Sueño mágico

POEMAS

Sueño mágico

Hacía muchas noches que aquel individuo de alma sensible despertaba sudoroso, confundido e incrédulo, se levantaba, salía de su habitación a contemplar la majestuosidad de la infinita bóveda celeste. “No es posible” pensaba, cuestionando a la miríada de estrellas que sobre su cabeza brillaban, lanzando destellos, como diciendo: es verdad, desde nuestra lejanía poseemos la objetividad para afirmarlo.
Tal situación recurrente se estaba tornando insoportable, pues a la par que lo emocionaba, sentía una tristeza que en muchas ocasiones terminaba en un llanto desgarrador, mitigado sólo en parte al lanzarse al lienzo con frenesí y plasmar pequeños fragmentos que podía atrapar de aquel sueño mágico.
Un día, al estar pintando el retrato de un anciano ermitaño (a quien luego de incontables intentos, al fin había logrado convencer para posar, y más tarde ganar su amistad) tomaron un receso, que aprovechó para contarle ese sueño que tanto lo hacía gozar y sufrir.
Grande fue su sorpresa al terminar de relatar aquel sueño, cuando el anciano, con una sonrisa en el rostro y la mirada perdida en el horizonte, le confiesa que aquello que le hace despertar con frecuencia tiene una razón de ser y es mucho más que un sueño, esas imágenes de magia y fantasía, existen, pues él, en su juventud las vio con sus propios ojos. -Yo estuve ahí, en ese sitio, rodeado de montañas, con múltiples manantiales, ríos de agua cristalina, cascadas, grutas y cuevas, flora exuberante: árboles frutales, pinos, ahuehuetes, flores multicolores, abundantes cosechas, variada fauna silvestre… (interrumpiendo con curiosidad, el pintor le pregunta: ) ¿Y qué hay de esos artefactos, del mar y la nieve, de esas zonas áridas de escasa vegetación? ¿Acaso también existen? Contestó el anciano: -En un futuro no muy lejano, el hombre construirá aparatos para hacer más fácil y rápido su traslado, los paisajes que viste, son los que circundan aquel valle encantado. En tan sólo dos horas los vehículos serán capaces de transportarlos a hermosas playas y contemplar la inmensidad del mar azul o, si les place, estar en las faldas de un imponente volcán a una altitud superior a los cuatro mil quinientos metros para contemplar sus nieves eternas y si tienen suerte, incluso tocarla, o si prefieren, en el mismo lapso de tiempo, contemplar matorrales desérticos, admirar mezquitales, cactáceas, órganos…
Esa región de tierra fértil, de clima benigno y niebla invernal, también será cuna de hombres ilustres: atletas, grandes artistas, de la actuación, del pincel y la música.
En cuanto a lo que te aflige, desgraciadamente, también sucederá. Ese hermoso lugar no estará exento de fauna nociva y depredadora, poco evolucionada, que en su afán burdo y grotesco de riqueza y poder, cegados por la ambición arrasarán con todo a su paso, sembrando el caos y la destrucción, más no la extinción. Los habitantes de ese lugar despertarán de su letargo (propio de quien vive en un paraíso), entenderán el lenguaje de la naturaleza y en armonía con ella la harán recobrar su equilibrio, librándola de toda inmundicia. La máxima belleza de la creación volverá a brillar en todo su esplendor.
No te preocupes más, ahora, por favor continúa con el retrato.
El artista aún en proceso de asimilación tomó su paleta y su pincel y antes de tocar el lienzo, se vuelve hacia el anciano y le pregunta: Por cierto ¿Cómo se llama ese lugar? Y este le responde, al tiempo que se acomoda en su pose inicial, su nombre es Orizaba.

Jorge Javier Martínez Martínez

Orizaba mía

El sol ilumina tus días, la lluvia te baña seguido
y frecuentemente la neblina te da un toque de poesía.

Pasear por tus puentes me remonta al pasado
adorar el señorío de tu volcán, mi espíritu alimenta,
caminar en la Alameda me da vida,
subir el Cerro del Borrego y contemplarte desde arriba,
me hace amarte,
porque mi infancia en tu seno vivida, jamás se olvida.

En Ojo de Agua y cada esquina en las mañanas
sabrosas y calientitas ya están listas las picaditas,
y por las noches se pueden saborear
garnachas, chileatole y tamales para cenar.

Fértil es tu suelo que nos da para comer
leal es tu gente que sabe trabajar y dar amistad,
así dice tu escudo, que es digno de admirar.

Nunca he visto aridez en tus cerros
que protegiéndote te rodean.
que el verde que los pinta
sea la esperanza de un futuro mejor
que el azul que decora tu cielo
sea de nuestras almas la serenidad
y el deslumbrante blanco de tu majestuoso volcán
la paz que a nuestros niños dará felicidad.

El aire caliente que llamamos sur
hace su aparición de madrugada,
sopla, chifla, todo vuela,
las ventanas de prisa hay que cerrar,
y a mediodía vuelve la calma, ¡uff, qué calorón!
y tú, Orizaba mía, eres tan variante
que casi seguro al otro día
con lluvia y frío el norte nos saludará.

Una tarde serena en el atrio de nuestra bella catedral
los pichones revolotear los podemos contemplar
y con su vuelo pregonan
que en nuestra bendita tierra tenemos libertad.

La neblina de tus tardes de invierno
me inspira a meditar
que nada en la vida es eterno
sólo que unos a otros, como dijo Jesús, nos debemos amar.

Orizaba mía, en tus calles tranquilo se camina
pero alerta hay que estar para correr
porque uno nunca sabe
cuándo empezará el ‘chipichipi’ y a llover.

Laura Morante Yáñez