El vendedor de silencio

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“Más vale una noticia no publicada que una publicada”. Este axioma del periodismo es el mensaje periodístico contenido en “El vendedor de silencio”, la última novela escrita hasta ahora por Enrique Serna. En ella presenta un retrato decantado, pulcro, más realista que la misma realidad, de un personaje, una profesión y una época, todos coincidentes. El personaje es Carlos Denegri; su profesión, el periodismo, y la época, la vida política del México desde el gobierno de Lázaro Cárdenas hasta LEA.
Desde sus inicios, aprendió perfectamente la lección que le dio Rodrigo de Llano, entonces director de “Excelsior”: “Los periodistas debemos estar informados de todo, pero no necesariamente divulgarlo. Para serte franco, gana más dinero por lo que se calla que por hacer alharaca. En este negocio no solo vendemos información y espacios publicitarios: por encima de todo vendemos silencio” (193s).
Carlos Denegri llegó al periodismo sin vocación, por accidente, después de haber fracasado en sus incipientes y corruptas labores en la diplomacia, pegado a las perneras de su padre. En acertada descripción de un recio y honesto periodista, Julio Scherer García, fue “el mejor y más vil de los reporteros”, considerado como un elemento central, sangre y vísceras del poder durante más de 30 años: “Yo solo me acomodé a las condiciones del medio en que trabajaba”, confiesa… “Aquí el gobierno es el principal cliente de los diarios, no los lectores. Todos trabajamos para el mismo patrón y nadie puede darse baños de pureza (198s). ”Yo me limité a darle al público lo que pedía“ (310). ”Para disipar cualquier predicamento moral empleaba un lema acuñado por los decanos del oficio: embute que no te corrompa, tómalo“ (202).
Este turbio personaje, destacado en sus labores de reportero, cronista, entrevistador, columnista y hasta de cronista de sociales, no pudo existir [”Mi poder es muy limitado, yo simplemente soy una caja de resonancia que los de arriba utilizan cuando les conviene“ (277)], sino en un periodo de la historia de México caracterizado por los abusos del poder, de la corrupción, del encumbramiento de gobernantes considerados por el populacho, por sus lambiscones y por ellos mismos, como encarnación de la divinidad.
El mismo Enrique Serna, en entrevista (28/09/19) publicada por ”Proceso“, lo explica así: ”Un periodista mercenario tan exitoso sólo pudo existir en un régimen de dictadura de partido -la del PRI-. Tuve que hacer una reconstrucción de época para situarlo en su contexto histórico-social, y describir como telón de fondo el proceso degenerativo de un régimen que llegó al poder a balazos, creó un monolito invencible y -a pesar de un paréntesis de liderazgo ético que hubo en el sexenio de Lázaro Cárdenas- nunca pudo renunciar a su adn autoritario para el que necesitaba una prensa servil que cantara loas al presidente e hiciera un culto a la personalidad cada sexenio“ (https://www.proceso.com.mx/601241). ”Así eran las reglas del juego y él no las había inventado, solo las perfeccionó con más habilidad que ningún otro reportero“ (425).
Se dice que un buen profesionista no revela siempre a una buena persona. Cuando se encontraba bajo los efectos del alcohol, era la quintaesencia y prototipo del valentón, corredor de antros y prostíbulos, mujeriego y simultáneamente misógino, déspota, acomplejado, paranoico, altanero, abusador. Sin embargo, tanto en su vida profesional como en la privada, en estado alcoholizado o en sobriedad, nunca dejó de ser corrupto, extorsionador, chantajista, inescrupuloso, vengativo, prepotente y soberbio: ”En la lucha por el poder y el dinero solo juegan limpio los perdedores“ (122).
Como contrapartida de este personaje, emblemático de ese tipo de periodista que por ahí nos recuerda a otros muy bien identificados (Roberto Blanco Moheno, Zabludovsky y otros más cercanos en tiempo y espacio…), Enrique Serna presenta también a quienes personifican al periodismo luchador, limpio y honesto: Jorge Piñó Sandoval, Julio Scherer García y aquella pléyade que conformó el inolvidable ”Excelsior“.
Al final de su vida, escribió el epitafio de su labor periodística: ”Que lo entendiera bien la clase política: Carlos Denegri servía al poder en calidad de socio, no de lacayo. Ni era un subalterno de la aristocracia sexenal, ni tenía la obligación de taparle sus marranadas: podía hacerlo por conveniencia, siempre y cuando se llevara una rebanada del pastel“ (429).
Asesinado ”de forma accidental“ por Natalia Urrutia, la última mujer con quien vivió y a quien ensalzó y humilló, adoró y lastimó, Denegri es retratado en carne viva en esta novela. Escrita simultáneamente en primera y tercera persona, Serna hace alarde de su dominio narrativo al intercalar documentos, datos históricos y testimonios (incluido el de su hija Pilar Denegri), con las lucubraciones que internamente pudo hacerse Denegri al reflexionar sobre sí mismo, su propia labor periodística y las ocultas razones de su misoginia y su desastrosa vida privada.

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