No demonizar la crisis

René Cesa Cantón

No demonizar la crisis

¿Cómo vivir estos tiempos de «crisis religiosa» con lucidez y responsabilidad, sin desviarnos del Evangelio y sin hundirnos en la desesperanza? Esta es, tal vez, una de las preguntas más inquietantes que se despiertan hoy en quienes creemos en Jesús.
Es claro que la fe cristiana no se puede vivir ni comunicar desde actitudes negativas. Es un error alimentar el victimismo, vivir de la nostalgia o acumular resentimiento. Todo eso nos aleja del espíritu con que vivía Jesús. Es el momento de aprender a vivir estos tiempos de manera más positiva, confiada y evangélica.
La llamada de Jesús a «perseverar» ha de hacernos pensar. Es un error «demonizar» la crisis actual viviéndola como una situación imposible. Dios no está en crisis. Continúa actuando en cada ser humano. Ninguna crisis puede impedir que el Creador siga ofreciéndose, comunicándose y salvando a sus hijos e hijas por caminos que a nosotros se nos escapan.
Esta humanidad tan querida por Dios vive sufriendo. No acierta con el camino que la podría conducir a una vida más digna y más dichosa. La crisis religiosa de la que tanto hablamos los creyentes es solo un fragmento de una crisis más global que lo sacude todo. A nosotros nos puede inquietar qué va a ser de la Iglesia, pero, si miramos las cosas desde Dios, lo que ha de preocuparnos es qué va a ser del mundo.
Lo importante es «perseverar»: no desviarnos del Evangelio; buscar siempre el reino de Dios y su justicia, no nuestros pequeños intereses; actuar desde el espíritu de Jesús, no desde nuestro instinto de conservación; buscar el bien de todos y no solo el nuestro. No nos engañemos: el que realmente piensa en la felicidad de todos es Dios, no nosotros.
«Perseverar» no es repetir de manera vacía palabras que ya no dicen nada, sino encender nuestra fe en contacto directo y personal con Cristo. «Perseverar» no es ponernos a la defensiva ante cualquier cambio, sino mantener la capacidad de escuchar la acción de Dios en nuestros días. «Perseverar» no es exigir a otros, sino vivir nosotros en continua conversión.
Al recoger el mensaje de Jesús sobre el final de los tiempos, Lucas se preocupa de subrayar que «el final no vendrá enseguida». La historia de la humanidad se prolongará. Una historia llena de problemas y dificultades en la que no faltarán momentos de crisis, violencia y enfrentamientos.
Situaciones en las que todo lo que fundamenta la vida parecerá tambalearse. La paz será destruida por la violencia. La solidaridad entre los pueblos se romperá. Se llegará al odio y a la muerte entre hermanos. El mismo universo parecerá negarse a sostener la vida de los seres humanos.
La intención de Jesús no es la de hacernos vivir sobrecogidos, esperando casi con morbosidad cuándo ocurrirá todo esto. Por el contrario, Jesús nos invita a enfrentarnos con lucidez y responsabilidad a una historia larga, difícil y conflictiva.
En concreto subraya una actitud fundamental: la perseverancia. Lo que nos puede llevar a la salvación no es ni la violencia arrolladora, que pretende resolver todo por la fuerza, ni la resignación de los que se cansan de seguir luchando por un futuro mejor. Solo el trabajo constante y tenaz de los incansables nos abre hacia un porvenir mejor.
Vivimos en una sociedad cuya complejidad ha crecido de manera insospechada en pocos años. Los problemas se enredan y complican de tal manera que no es fácil saber cuál puede ser la solución más adecuada. A veces se diría que el ser humano es incapaz de resolver un problema sin provocar, al mismo tiempo, otros muchos.
Por otra parte, la sociedad técnica está generando una actitud que nos empuja a buscar soluciones eficaces e inmediatas cuyos resultados se puedan rápidamente constatar. Entonces es fácil la tentación de acudir a medios agresivos y resolutivos antes que comprometernos en una labor callada, constante y aparentemente menos eficaz.
Sin embargo, no hay «fórmulas mágicas» para construir rápidamente una sociedad más humana. Nos estamos acostumbrando a analizar los problemas y promover soluciones en términos de violencia, y tendemos casi inconscientemente a imponer nuestro propio proyecto a cualquier precio y, de cualquier manera.
Pero, ¿dónde está también hoy la salvación del ser humano y el futuro de nuestra sociedad? ¿En esa violencia que crece cada vez más entre nosotros, sembrando divisiones, desconfianzas y miedos que impiden el diálogo y la colaboración, o en el compromiso paciente de los que viven buscando día a día nuevos caminos para crear la paz en la justicia y en la libertad?
La paciencia del creyente se arraiga en el Dios «amigo de la vida». A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra. En él ponemos los creyentes nuestra esperanza.