La traición

Alejandro Tovar González*

La Academia define la traición como la “falta que comente una persona que no cumple su palabra o que no guarda la fidelidad debida”, mientras que el Derecho considera dicha situación como un delito contra un deber público, como la patria para los ciudadanos o la disciplina para los militares. No obstante, esto también lo podemos considerar como el defraudar a familia, amigos, grupo étnico, entre otros. en términos generales tiene que ver con una acción contraria a la lealtad, lo cual, por supuesto daña vínculos como el amor, la amistad o el respeto. Lamentablemente este es un acto común en nuestra cultura y tan añejo como la humanidad misma, por ejemplo, la ampliamente citada traición de Judas a Jesucristo.

La traición no solo es un acto contrario a la virtud, sino que es la muestra de la falta de compromiso y de integridad de aquel quien la comete. Además, es uno de los actos más deleznables del ser humano y que, desde la perspectiva del poeta Dante Alighieri, en su famosa obra, el noveno círculo está reservado para aquellos que traicionan, porque no solo engañan, sino que además lo hacen a alguien con quien tiene una relación cercana y “especial”, y los ubica en cuatro niveles o rondas. La primera para los traidores de sus propios familiares, la segunda para quienes faltan a entidades políticas (partido, ciudad, país). La tercera ronda es para los traidores a sus hospederos, a aquellos que los invitan; mientras que el cuarto nivel es para aquello que traicionan a sus benefactores, como el antes mencionado Judas.

Independientemente de la alegoría que pudiera haber en la Divina Comedia, una cuestión real, tangible, es que algunos sujetos ven tan normal la traición y el perjuicio, a fin de poder satisfacer sus necesidades y salirse con la suya, que hacen de esto un estilo de vida. Pero la cosa no termina aquí, sino que además lo transmiten a su descendencia, justificando sus acciones o bien cayendo en el cinismo de negarlo. Algunos terminan en la cárcel, otros terminan con sus familias y generalmente acaban atormentados por las acciones producto de su miseria, solos, o en la soberbia y autoengaño de lo “fregones que son”.

Al respecto del aspecto familiar y de pareja, la deslealtad del cónyuge quien ha decidido ser infiel es uno de los tragos más amargos que tiene que pasar la parte afectada, porque aquel en quien confiaba no supo corresponderle y además de esto, por propia voluntad, le engaña. En el más lamentable escenario, culpa de su acción a la pareja, reflejo de la irresponsabilidad con la que se ha conducido por la vida. Otras veces se dice muy arrepentido y argumenta desconocer por qué lo hizo, pero pide se le perdone y se le dé otra oportunidad. Algunos reciben este beneficio, otros no. Y en algunos otros casos, esta situación es el punto de quiebre de un vínculo previamente dañado, donde la parte afectada decide poner fin a este modo de vida. En las parejas que intentan superar una infidelidad, uno de los objetivos más complicados está en recuperar la confianza pues, como bien dice la frase, esta es como el cristal, aunque se intente reparar ya no es igual, pues también está la sentencia de “quien lo hace una, lo hace dos” (tristemente cierto en varios casos).

Un traidor suele ser alguien que se maneja como víctima de las situaciones que ellos mismos crean. Son seres conflictuados por un debate interno entre sus intereses personales y su escala de valores. Suelen ser personas obsesivas. La traición es un acto de cobardía y depravación, producto de una personalidad narcisista (de los trastornos de personalidad más complejos) en donde aquel quien lo padece se siente merecedor de todos los beneficios, carece de empatía, quiere ser el centro de atención y tener el control, su palabra es la ley y al no sentirse aplaudido “tiene que castigar”. Ya podemos imaginar las carencias que tuvo que pasar alguien en su infancia para constituirse de este modo.

La lealtad la aprendemos desde la cuna. Es en casa donde tiene que desarrollarse la obediencia a las reglas. Si esto no está presente se contribuye a seguir torciendo la tan ya retorcida realidad social. He aquí el compromiso de los adultos como agentes formadores. Lamentablemente para poder comprender el bien común, el bien actuar y la relación sistémica en la que todos estamos inmersos, hay que elevar un poco el nivel de conciencia y esto no llega de la nada, hay que trabajarlo. Pero esto es un concepto que, para muchos, el sólo pensarlo ya les da pereza.

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*Licenciado en Filosofía / Psicoterapeuta Cognitivo-Conductual/Doctorado en Psicología

Miembro de la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha, España

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