El Dios de los patriarcas

René Cesa Cantón

Al examinar los primeros escritos bíblicos sorprende constatar que Dios no aparece como un poder universal, sino circunscrito a unos límites terrenos estrechos. Es el Dios de la tierra en la que habitan los que lo adoran, y solo allí desarrolla él sus promesas. Al comienzo pensaban los patriarcas que fuera de su tierra estaban fuera de la mirada y el poder de su Dios.
Nosotros llegamos a Dios quizá a través del universo, que necesita lógicamente un creador y un legislador. El antiguo israelita, en cambio, llegaba a Dios a través de encuentros concretos con él en la tierra donde vivía.
Para acercarse a Dios, normalmente el pueblo necesitaba un intermediario, uno de ellos que fuese «elegido» para servir de intermediario entre Dios y su pueblo. Por eso «dijeron a Moisés: “Habla tú con nosotros, que podemos entenderte, pero que no nos hable Dios, no sea que muramos”» (Ex 20,19). Acercarse a Dios exigía condiciones especiales de «sacralidad» que no tenían nada que ver directamente con la moral.
Veamos las huellas de Dios que, según la tradición bíblica, se fueron imprimiendo en aquellos primeros personajes, hombres y mujeres, en los inicios de la formación del pueblo de Israel. En mismos inicios de la Historia de nuestra salvación.

Abrahán y Sara
El Dios capaz de cumplir sus promesas

Antes de Abrahán, Dios se había revelado ya a otras personas y a otros pueblos. El Vaticano II afirma que toda cultura tiene en su seno «semillas del Verbo». Pero Dios quiso desarrollar una revelación modélica, para utilidad de todas las generaciones futuras, de forma que tuviéramos como un espejo donde confrontar nuestro caminar hacia él. Por eso Dios quiso formar un pueblo especial, su pueblo, al que dio inicio a partir de una pareja humana: Abrahán y Sara.
Dios, como buen pedagogo que es, exige pasos progresivos en cada «grado» de formación de su pueblo, que curiosamente no siempre son los mismos que nosotros impartimos normalmente en nuestras catequesis actuales. Hay facetas de su personalidad que Dios tardó siglos en mostrarlas, mientras hay otras que las hizo experimentar desde un comienzo.
Lo primero que pide Dios en el proceso de formación de su pueblo es una confianza absoluta en que él es capaz de cumplir sus promesas. Esta es la puerta de entrada en el proceso bíblico. Lo que promete a Abrahán y Sara, aquellos dos ancianos considerados como malditos porque no han podido tener hijos, es justamente la bendición de una descendencia numerosa, de la que se formará un pueblo bendito. Para ello, Dios les pide precisamente que abandonen a su familia y su tierra para ir a una región que no conocen. La única garantía que Dios les da es su promesa.
Dice la Biblia que Abrahán tenía 75 años cuando Dios le prometió la bendición del hijos y tierra (Gn 12,4). Pero pasaron más de veinte años caminando sin conseguir ni hijo ni posesión alguna (17,1). Y Dios sigue insistiendo en su promesa: «Mira las estrellas del cielo y la arena del mar […]: más numerosa será tu descendencia» (15,5). Dios los llama para que experimenten su presencia fecunda.
La promesa es doble: no solo hijos sino también tierra para que puedan vivir dignamente. Y con eso su existencia será una bendición. A veces la gente que lucha contra la legalización del aborto se olvida de luchar también por una tierra en la que puedan vivir dignamente esos niños que nacen. Se trata de que vengan hijos al mundo, pero no para que sean desgraciados, sino una bendición…
Después de larga espera, como no llegaban los hijos, Abrahán piensa en echarle una mano a Dios adoptando legalmente a su esclavo Eliezer, para que así los hijos de él puedan convertirse en su descendencia legal (15,3). Pero Dios le hace ver que ese no es el camino. Ha de ser un hijo salido de sus entrañas.
Entonces a Sara se le ocurre una nueva idea para ayudar a Dios: entregar su esclava Agar a su marido para que tenga de ella el tan esperado hijo (Gn 16). Pero tampoco ese era el camino. La promesa no es solo para Abrahán, sino para los dos: el hijo ha de ser hijo de sus entrañas.: «Va a ser Sara, tu esposa, quien te dará un hijo» (17,19).
Dios va aquilatando así la fe de Abrahán y Sara. Si tienen un hijo, no será por sus propias fuerzas ni por sus «atajos». Por fin Sara queda embarazada de su marido y da a luz a un hijo. Y el niño crece, con santo orgullo de sus padres (Gn 21). Pero cuando Isaac se acerca a los 12 años -casi la mayoría de edad-, Dios le pide que se lo sacrifiquen. Y subraya que era su hijo único, el depositario de la promesa (Gn 22).
El mérito de Abrahán una vez más es su confianza total; el «padre de los creyentes» está seguro de que Dios cumplirá su promesa pase lo que pase. El viejo patriarca no está dispuesto a quedarse sin descendencia…; eso significaría dejar de creer en la promesa. Por eso confía en que Dios proveerá: le impedirá que mate a su hijo, o lo volverá a la vida, o él verá qué hace, pero de lo único de lo que está seguro es de que no se quedará sin descendencia.
Aunque tuvo que abandonarlo todo, aunque vivió como extranjero en la tierra prometida, aunque tuvo que ir por hambre a Egipto, con el riesgo de perder a su esposa (Gn 12,10), aunque tuvo que separarse de su sobrino Lot y quedarse en soledad, aunque la promesa tardaba en cumplirse, aunque llegara a matar al depositario de las promesas, Abrahán confía siempre en la palabra divina, admite lo incomprensible y se siente seguro ante el futuro.
Esta es la primera exigencia bíblica de Dios: creer que él cumple siempre sus promesas, por imposibles que parezcan. Y esto es lo primero que deberíamos cultivar en nosotros y en nuestras catequesis: fe en que Dios hace hermosas promesas y es capaz de cumplirlas; promesas que son siempre respuesta a nuestras necesidades. A Abrahán y Sara les promete precisamente lo que más necesitan para su felicidad.
El Dios de Abrahán se presenta como alguien que tiene autoridad para ordenar: «Deja… anda… ve…». Y al mismo tiempo tiene poder para prometer: «Haré de ti… bendeciré… engrandeceré… te daré…». Es un Dios que pide y promete. Dios, que llama a cada uno por su nombre.
Esta es la larga serie de personajes que van a ir perfeccionando, poco a poco, la presencia creativa de Dios. Solo pide una auténtica confianza.

Texto para dialogar y meditar: Gn 18,1-15 (la visita de Mambré)
1) ¿Qué imagen de Dios se presenta en este texto? 2) ¿Cómo actúan Abrahán y Sara? 3) ¿Qué promesas nos hace Dios a nosotros y hasta qué punto creemos en ellas? 4) Terminamos rezando juntos el Salmo 23.

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