El hombre que logró ser invisible

Tomás Setién y Natalia Setién Aguilar

Nunca tuvo la mayor importancia, tomando prestada una de las frases principales del actor yucateco Arturo de Córdova, ya ido con Dios, para evocar su filme “El hombre que logró ser invisible”, que dentro de su historial de filmes casi todos de primera línea, se avobó a la única historia de ciencia ficción, siendo una de las cintas menores de Arturo, pese a los trucos muy bien logrado que permitió almacenar billetes y mas billetes en la taquilla del más que mexicano Cine Mariscala.
El argumento de la cinta es sencillo: Arturo, dentro de su personaje es encarcelado por un asesinato no cometido, pero como su fiel hermano que tiene cerebro colosal le prepara un suero que, tomado cada cuatro horas, le dará la plena invisibilidad a su cuerpo, razón por la cual huye del presidio.
Ya en casa de su novia, una Ana Luisa Pelufo, con vestimentas hasta detrás de las orejas, el personaje central del filme, se volverá malo en extremo por causa de la substancia, y poco a poco irá fraguando un plan maldito, el de llenar de veneno todos los veneros de agua de la ciudad de México, dentro de una ira y vendetta que parecen no tener fin.
Pero como Arturo tiene un casto corazón, poco a poco entrará en razones, y de aquel veneno, solo pagaran el pato una legión de cucarachas y ratones, todo se arreglara de manera correcta, caerá el real asesino, y de Córdova será el nuevo ídolo de la metrópoli capitalina,
Solo una cosa no se solucionará, la pésima dirección de Alfredo B. Crevenna, que teniendo un buen argumento convirtió la cinta en nada más o menos como si fuera invisible su megáfono y tablero.
De esa manera Arturo de Córdova abordó los géneros insólitos del séptimo arte, un hombre invisible de corazón bueno; un asesino generoso armando esqueletos en uno de sus mejores películas, “El esqueleto de la Señora Morales”, e inclusive en comedias como El Gángster, y si lo quisieron ver en cine revolucionario, uno de sus primeros trabajos fue en la película Cielito Lindo.

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