El Mercado

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El dinero no existe

El Mercado

Luis Pérez Lezama

De los primeros recuerdos que tengo en mi memoria, muy, muy atrás en el tiempo, siempre escojo dos muy particulares que me hacen recordar porque desde muy niño me interese por la economía, aunque no supiera que era eso. El primero de ellos es la voz de mi abuela paterna diciéndome: -Te voy a vestir porque vamos al mercado. Debo contarle que tanto mi abuela como mi bisabuela lideraron una familia que se dedicó siempre al comercio de legumbres y licores así que era algo era natural en casa de esas dos señoras oírlas hablar de centavos, de precios, de mercancías y de mentadas de madre por la misma razón.
Así, puede usted imaginarme de unos 2 años con mi pequeño pantalón azul y una chaquetilla del mismo tono, biberón en la mano y zapatos entrenadores blancos (de esos que tenían la punta chata) de la marca “Pingos” caminando de la mano de mi abuela por el mercado Zapata asombrado de la cantidad de mercancías que se disponían en el piso, impactado con las voces de los mercaderes, atento al calor del regateo y siempre muy alerta a las instrucciones de aquella vieja que tanto sabía de comprar y vender. -Cuidado y te despegas de mí, que te lleva el “robachicos”, me decía y yo no hacía más que agarrarme a “veinte uñas” por supuesto sin dejar de poner atención a esa mirada fija que mi abuela ponía sobre los jitomates y después sobre el mercader que se los ofrecía: -No me chingues decía, está muy caro y feo, así no te lo voy a comprar. Era, como usted puede leer toda una aventura caminar de su mano llenando la canasta para al final de la agotadora tarea, como un acto de fe inquebrantable comerse un pedazo de queso con una “chaparrita” que hoy los jóvenes no tienen ni idea lo sabrosa que sabía. Mi abuela Mimí sabía todo de microeconomía y nunca supe ni ella tampoco, como fue que sin quererlo me llevo al mercado y desde entonces el mercado me atrapo.
El otro recuerdo es de mi otra abuela: Valentina, la materna, quien era campesina y aunque no era precisamente gran amiga de mi abuela paterna compartían la pasión por las mercancías. “Doña Vale” como le decían los que la conocían amaba el campo y desde que uno entraba a su casa sabía que la encontraría al fondo del patio, con las gallinas, moviendo madera o echando tortillas, recuerdo como si fuera ayer su mirada al verme venir. -No te acerques al comal que está caliente, ten, come tortilla me decía, al tiempo que abría mi mano y me hacía comer maíz cocido en su propia casa. De ella aprendí que un huevo de gallina vale más que un peso en la mano, que el maíz se desgrana mazorca contra mazorca, que hay tortilla azul y tortilla blanca; desde niño crecí con el sabor de un taco de chapulines. Yo nunca compré una guayaba pues me bastaba arrancarla del árbol con todo y “borreguillo”. Quizá no me sabía el calendario de pequeño, pero sabía que el otoño es la peor época para los dineros así que pronto entendí que “Estamos de la guayaba” significaba que no veríamos mejoría hasta que llegará el invierno y con él las frutas secas.
Nunca pude darle las gracias a ninguna de las dos por haberme mostrado el mercado y ninguna de las dos pudo leer alguna de mis columnas así que doquiera que estén, es menester que sepan que a ellas debo mi gran pasión por ese espacio donde se intercambian toda clase de bienes a libre oferta y demanda. Nunca imaginé que el pago por ser la compañía de mis abuelas sería comprender desde pequeño el valor y no el precio de las mercancías, años después Warren Buffet me lo confirmaría.
Le cuento esto porque no sé si los demás analistas hayan tenido una formación inicial en los mercados como la mía, quizá hayan asistido a grandes universidades o quizá sean herederos de tradiciones milenarias, no lo sé, lo único que le puedo decir es que como yo hay una nueva generación de estudiosos de la economía que venimos desde abajo, que no aprendimos sobre bienes sustitutos e inelasticidad en algún libro sino al ver como la abuela usaba el carbón para cocer los frijoles y se reía del aumento en el precio del gas.
Es por eso que hoy, justo después de revisar los resultados del Índice Nacional de Precios al Consumidor que mantiene la inflación en 3.02% tras la segunda quincena del mes de octubre con un subyacente que se burla de la política monetaria y un no subyacente que “un día te dice que no y el otro también” encareciendo los productos pecuarios y con el Indicador de Confianza del Consumidor resistiéndose a perder fuerza alrededor de los 45 puntos, mientras el indicador adelantado es optimista y el coincidente está por debajo de su tendencia de largo plazo en 99.2 puntos su servidor, docente y analista económico por vocación pero hombre de mercado por convicción se dispone a comprobar si todo lo dicho anteriormente es perceptible o real en los bolsillos del “ciudadano de a pie” ¿Dónde? Acierta usted… en el mercado, porque la responsabilidad de quienes escribimos e interpretamos para nuestros lectores la realidad económica y financiera no estriba únicamente en nuestra capacidad técnica o en nuestra autoridad académica sino en el nivel de sensibilidad que desarrollamos al ser empáticos con las emociones y sensaciones que motivan o desmotivan al consumidor a preferir de manera reflexiva o transitiva un bien.
Así que, aquí me tiene, bolsa al hombro, con mi libreta y lapicero dispuestos, con mi recta presupuestal bien clara, con mi lista de víveres faltantes y siempre dispuesto a escuchar a los mercaderes quienes me cuentan que hay poco jitomate, que ha subido a casi $20, que no hay liquidez en el mercado, que hay poca confianza, muchos rumores, que la gente tiene temor y que aunque hay productos baratos llama la atención que hasta el alpiste para los pericos ha subido de precio. Siempre lo digo y lo repito, si quieres entender la economía tienes que venir al mercado, tienes que amar el mercado, tienes que entender el mercado porque es el reflejo de los deseos de la población, ese fue el legado que me dejaron mis abuelas y no estaría nada mal preguntar si algunos gobernantes tuvieron o no tuvieron esa misma suerte o si cuando menos tuvieron abuela.
*El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER ThinkLab. Es académico y conferencista. Twitter: @SAVERThinkLab