Corona de espinas

Talavera Serdán / Quésto y Quel´otro

PETER MORGAN por lo pronto no estará en ninguna lista de propuesta oficial para ennoblecerlo con título de “Sir” de su Majestad Isabel II por la manera en que –bajo investigación intensiva—ha ido despellejando metafóricamente, a la soberana del Reino Unido de la Gran Bretaña.
Autor de una de las series mejor producidas, e investigadas, en mucho tiempo, “The Crown”, Morgan desarrolló las historias intimistas del film La Reina (Oscar para Helen Mirren, y guión de él), y ésta, y la pieza teatral “La audiencia” (Tony para Helen Mirren), que trata de la relación, a menudo complicada siempre diplomática, de la soberana con sus primeros 12 Primeros Ministros, y que sirve de base en buena porción para la nueva propuesta que Netflix inauguró el domingo reciente.
EN SU DESCRIPCIÓN de la mujer debajo de la corona muestra a un ser humano inteligente, ingenioso, buena hija, madre, esposa, hermana, querida y respetada (hasta cierto punto) por sus súbditos, y también con fallas en la visión de sus obligaciones hacia las necesidades de sus gobernados. Inglaterra y las pocas regiones que quedan del Commonwealth, o países conglomerados, es una monarquía republicana, con reina y Primer Ministro (P.M., equivalente al presidente), que toma decisiones pero antes las consulta con la mujer que, quizá por desgracia, asciende al trono a edad demasiado temprana para aprender los gajes del oficio, que intenta suplir con buena voluntad y la sabiduría que le dan sus años.
“LA REINA va a la inauguración de hospitales, hace relaciones internacionales y sirve a su pueblo… no asiste a sitios de desastre”, afirma ante la súplica de su P.M. de mostrar públicamente su pesar ante una tragedia minera de proporción fatal. “O sea, armar un show”, retrueca ella con incredulidad que suena a crueldad.
La cuestión es que muestra un retrato de la mandamás más longeva del planeta y con mayor duración en el trono, verrugas y todo. En La Reina, el film, se centra en la supuesta incapacidad emocional de Isabel para conmoverse, y actuar en consecuencia, ante la muerte trágica de la universalmente querida ex Princesa Diana. Uno de los capítulos de “La corona” narra una situación semejante ante el desastre en 1966 del pueblo minero de Aferdan, Gales del Sur, en que una montaña de carbón, reblandecida por años de explotación, inundaciones y reclamo de la naturaleza, arrasa la pequeña población tomando la vida de más de un centenar sus habitantes, en su gran mayoría niños. Gente y medios la califican de “insensible”, y confrontada al hecho (se ofrecen registros de que la reina finalmente asiste al pueblo, a manera de consolación, y que lo visitó varias veces después), Isabel, quien antes se manifiesta casi fría y distante ante el hecho, hace una retroinspección y cede a la evidencia de su defecto e incapacidad de manejarlo.
OTRO DETALLE, manifiesto ante ciertos medios, es que el autor sugiere que Isabel tiene un enamoramiento ilícito con su jefe de cuadras de caballos –afición heredada de su padre, que la hace conocida por sus equinos ganadores–, con el que deja temporalmente el poder a manos de la Reina Madre (“ella está perfectamente feliz sintiéndose a cargo”, expresa con cierto tono de irresponsabilidad. Isabel y el Príncipe Felipe, “en la vida real” están molestos con esta parte de la historia de Morgan.
CONOCEMOS también a otro personaje singular, la Princesa Alicia, ex Reina de Grecia en el auto-exilio, sirviendo con humildad a una pequeña comunidad de paisanos enfermos y hambrientos, a quien ante el peligro de una guerra civil griega, hace Isabel traer a Buckingham, hogar real oficial en Londres, por una razón: es la madre de Felipe, su suegra. El rol lo interpreta maravillosamente la gran Jane Lapotaire, de fama en los 70s encarnando en teatro a Edith Piaf.
HELENA BONHAM-CARTER en otra estupenda actuación como la hermana menor, Margarita, fiestera e irresponsable, quien eternamente envidió a Isabel, quien jamás le confirió cargo oficial, que vivió y muere en la disipación de los placeres mundanos.
“The Crown/La Corona” abre su temporada III con una reina más madura; o sea que a Claire Foy, quien encarna a Isabel II de Inglaterra en las Temporadas I y II, la remplaza igualmente efectiva Olivia Colman, actual soberana del Oscar que ganó por su interpretación de otra testa coronada, la Reina Ana, en La Favorita, y en una secuencia ingeniosa muestran la transición con dos estampillas amplificadas, una con Claire/Isabel y la otra con Olivia/Isabel, tan intuitiva como actriz que a menudo la fotografían sólo de espaldas.
SI NO HA disfrutado aún las I y II, le convendría para saborear mejor esta producción a gran escala de reconstrucción de época y sucesos, fluidamente escrita, admirablemente actuada, vestida al detalle. Y ni siquiera debe hacer genuflexión ante ella.

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