Mar dulce

A Manera de Comentario
Tomás Setién Fernández

Que remedio queda, que echar a volar los recuerdos, cuando los Tiburones Rojos del Veracruz nos provocaban emociones sin fin, de las emociones buenas y hasta cordiales, cuando todo giraba en torno a aquel estupendo dueño casi del Golfo de México, Don José Lajud Kuri, el mejor Presidente tenido por el equipo jarocho, que luego se vio rodeado de gente nefasta que sin entender cuantos gajos tenia un balón, orillaron al equipo querido hasta su plena destrucción, no quedando ya ni la aleta del conjunto porteño, siendo ya oficial su desafiliación, dentro de un algo que provocara maromas en las tumbas, de los que realmente pusieron algo mas que la mano derecha, para hacerlo grande y colosal.
Se puede decir esto, el Veracruz nació, creció y se reprodució en forma miserable después de Lajud, un tipo que nunca incurrió a solicitar a Papa Gobierno una limosna para el sostenimiento de su equipo, dueño de una agencia de autos, Don Pepe siempre tuvo a sus jugadores como émulos de sultanes, reyes y príncipes, habiendo parado señores cuadros que si no fueron campeones de Liga o de Copa fueron por esas cosas raras del destino, siempre incomprensible en sus decretos y decisiones.
Contrataciones brillantes la de Lajud comenzando por Batata, Mariano Ubiracy, el peruano Peláez, hasta alcanzar un máximo, cuando venciendo todo tipo de resistencias de otros equipos mexicanos, consiguió firmar a Waldir Pereyra Didi con gran ojo clínico, ya que la sola presencia del maestro de la bola seca y rey de la macumba, al lanzar sus disparos, provocaba llenos hasta el asta bandera en el inolvidable estadio Veracruzano, el que olía a goles, y a cocteles de camarones y ostiones, proporcionados por Picalagua, y su negocio con las delicias de la mar en la esquina misma del búnker deportivo.
Y que nos dicen cuando llegaron Guillermo el Campeón Hernández y Jesus Del Muro a conformar una zaga central prácticamente imbatible.
Veracruz llenaba estadios por doquier, no observándolo como las ediciones actuales, con una pata de palo y la otra de alambre, sino como un equipo poderoso, capaz siempre de dar el gran espectáculo.
Chucho Hernández el primer jugador nacido en Córdoba que llegó a la Primera División, a conformar un equipo veracruzano grande entre los grandes, ahí al lado del nacido en Orizaba José Luis Aussin y el pozarricense Hugo Frank. Puro Estado de Veracruz.
Permítanme seguir soñando con aquellos tiempos mejores, cuando irle al Veracruz era un símbolo de distinción, y no de burla y escarnio como en los tiempos actuales.
El Veracruz que se llevará en la mente hasta el postrer día de vida del planeta tierra será eterno.
Hablar de otra cosa es simplemente una invitación al vómito.

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