El Dios del Sinaí

René Cesa Cantón

El Dios de Moisés, Dios que vive en medio del pueblo en proceso de liberación, quiso celebrar una alianza que fijara para siempre su relación con aquel pueblo. Libertados ya de las estructuras opresoras, Dios propone a los hebreos un pacto de amistad. Dios les propone: «Yo seré el Dios de ustedes. Y ustedes serán mi pueblo». Y ellos aceptan: «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor» (Ex 19,8).
Pero a Dios no le gustan los compromisos al aire. Por eso les propone, solemne y oficialmente, el resumen de las obligaciones que tienen que cumplir para poder ser su pueblo, libre y fraterno: «Los Diez Mandamientos» (Ex. 20,1-17).
Antes de celebrar el pacto, primero se presenta Dios a sí mismo: «Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud» (20,2). No invoca su autoridad de creador, sino que se presenta con el mejor título que tiene ante los ojos de su pueblo: su libertador. Yahvé no podía pactar más que con un pueblo libre. Sus «preceptos» no son para esclavos.
Estos Diez Mandamientos son la herramienta que Dios entrega al pueblo liberado de la esclavitud para que continúe su marcha hacia la plena libertad y pueda así gozar de la tierra de la leche y de la miel. Él oyó el clamor del pueblo y escuchó en él muchas angustias. En cada angustia descubrió una causa. Y para cada causa él hizo un Mandamiento. Los diez juntos combaten las diversas causas y formas de opresión que hacían llorar y gritar al pueblo oprimido. Por eso, quien no escucha el clamor del pueblo, no puede entender el sentido de la Ley de Dios. El clamor del pueblo es la clave de lectura de los Diez Mandamientos.
El primer Mandamiento es la base de la futura sociedad: «No tendrás otros dioses delante de mí» (Ex. 20,3). Esta fe en el Dios único es el eje que tiene que dar fuerza y unidad al pueblo elegido. Dios es el centro de la fraternidad. La única fuente que puede producir una verdadera unidad humana.
El origen de todas nuestras esclavitudes está en que ponemos como centro de nuestra vida y de nuestra sociedad cosas que no son el Dios vivo y verdadero. Nada ni nadie tiene derecho a ocupar el puesto de Dios. No hay persona, costumbre, ni riquezas que sean capaces de sustituirlo eficazmente. Dios es el centro de todo. «El único» (Dt 6,4). Y los que se quieren poner en el centro, los egoístas, son los que lo destruyen todo. Dios no soporta que en su nombre se desprecie o se explote a un hijo suyo. El único Dios verdadero, preocupado realmente por el bien del pueblo, es Yahvé; los otros, los del faraón, no pasan de ser meras invenciones humanas para dar cobertura a la opresión del pueblo. El primer Mandamiento no ordena quemar imágenes; lo que pide es no adorar ni apoyar al sistema que, en nombre de falsos dioses, explota y oprime al pueblo. Los dos mandamientos siguientes son simplemente una consecuencia del primero.
En el segundo se insiste en que no debemos inventar, ni adorar dioses a la medida de nuestros caprichos (Ex 20,4-6). Ni usar inútilmente el nombre de Dios, como algo mágico para conseguir fines egoístas o sucios (Ex. 20,7).
Según el tercero, tenemos que santificar los días de fiesta, como para que Dios siempre siga siendo el centro de nuestras vidas (Ex. 20,8-11). De nuevo se busca impedir que la esclavitud vuelva a oprimir al pueblo. Se trata de un día semanal dedicado al descanso del trabajo y al cultivo del espíritu. No hay que esclavizarse al trabajo. El cultivo del amor familiar y el crecimiento en la cultura y en la fe están antes. Si hay que trabajar es precisamente para poder «descansar» con felicidad.
Los otros siete Mandamientos van dirigidos a cada persona, pero mirando a la vida comunitaria. Son como las leyes fundamentales de la vida en común (Ex.- 20,12-17). Su sentido general es que el Pueblo de Dios tiene que ser un pueblo con gente liberada de todo tipo de esclavitudes. Son como un aviso contra la tentación del volver a Egipto, «país de servidumbre». Una lucha contra las tendencias malignas y las debilidades de los hombres que forman el Pueblo de Dios. En ellas se prohíbe toda clase de esclavitud: al egoísmo, al odio, a la avaricia, a la sexualidad, a los chismes, a la envidia… Sólo así va a ser posible servir a Dios viviendo como hermanos.
Los Mandamientos son el polo opuesto de las sociedades en las que reina la ley del interés egoísta de los más fuertes.
El primer fundamento de esta nueva sociedad es la familia (20,12). Los otros fundamentos son: -respeto a la vida ajena (20,13) – respeto a la vida matrimonial (20,14); – respeto a la pequeña propiedad ajena (20,15); – respeto a la fama del prójimo (20,16), hasta en la profundidad de nuestros pensamientos (20,17).
Después de los Diez Mandamientos viene en el Éxodo lo que se llama El Código de la Alianza (Ex.- 20,22-23,19), en el que se amplían y aclaran de manera muy humana las leyes fundamentales de la vida en común. A aquel pueblo de esclavos, recién liberado, se le muestra el camino práctico para comenzar a vivir como creyentes en este nuevo Dios, Yahvé.
Con ejemplos muy prácticos, tomados de su misma vida, se enseña respeto hacia toda persona, a la vida, a la propiedad de cada uno, a las mujeres, siempre bajando a la realidad de una manera concreta.
Pero de lo que más largamente habla el código de la Alianza, es del derecho de los pobres (Ex 22, 20 – 23,13). Manda de una manera insistente que se les ayude. Prohíbe cobrar intereses en los préstamos a los necesitados. Enseña que el mínimo vital para poder vivir como Dios quiere está por encima de cualquier otro interés. En resumen, los creyentes en este Dios deben prestarse servicios unos a otros con sinceridad, integridad y justicia.
Más tarde, todo este espíritu de servicio mutuo se resumirá en aquella célebre frase de: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,34).

Texto para dialogar y meditar: Ex 3,1-15
(He visto la humillación de mi pueblo)
¿Creemos nosotros en un Dios que ve, que oye, que simpatiza y se compromete con la liberación de los oprimidos? ¿Qué sentimos si visitamos una zona pobre? ¿Miedo y desconfianza o simpatía y solidaridad? ¿Hasta qué punto hemos sentido nosotros el llamado de Dios a favor de los oprimidos? ¿Sentimos que lo que buscan los Mandamientos es liberarnos de esclavitudes para que podamos ser realmente libres? Terminamos rezando, solos o juntos Ex 15,1-18.

Los comentarios y puntos de vista expresados en esta página son cortesía y responsabilidad de quien los escribe, además de que no representan necesariamente el punto de vista de Sociedad Editora Arróniz