Los chicos en la burbuja

Talavera Serdán / Quésto y Quel´otro

“CHACALICIOUS!” expresa la mejor amiga de la protagonista (Minnie West: Me Gusta Pero me Asusta, Eva la Trailera), una de los cientos de muchachitas muy bien vestidas y peor habladas (la estupenda Ana González Bello, creo, porque el reparto en el sitio especializado imdb.com, ni Wikipedia, indican personajes que interpretan ni fotos que identifiquen), que se derrite deliciosamente ante la vista de un “chacal” (“chacalón”, vulgo chavo de clase baja con playera sin mangas, bíceps abultados, y por extensión facilones y comprables).
Sólo que “El club”, incursión nueva de Argos (Las Aparicio, Ingobernable) que se inspira, algo desdeñablemente aunque en ocasiones parece glorificarlos, en los “milennials” de la Clase Privilegiada de CFMX, inadaptados, incomprendidos, quienes aún de familia adinerada no saben qué hacer con sus vidas; de padres que no los comprenden, y además inaccesibles y en este caso en reproche constante al hermano mayor (Alejandro Speitzer, de la escuela Jaime Camil de actuación, inexpresivo, mal actor), quien ante la certeza de saberse un perdedor -lo que su padre le recuerda constantemente-decide, con dinero paterno desde luego, crear una aplicación de citas, “Meet” (encuentro) que ante la falla inminente, lo usa para disimular una mini-corporación de venta de drogas de boutique, potentes y muy caras, que en ese universo de desocupados e “hijos de papi” son de éxito fulminante, que para ellos y el placer que obtienen, es una bicoca.
Lo “fulminante” es literal, dado el efecto de adicción incontrolable, y en cuanto al Club, la incapacidad real, pese a las habilidades particulares de cada integrante de esta en teoría exitosa empresa.
Está Pablo (Speitzer), economista que no atina ni al mundo; su gran amor y perdición, Sofía (West), experta en mercadotecnia; el mago de la computadora Matías (Jorge Caballero, revelación actoral, que se balancea delicadamente entre los riesgos extremosos del melodrama: comedia y drama), y el chacalón Jonás (Alex Arenas, también muy bien en su rol de contacto con los lores de la droga en Tepito, igual de admirable como Gonzalo Sosa en “José José, Príncipe de la Canción”).
En el extremo de la escala está María (la siempre admirable paisana, natural y figura materna para sus “niños” que vio nacer, a punto de sacrificar su propia vida personal), sirvienta en la mansión de Pablo y su también brillante hermanito, guapo y reprimido homo de closet y el favorito de papi, que teme revelarse y rebelarse. A mi reacción de “no, otra primera actriz como sirvienta, estilo Ana Martin”, María no sólo cocina, limpia y apapacha a los “niños” sino que también, en un giro ingenioso en la trama, que da protagonismo a la sirvienta eternamente sumisa a lo Yalitza, se convierte en la “mensajera” del Club con capacidad de “entreperneur”, organizando una red de sirvientas del vecindario ultra burgués para reparto del producto.
Los atractivos actores principales (Speitzer y West), base temática, lamentablemente tienen la química de un Alka Seltzer, y dicen sus parlamentos como leyendo un recetario de cocina. Cualquiera de los demás se los comen vivos. En especial la amiga Pau.
Entran en juego una docena de personajes adicionales, la mayoría jóvenes, ricos, guapos y viciosos, como la curiosa hija del procurador de justicia, que compone canciones como odas a su irrefrenable adicción, y amor inconcluso del inocente Matías.
Hay mucho qué ver, incluyendo glúteos masculinos y pechos femeninos, en esta nueva entrega del usualmente cuidadoso mandamás de Argos, el confiable productor Epigmenio ´Capacodia“ Ibarra, creado y escrito por ¿su pariente?, Camila Ibarra, y no todo es visible-creíble-admirable. Tampoco, I´m sorry, recomendable.
Los argumentos pro-o-con se apelmazan. ¿Está la serie en contra, o frivolizando o glamurizando las drogas?, viniendo la autora de la clase social que satiriza (también dudoso), ¿critica o aplaude?. El Club parece más una apología del vicio más que un reclamo social o una advertencia seria para consumidores reales o eventuales, y no me atrevo a recomendarla, aunque es desde luego privilegio suyo verlo o no.
Voy a mitad de la veintena de capítulos que anuncian como Temporada 1, y me confieso adicto hasta cierto punto, en especial por las tomas aéreas de Las Lomas y su Club exclusivísimo, crones fotografiando las zonas de la CDMX que mayoría de mortales desconocemos (Santa Fe, Polanco), y la relación fracturada de Pablo y Sofi luce más como interrupción, ni siquiera a-lo-Romero-y-Julieta ni a los Ustedes los Ricos, ”El Club“ es una opción más en la media docena que nos endilga Netflix (retacada de material asiático no siempre contemplable, menos inteligible), que queda a opción suya.
Cheeers! Hasta que revienten las burbujas.

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