Un traidor en Palacio

Talavera Serdán / Quésto y Quel´otro

CUANDO LA TEMPORADA 3 de “The Crown/La Corona”, reinicia en 1964, la Reina Isabel II -ahora interpretada por Olivia Colman (la Reina Ana en La Favorita), es más madura, sabia -reconoce su ignorancia sobre arte–, y mundana, Lleva apenas una docena de años como monarca, pero aún las experiencias que ha soportado el trono -en especial escándalos, algunos atribuibles a la princesa Margarita (una estupenda Helena Bonham-Carter)-, no la han preparado para la traición final: un espía en Buckingham, el palacio real y hogar familiar.
Esto fue, claro, antes del escándalo de proporción considerable: su hijo Andrew implicado en la red de pederastas del millonario playboy norteamericano Jeffrey Epstein, que también involucra al ex presidente Clinton y el mandatario Trump; Epstein convicto, se suicida en prisión hace un par de meses.
El capítulo 3-1 abre con el curador de arte de Buckingham, Sir Anthony Blunt (Samuel West, conocido por otra serie biográfica de Netflix, “Mr. Selfridge”), monta una exposición de pinturas del reino, pero se confirma un rumor palaciego: el Caballero de la Reina lleva años como espía de la KGB, trabajando para los rusos. Ascendido por el padre de Isabel, George VI, en 1945, se confió a Blunt la vasta colección de arte de la familia real, que contiene obras maestras de Monet, da Vinci, Rembrandt, y Bruegel.
LA INTELIGENCIA británica anduvo tras la pista del identificado como “cuarto hombre” en la red de espionaje reclutada por los soviéticos entre jóvenes idealistas de la Universidad de Cambridge en los años 30. Para ese 1964, Blunt ha mantenido su pantalla hasta en 11 entrevistas con MI-5, la agencia oficial (remember que en la franquicia del 007 llaman a la misma MI-6, como en el caso de la IV Tranformación). Le ofrecen inmunidad a cambio de una confesión plena. Tras un minuto de silencio, reportadamente Blunt bebe un vaso de ginebra y desparrama información.
LOS DIÁLOGOS BRILLANTES del autor de la serie. Peter Morgan (autor también de La Reina, y El Último rey de Escocia) resuelven la situación sabrosamente: Isabel, informada ya de la gran traición, le avienta dardos vitriólicamente controlados pero efectivos en el discurso inaugural de la exposición, y el Consorte Real toma la vía directa y privadamente lo insulta; pero Blunt saca un as mortífero bajo la manga: posee documentos que comprometen al Príncipe Felipe en el sonado caso, tan sólo el año previo, de la red de prostitución en la que el Primer Ministro John Profumo era pieza clave. (Mmm… al parecer, Andrew lo trae en su ADN.)
IRONÍA MAYOR: Blunt vive en las premisas de Palacio, y los consortes se ven impedidos a desalojarlo ni descubrirlo públicamente; primero por no ridiculizar al MI5 ante su incapacidad de detectarlo y enjuiciarlo oportunamente; segundo por el chantaje al cónyuge real lo que la reina, si fue informada, fingió ignorancia.
La reina le conservó el empleo por 15 años, después de todo era un erudito, permitiéndole retener su carrera y reputación con una de las figuras más respetadas del mundo del arte; pero sería otra mujer, la Dama de Hierro Margaret Thatcher, que lo desenmascara en 1979, despojándolo de su título de “Sir”, aunque él siempre juró no haber pasado secretos de estado sino sólo lo relacionado con la milicia alemana también incrustada en Buckingham, la residencia real oficial, de lo que él consideró “una gran equivocación” ponerse al lado del enemigo.
¿CUÁL FUE LA REACCIÓN de Isabel II ante esa gran falla de seguridad?. “Si se inquietó por la revelación del tramposo Blunt, no dio señales”, escribe una biógrafa de la reina, Sally Bedell Smith. “Descubrí que se acostumbró a dejar fuera de su mente cosas desagradables.” La prima sanguínea Margaret Rhodes lo explica así: “(Isabel) tiene un cerebro compartimentalizado, con montones de cajas.”
REGOCIJÁOS, porque entre la inmensa lista de actores de calidad exportable, la Thatcher es (en capítulos adelante) encarnada por la estupenda Gillian ´X Files´ Anderson.

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