Dios no es imparcial

La parábola de Jesús refleja una situación bastante habitual en la Galilea de su tiempo. Un juez corrupto desprecia arrogante a una pobre viuda que pide justicia. El caso de la mujer parece desesperado, pues no tiene a ningún varón que la defienda. Ella, sin embargo, lejos de resignarse, sigue gritando sus derechos. Solo al final, molesto por tanta insistencia, el juez termina por escucharla.
San Lucas presenta el relato como una exhortación a orar sin «desanimarnos», pero la parábola encierra un mensaje previo, muy querido por Jesús. Este juez es la «antimetáfora» de Dios, cuya justicia consiste precisamente en escuchar a los pobres más vulnerables.
El símbolo de la justicia en el mundo grecorromano era una mujer que, con los ojos vendados, imparte un veredicto supuestamente «imparcial». Según Jesús, Dios no es este tipo de juez imparcial. No tiene los ojos vendados. Conoce muy bien las injusticias que se cometen con los débiles y su misericordia le hace inclinarse a favor de ellos.
Está «parcialidad» de la justicia de Dios hacia los débiles es un escándalo para nuestros oídos burgueses, pero conviene recordarla, pues en la sociedad moderna funciona otra «parcialidad» de signo contrario: la justicia favorece más al poderoso que al débil. ¿Cómo no va a estar Dios de parte de los que no pueden defenderse? Nos creemos progresistas defendiendo teóricamente que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos», pero todos sabemos que es falso. Para disfrutar de derechos reales y efectivos es más importante nacer en un país poderoso y rico que ser persona en un país pobre.
Las democracias modernas se preocupan de los pobres, pero el centro de su atención no es el indefenso, sino el ciudadano en general. En la Iglesia se hacen esfuerzos por aliviar la suerte de los indigentes, pero el centro de nuestras preocupaciones no es el sufrimiento de los últimos, sino la vida moral y religiosa de los cristianos. Es bueno que Jesús nos recuerde que son los seres más desvalidos quienes ocupan el corazón de Dios.
Sin duda son muchos los factores que han provocado la devaluación de la oración en nuestra sociedad. No es algo casual que hayamos ido perdiendo capacidad de invocar a Dios y de dialogar sinceramente con quien es la fuente de nuestro ser.
En una sociedad donde se acepta como criterio casi único de valoración la eficacia, el rendimiento y la producción, no es extraño que surja la pregunta por la utilidad y la eficacia de la oración. ¿Para qué sirve rezar? Esta es casi nuestra única pregunta.
Se diría que entendemos la oración como un medio más, un instrumento para lograr unos objetivos determinados. Lo importante para nosotros es la acción, el esfuerzo, el trabajo, la eficacia, los resultados. Y, naturalmente, orar cuando tenemos tanto que hacer nos parece «perder el tiempo». La oración pertenece al mundo de «lo inútil».
Esta sensación nos puede ayudar a descubrir el verdadero sentido de la oración cristiana. De alguna manera es cierto que la oración es «algo inútil» y no sirve para lograr tantas cosas por las que nos esforzamos día tras día.
Como es «inútil» el gozo de la amistad, la ternura de unos esposos, el enamoramiento sano de unos jóvenes, la sonrisa de los hijos, el desahogo con la persona de confianza, el descanso en la intimidad del hogar, el disfrute de una fiesta, la paz del atardecer… ¿Cómo medir la «eficacia» de todo esto que constituye, sin embargo, el aliento que sostiene nuestro vivir?
Sería una equivocación pensar que nuestra oración solo es eficaz cuando conseguimos lo que hemos pedido a Dios. La oración cristiana es «eficaz» porque nos hace vivir con fe y confianza en el Padre y en actitud solidaria con los hermanos.
La oración es «eficaz» porque nos hace más creyentes y más humanos. Nos abre los oídos del corazón para escuchar con más sinceridad a Dios. Va limpiando nuestros criterios y nuestra conducta de aquello que nos impide ser hermanos. Alienta nuestro vivir diario, reanima nuestra esperanza, fortalece nuestra debilidad, alivia nuestro cansancio.
El que aprende a dialogar con Dios y a invocarlo «sin desanimarse», como nos dice Jesús, va descubriendo dónde está la verdadera eficacia de la oración y para qué sirve rezar. Sencillamente para vivir.
Una de las experiencias más desalentadoras para el creyente es comprobar, una y otra vez, que Dios no escucha nuestras súplicas. A Dios no parece conmoverle nuestro sufrimiento. No es extraño que esta sensación de indiferencia y abandono por parte de Dios lleve a más de uno al desengaño, la irritación o la incredulidad.
Hemos orado a Dios, y no nos ha respondido. Le hemos gritado, y ha permanecido mudo. Le hemos rezado, y no ha servido de nada. Nadie ha venido a secar nuestras lágrimas y aliviar nuestra pena. ¿Cómo vamos a creer que es el Dios de la justicia y el Padre de las misericordias? ¿Cómo vamos a creer que existe y cuida de nosotros?
Desde el comienzo del mundo hay sufrimientos que aguardan una respuesta. ¿Por qué mueren millones de niños sin conocer la alegría? ¿Por qué quedan desatendidos los gritos de los inocentes muertos injustamente? ¿Por qué no acude nadie en defensa de tantas mujeres humilladas? ¿Por qué hay en el mundo tanta estupidez, brutalidad e indignidad?
Naturalmente es Dios el acusado. Y Dios calla. Calla por siglos y milenios. Pueden seguir las acusaciones y las protestas. Dios no sale de su silencio. De él solo nos llegan las palabras de Jesús: «No temas. Solo ten fe». Estas palabras son muchas veces el único apoyo del creyente, y pueden generar en él una confianza última en Dios, aunque apenas veamos huellas de su sabiduría, su justicia o su bondad en el mundo.
¿Ya he entendido yo alguna vez quién es Dios y quiénes somos nosotros? ¿Cómo pretendo juzgar a Dios, si no puedo abarcarlo ni comprenderlo? ¿Cómo quiero tener yo la última palabra, si no sé dónde termina la vida ni conozco la salvación última de Dios? ¿Qué significan en definitiva estos sufrimientos de los que pido a Dios que me libere? ¿Dónde está el verdadero mal y dónde la verdadera vida?
Jesús murió experimentando el abandono de Dios, pero confiando su vida al Padre. Nunca hemos de olvidar sus dos gritos: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», y «Padre, en tus manos dejo mi espíritu».