El reloj del juicio final

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Luis Pérez Lezama

Nos encontramos en un instante en el cual estamos atentos, con los sentidos agudizados dado el nivel de incertidumbre que representa el futuro de la humanidad; se conversa tanto en las mesas familiares como en los restaurantes sobre la problemática económica, los efectos climáticos mundiales y los riesgos de epidemias; factores todos, aunque no lo parezca, están relacionados entre sí. Poca gente repara durante sus coloquios que la economía y la ecología son ciencias hermanas, mientras la primera estudia hábitos y costumbres de acuerdo a su raíz latina “Nomos”, la segunda estudia el razonamiento y pensamiento tal como lo explica el vocablo del mismo origen: “Logos”. Ambas ciencias, desde distintos ángulos se remiten al análisis de un tal “Eco” que es una palabra prestada de “Oikos” significante de casa, hogar, patrimonio, planeta. Son, por tanto identidades, ya que ambas estudian los recursos naturales.
Contextualizo esto porque la gran problemática que existe actualmente en el mundo debido a la desaceleración económica que afecta a diversas naciones y que de no atenderse -mediante el impulso a la inversión productiva- llevará a muchos países a períodos largamente recesivos, tiene como elemento detonador los riesgos adyacentes que el cambio climático y la salud pública están provocando, justamente por esa interrelación entre Economía y Ecología. Hoy día, la condicionante para que el crecimiento duradero es que éste sea sustentable, es decir armónico con el medio ambiente ya que los riesgos para garantizar la calidad de vida de los ciudadanos no sólo están originados por un menor dinamismo del sector manufacturero debido al cambio tecnológico que produce volúmenes de oferta que no corresponden a la demanda agregada ¡No! Los riesgos para el desarrollo están íntimamente ligados al medio ambiente.
Le digo esto porque recién leí el documento “Global Risks for 2020” (Riesgos globales, 2020) que publicó el World Economic Forum, sobre estos temas y he quedado sorprendido del peligroso avance que presentan estos aspectos. Fíjese nada más, en 2010 la mayoría de los riesgos globales para el desarrollo eran estrictamente económicos, por ejemplo, precios del petróleo, colapso de activos, riesgos en el sistema financiero mundial, crecimiento del nacionalismo, etc. Y en tan sólo 10 años los riesgos han mutado hacia causa ambientales, de acuerdo a este reporte para el año que comienza los principales enemigos de la riqueza personal y de la calidad de vida son el errático comportamiento del clima, el calentamiento de los océanos, los desastres naturales provocados por la mano del hombre y por supuesto los riesgos de salud pública como la mutación de los virus y bacterias que ya vivimos.
Basta ver las noticias para constatar que el “coronavirus” (WH-CoV-2019) ha aparecido en China constituyendo una amenaza de salud mundial, también se ha visto el caos que el clima ha provocado en Australia generando daño irreparable sobre la flora y fauna (ver el caso de los koalas) también sabemos del deshielo glaciar y del aumento de temperatura en los océanos y vamos, no basta ir muy lejos, en 2019 usted vivió en carne propia el poder destructor del dengue en México. Por eso, es que es importante apuntar a la responsabilidad de gobiernos y sociedad para mitigar los riesgos ambientales que ponen en riesgo el crecimiento económico y el desarrollo de los ecosistemas, sitios en los que todos vivimos ¿Cómo? Va de nuevo, con inversión, con certidumbre, con políticas públicas inteligentes porque los únicos países que van a sobrevivir a esta descomposición ambiental son aquellos que cuenten con recursos financieros suficientes para enfrentarla, pero sobre todo aquellos que de manera preventiva hayan desarrollado esquemas de concientización.
Esto no es nuevo, recordar que Robert Malthus, un reverendo considerado pieza clave en la economía clásica quien vivió la transición de siglo XVIII hacia el XIX postuló en su libro “Ensayo sobre el principio de la población” la importancia de entender que la demografía y los recursos naturales son inversamente proporcionales; mientras las personas se multiplican geométricamente las mercancías lo hacen aritméticamente por lo que los desastres naturales, las pandemias, las guerras y hasta la delincuencia producen un ajuste en la población absoluta al cerrar la brecha entre mortalidad y natalidad regulando así la demanda agregada. Malthus, que fue duramente criticado no estaba tan equivocado porque, aunque documento la “Peste negra o bubónica” en la Europa de 1320, la epidemia de viruela en 1520 en Tenochtitlán, la de 1720 en Marsella y el “cólera” chino en 1820 no alcanzó a ver la peste neumónica de 1920 ni dos guerras mundiales para confirmar su teoría. (Casualmente todas en los años 20 de cada siglo mencionado).
Malthus pensaba que cada cuarto de siglo, aparecen “techos” en la dinámica demográfica y así inspiro a Charles Darwin sobre la selección natural. Personalmente pienso que estos “techos” adaptativos motivan la migración pero ojo, no sólo la migración humana sino la adaptación animal, porque la falta de crecimiento, de oportunidades, de calidad de vida, el clima, la violencia, la guerra, la falta de agua y de alimento obligan no sólo a que las personas migren sino que provocan que los portadores de virus o bacterias que son inofensivas para el ser humano migren a nuevos “huéspedes” y provoquen la mutación de enfermedades que antes no eran de transmisión humana provocando nuevos padecimientos y condicionando nuestra esperanza de vida, tal como Malthus lo advirtió.
La migración involuntaria es el primer paso de la reversión de la natalidad motivada por los múltiples eventos que derivados del cambio climático y los riesgos de salud pública que se están presentando en estos primeros 20 años del siglo XXI, quizá por ello el famoso “Reloj del juicio final” creado en 1947 por la Universidad de Chicago, que es una referencia visual de los riesgos globales mundiales ha sido adelantado recientemente ubicándose a sólo 100 segundos del apocalipsis, del fin de los tiempos. Dependerá de nosotros hacer conciencia, retrasarlo o adelantarlo, no para nosotros sino para el futuro de nuestros hijos.

*El autor es director de análisis
y docencia económica en SAVER ThinkLab. Es académico y conferencista.

Twitter: @SAVERThinkLab

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