuevo paso de revelación, Dios se presenta como capaz de convertir a una adúltera (a un pueblo idólatra) en esposa fiel, llena de amor y ternura… Esto es más difícil que conseguir que unos ancianos sean padres de un gran pueblo o que unos esclavos humillados tomen conciencia de su dignidad y consigan su liberación.

Ingratitud filial

En el capítulo 11 Oseas cambia la comparación de infidelidad conyugal en ingratitud filial para con un padre cariñoso y tierno: “Cuando Israel era niño yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Pero mientras los llamaba yo, más se alejaban de mí… Yo, sin embargo, les enseñé a andar a Efraín, sujetándolo de los brazos, pero ellos no entendieron que era yo quien cuidaba de ellos” (Os 11, 1-3). “Yo los trataba con gestos de ternura, como si fueran personas. Era para ellos como quien les saca el bozal del hocico y les ofrece en la mano el alimento…” (11,4).

A Dios, como un buen padre que es, le hacen sufrir  las ingratitudes de sus hijos y las consecuencias dolorosas que ellas le acarrean: “Mi pueblo está pagando ahora su infidelidad, pues invocan a Baal, pero nadie lo ayuda. ¿Cómo voy a dejarte abandonado, Efraín? ¿Cómo no te voy a rescatar, Israel? ¿Será posible que te abandone…? Mi corazón se conmueve y se remueven mis entrañas. No puedo dejarme llevar por mi indignación y destruir a Efraín, pues yo soy Dios y no hombre. Yo soy el santo que está en medio de ti, y no me gusta destruir” (11, 7-9). Está Dios revelando acá algo muy íntimo de su ser… Se trata del comienzo de la revelación de ese amor tan grande, que le llevará a encarnarse en Jesús y dejarse matar por sus hijos ingratos.

Como en el caso de la esposa infiel, el padre no correspondido nunca pierde la esperanza de regenerar a su hijo ingrato: “Sanaré su infidelidad; los amaré con todo el corazón, pues ya no estoy enojado con ellos” (14,5).

Idolatría del poder

¿En qué consistía en aquella época la infidelidad idolátrica de Judá? La infidelidad concreta de la que tanto se quejaba Dios a través de Oseas era la idolatrización al poder. Judá pone toda su esperanza en la hipotética ayuda de las grandes potencias extranjeras, Asiria o Egipto, a las que mira como nuevos dioses, capaces de solucionarles todos sus problemas. “Miren cómo subió a Asiria, llevando regalos a sus amantes” (8,9). “Ha mandado mensajeros al gran rey; pero éste no podrá sanarlos, ni curarles sus llagas” (5,13). “Los extranjeros consumen sus energías sin que se dé cuenta” (7,9). Son “como paloma tonta y sin rumbo, pues lo mismo llaman a Egipto que parten hacia Asiria” (7,11).

La idolatría al poder lleva a Israel a una corrupción radical: “Me han dejado a mí, su gloria, para seguir a los ídolos, su vergüenza” (4,7). “Por haberse alejado de mí serán unos desgraciados” (7,13). Esperan la salvación de los poderosos y no de Dios. Por eso les va tan mal; son como “tortilla quemada por un solo lado” (7,8), palomas sin rumbo (7,11), burros orgullosos (8,8)… Es inútil buscar la felicidad fuera de Dios (13,4).

Los poderosos sólo les traen desgracias: “Ya que tú te ufanas tanto de tus carros y de tus ejércitos numerosos, reinará la confusión en tus ciudades y serán demolidas tus fortalezas” (10,13s).

Nuestro pueblo ha tenido la misma experiencia de la incapacidad de salvar que tiene el “progreso” mal entendido. Progresar no es sólo tener más, sino ser más. Volver a Dios supone encauzar la política y la economía como servicio al hombre y a la vida.

Oseas acusa a sacerdotes, profetas y autoridades de no dar a conocer quién es Dios: “Yahvé tiene un pleito pendiente con ustedes, porque no encuentra en su país ni sinceridad, ni amor, ni conocimiento de Dios… Como tú no te preocupas de enseñar, mi pueblo languidece sin instrucción” (4,1.6).

Dios busca en primer lugar que se le conozca con amor: “Yo quiero amor, no sacrificios; conocimiento de Dios, más que víctimas consumidas por el fuego” (6,6). Ofrece una nueva relación personal con él, que nace de un corazón purificado y renovado, lleno de conocimiento y amor de Dios. Para regresar a Dios el único camino es actuar con amor y justicia, confiando siempre en él (12,7).

El Dios de Oseas es el Dios que sabe perdonar una y otra vez por puro amor. Basta con que el pueblo realice el más mínimo gesto de querer volver a él. El castigo nunca tiene la última palabra; el amor es el que acaba triunfando.

Dios sabe regenerar amando: “La volveré a conquistar, la llevaré al desierto y allí le hablaré de amor” (2,16). Así es como da a conocer lo más profundo de su ser: “Tú serás para mí una esposa fiel, y así conocerás quién es Yahvé” (2,21s).

Dios pedagogo, que va conduciendo, orientando y corrigiendo progresivamente a su pueblo para poder entrar con él en una verdadera relación de amor, respetando su libertad.

El Dios de Oseas es, en resumen, un Dios que se arriesga a amar a su pueblo con un amor inmenso de esposo y de padre, siempre tierno y fiel, a pesar de sus infidelidades y sus ingratitudes. Es un Dios que sabe amar gratuitamente. Un Dios que termina haciendo triunfar su amor…

Oseas no se desinteresa de la justicia, pero va a la raíz de la falta de justicia entre nosotros, que no es la falta de leyes o de documentos, sino la falta de corazón.

No podemos exclamar sino como los discípulos de Oseas: “Vengan, volvamos a Yahvé. Pues si él nos lesionó, él nos sanará; él nos hirió, él vendará nuestras heridas” (6,1). Ojalá dejemos que su amor nos reconstruya como pueblo. Que así sea.

Texto para dialogar y meditar: Os 2 (la esposa infiel)

1.Qué rasgos nuevos encontramos en la experiencia de Dios que tuvo Oseas? 2. Comparar el mensaje de Oseas 2 y el de la parábola del hijo pródigo (Lc 15). Terminamos rezando juntos Os 6,1-3.