Ideas, ideología y quimeras

Gino Rául De Gasperín Gasperín

Desde tiempos remotos, a los pensadores les ha interesado cómo es que el hombre puede conocer, comprender y explicar las cosas, si es que puede.
Aquellos intuitivos filósofos, en realidad, expusieron las explicaciones más generales y básicas. Los hubo quienes definitivamente sentenciaron que eso de conocer las cosas es absolutamente imposible para el ser humano. Que la realidad es algo incognoscible, al menos en su más profunda interioridad, y que de las cosas solo podemos llegar a saber algo de su cáscara, de su apariencia. Desde luego, hay quienes dicen que, si esto es cierto, toda la ciencia se viene abajo. La ciencia y su derivado, la tecnología, pues si no sabemos, por ejemplo, cómo es y cómo se comporta el acero, es una temeridad construir una casa, un puente, un barco, un avión, simplemente basados en una sospecha o en una creencia sin mayor fundamento.
Entre estos últimos, hay quienes dicen que lo que sucede es que hay dos “realidades”: la verdadera, es decir, lo que son en sí las cosas, y la aparente, esto es, la manera como se nos presentan, especialmente a los sentidos. Para conocer la verdad de algo hay, entonces, que “elevarse” hasta una especie de esencia etérea, supraterrena, mediante una “ascensión” que parte de las apariencias sensibles de esa cosa y de allí remontarse con la inteligencia hasta un maravilloso mundo donde están las “ideas”, es decir, lo esencial de cada cosa. Otro por ahí señala que eso de que haya dos mundos, uno de copias y otro de las verdaderas cosas, es puro deseo de complicar el asunto, que la realidad es una, solo que compuesta precisamente de esos dos “mundos”, de tal manera que cada cosa es, por un lado, lo que nosotros captamos por los sentidos (los fenómenos, las manifestaciones) y, por otro, lo que nuestra inteligencia (intus=‘dentro‘, legere=‘coger’, ‘escoger‘) capta en el fondo, lo auténtico, la verdadera realidad de eso, y así se forman los conceptos.
Con el paso de los siglos, hubo más explicaciones: los que dicen que eso es puro cuento, que las “esencias” de las cosas y las ideas que de ellas provienen ni siquiera existen y que lo único “real” son las palabras con las que pretendemos entendernos por así convenir a nuestros intereses. O que todo es tan simple y llano como que lo único real es lo que vemos, olemos, palpamos, oímos, saboreamos, y paramos de contar.
Ya muy cerca de nuestros días, uno más agrega un nuevo elemento a la discusión. Cimentándose en lo que había dicho otro por ahí, sostuvo que, aunque ciertamente hay una realidad “real”, existe la posibilidad de que esa realidad sea encascarada, camuflada, envuelta con una sábana fantasmal, de tal manera que se pueda engañar al respetable público y hacerle pensar, sostener y defender que las cosas no son lo que son o son lo que no son.
Que ¿cómo se puede logra esto? Pues, por lo menos, relativamente fácil, todo va a depender de la habilidad del prestidigitador, del poder y los medios que tenga en las manos, y de la ignorancia (o “buena fe”) o conveniencia del que lo oye y está dispuesto a creer. Ese procedimiento se llama “ideologización”. Nombre raro con el que se llama a la acción de ideologizar, de inculcar una ideología, y esta entendida como “un sistema de pensamiento que se compone de un conjunto de ideas o principiossobre los que se fundamenta una manera particular de ver y abordar la realidad” (https://www.significados.com/ideologia/).
Con este recurso se puede lograr lo increíble: transformar la realidad en lo que uno quiera, en lo que a uno le convenga. Para ello se echa mano de creencias, religiones y teorías económicas, sociales, pedagógicas, filosóficas, raciales, políticas, partidistas, etc. Todo aquello que venga bien para encubrir la “real realidad” y adecuarla a las necesidades, propósitos y conveniencias de quien pueda hacerlo.
Así es posible hacer que hasta una multitud (que ya ni siquiera es indispensable que sea de ignorantes, sino que hasta puede estar compuesta por “intelectuales” y “letrados”) pueda creer lo increíble, aceptar lo inaceptable, defender lo indefendible, sostener lo insostenible, pensar lo impensable. Hasta se puede llegar a creer que sea cierto que alguien siempre dice la verdad, o, al revés, que nunca miente; que es tan honrado como la misma honradez, sincero como la misma sinceridad, honesto como la misma honestidad, etc.
Ejemplos sobran y no es necesario meterse al túnel del tiempo. Basta salirse de la película y analizar con perspicacia escenarios, vestimentas, música de fondo y actores (protagonistas, de reparto, secundarios, dobles, extras y paleros). Sacudirse la modorra y echar a andar el espíritu crítico, ese que logra descuartizar hasta al más pintado ideologizador y descubrir la verdad en la quimera.
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