Amigo de la vida

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«Dios es amigo de la vida». Esta era una de las convicciones básicas de Jesús. Por eso, discutiendo un día con un grupo de saduceos, que negaban la resurrección, les confesó claramente su fe: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos».
Jesús no se puede ni imaginar que a Dios se le vayan muriendo sus criaturas; que, después de unos años de vida, la muerte le vaya dejando sin sus hijos e hijas queridos. No es posible. Dios es fuente inagotable de vida. Dios crea a los vivientes, los cuida, los defiende, se compadece de ellos y rescata su vida del pecado y de la muerte.
Probablemente Jesús no leyó nunca el libro de la Sabiduría, escrito hacia el año 50 a. C. en Alejandría, pero su mensaje acerca de Dios recuerda una página inolvidable de este sabio judío que escribe así: «Tú te compadeces de todos, porque lo puedes todo; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. ¿Cómo conservarían su existencia si tú no los hubieras creado? Pero tú perdonas a todos porque son tuyos, Señor, amigo de la vida» (Sabiduría 11,23-26).
Dios es amigo de la vida. Por eso se compadece de todos los que no saben o no pueden vivir de manera digna. Llega incluso a «cerrar los ojos» a los pecados de los hombres para que descubran de nuevo el camino de la vida. No aborrece nada de lo que ha creado. Ama a todos los seres; de lo contrario no los hubiera hecho. Perdona a todos, se compadece de todos, quiere la vida de todos, porque todos son suyos.
¿Cómo no amamos con más pasión la creación entera? ¿Por qué no cuidamos y defendemos con más fuerza la vida de todos los seres de tanta depredación y agresión? ¿Por qué no nos compadecemos de tantos «excluidos» para los que este mundo no es su casa? ¿Cómo podemos seguir pensando que nuestro bienestar es más importante que la vida de tantos hombres y mujeres que se sienten extraños y sin sitio en esta Tierra creada por Dios para ellos?
Es increíble que no captemos lo absurdo de “nuestra vida religiosa” cuando cantamos al Creador y Resucitador de la vida y, al mismo tiempo, contribuimos a generar hambre, sufrimiento y degradación en sus criaturas.
¿Por qué hemos de morir, si desde lo más hondo de nuestro ser nos sentimos hechos para vivir? Algo se rebela dentro de nosotros ante la muerte. La vida debería ser distinta para todos: más hermosa, más feliz, más segura, más larga. En el fondo vivimos anhelando vida eterna.
No es difícil de entender la actitud, hoy bastante generalizada, de vivir sin pensar en la «otra vida». ¿Para qué, si solo estamos seguros de esta? ¿No es mejor concentrar todas nuestras energías en disfrutar al máximo de nuestra existencia actual?
Son preguntas que están en la conciencia del hombre contemporáneo. Pero esta actitud, aparentemente tan sensata y realista, ¿es la postura más sabia o es más bien la resignación de quien se cierra al misterio último de la existencia mientras en su interior todo es protesta?
Sin duda, esta vida finita encierra un gran valor. Es muy grande vivir, aunque solo sea unos años. Es muy grande amar, gozar, crear un hogar, luchar por un mundo mejor. Pero hay algo que, honradamente, no podemos eludir: la verdad última de todo proceso solo se capta en profundidad desde el final. Así lo afirma la ciencia en todos los campos.
Si lo último que nos espera a todos y cada uno es la nada, ¿qué sentido último pueden tener nuestros trabajos, esfuerzos y progresos?, ¿qué decir de los que han muerto sin haber disfrutado de felicidad alguna?, ¿cómo hacer justicia a quienes han muerto por defenderla?, ¿qué decir de tantas vidas malogradas, perdidas o sacrificadas?, ¿qué esperanza puede haber para ellos?, ¿y qué esperanza puede haber para nosotros mismos, que no tardaremos en desaparecer de esta vida sin haber visto cumplidos nuestros deseos de felicidad y plenitud?
Lo único que sostiene al creyente es su fe en el poder salvador de ese Dios que, según Jesús, «no es Dios de muertos, sino de vivos». Dios no es solo el creador de la vida; es el resucitador que la lleva a su plenitud.

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