Sin una habitación propia

Hands writing on old typewriter over wooden table background

¿Quién de nosotras, las madres, quisiera reconocerse a sí misma machista y preservadora del sistema patriarcal en el que hemos vivido por siglos? Y, sin embargo, ¿acaso actuamos así -sin saberlo- cuando educamos a nuestros hijos e hijas? ¿Cuando asumimos nuestro rol dentro del hogar?
Quizá hemos avanzado y repartimos las obligaciones domésticas de una manera equitativa entre los varones y mujeres que forman nuestra familia, pero, ¿es suficiente? ¿En dónde quedan nuestros valores morales, el prejuicio sobre los derechos ciudadanos, sociales y sexuales de nuestras hijas mujeres vs los de nuestros hijos varones?
Leo por vez primera a Virgina Woolf. En particular uno de sus más importantes textos, publicado el 24 de octubre de 1929. Me gusta la fecha porque es el día del Arcángel Rafael, a quien le tengo aprecio, y porque está cercano a cumplir 90 años. La obra Una habitación propia está basada en una serie de conferencias que ella dictó el año anterior (1928) en Newnham College y Girton College, dos universidades femeninas de Inglaterra. Conforme avanzo, me sorprendo cada vez más hasta sentir un alto grado de enfado -y de alivio también-, pues a mí se me facilitaron las cosas durante mis estudios universitarios y mi vida laboral.
Quizá se debió a que no percibía (porque no tenía referentes, supongo y porque no había leído a Woolf) que yo siempre tuve que esforzarme más para conseguir menos de lo que los colegas varones que me rodeaban, lograban.
Virginia nació en Londres, el 25 de enero de 1882, así que tenía 47 años y, sin haber ido a la universidad, escribe lo siguiente -explicando cómo ahora puede dedicar tiempo a las bibliotecas y escribir gracias a una inesperada herencia de una tía que le deja una pensión fija-: “Hasta entonces me había ganado la vida mendingando trabajillos en los periódicos, informando sobre una exposición de asnos o una boda; había ganado algunas libras escribiendo sobres, leyendo a ratos para viejas señoras, haciendo flores artificiales, enseñando el alfabeto a niños pequeños en un kínder-garten. Estas eran las principales ocupaciones permitidas a las mujeres antes de 1918.”
Doy un respingo en mi asiento… ¿en Inglaterra? ¿Un año antes de que mi padre viniera al mundo? Siento que me toca de cerca esta restricción. Pero aún hay más, continúo leyendo. Ahora cita al historiador George Macaulay Trevelyan, contemporáneo de ella, autor de Historia de Inglaterra: “El pegar a su mujer era un hecho reconocido y lo practicaban sin avergonzarse tanto las clases altas como las bajas… De igual modo, la hija que se negaba a casarse con el caballero que sus padres habían elegido para ella… se exponía a que la encerraran a llave, le pegaran y la zarandearan por la habitación, sin que la opinión pública se escandalizara.” Y aclara: esto ocurría en 1470, poco después de la época de Geoffrey Chaucer, escritor, filósofo, diplomático y poeta inglés, conocido sobre todo por ser autor de los Cuentos de Canterbury.
Virginia revisa los personajes femeninos de la literatura de la antigüedad como Cleopatra, Lady Macbeth, Desdémona, y asegura: “… si la mujer no hubiera existido más que en las obras escritas por los hombres, se la imaginaría uno como una persona importantísima; polifacética: heroica y mezquina, espléndida y sórdida, infinitamente hermosa y horrible a más no poder, tan grande como el hombre, más según algunos.”
Para colmo de mi sorpresa, cito el pie de página: “Sigue constituyendo un hecho extraño y casi inexplicable que en la ciudad de Atenas, donde las mujeres llevaban una vida casi tan recluida como en Oriente, de odaliscas o esclavas, el teatro haya producido personajes como Clitemnestra y Casandra, Atosa y Antígona, Fedra y Medea y todas las demás heroínas que dominan todas las obras del ”misógino“ Eurípides. Pero la paradoja de este mundo, donde en la vida real una mujer respetable casi no podía mostrarse por la calle y en cambio en las tablas (teatro), la mujer igualaba o incluso sobrepasaba al hombre, nunca ha sido explicada de modo satisfactorio.” F.L. Lucas, Tragedy.
Virginia, implacable, en este escrito considerado como Manifiesto feminista, continúa: “Para empezar, tener una habitación propia, ya no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles.” Ha sido necesario que una mujer como ella, nos abriera los ojos apenas en el cercano siglo XX sobre lo poco natural que es el sometimiento que hemos sufrido a manos de padres, esposos, profesores, clérigos, y cualquier rol que juegue un hombre (y quizá hasta de nuestra propia madre) con los patrones machistas de dominación heredados desde la antigüedad.

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