El futuro le pinta bien

Paco Montes
El Mundo de Córdoba

Angélica Bravo de la Luz es una triunfadora de vida y a ella le sonríe agradecida, por haber vencido al cáncer. Comparte su historia, experiencia y plantea que una buena actitud es adecuada para salir adelante.
“Todo empezó cuando comencé a sentirme mal, con mucho cansancio, lo único que hacía era descansar y masajearme la espalda, que era donde sentía la molestia. Pasó el tiempo, no se quitaba y empezamos a visitar a los doctores, hasta que finalmente llegamos a lo que es la mastografía, ahí me detectaron una bolita rara en mi seno derecho y me mandaron a hacer un ultrasonido, ahí fue cuando me detectaron que tenía cáncer de mama”, cuenta Angie, como la conocen sus seres más cercanos.
En sus palabras hay una mezcla entre amabilidad y franqueza. No planea maquillar sus memorias, el proceso fue terrible. Acepta que hoy puede compartirlo pero si se le hubiese contactado anteriormente no hubiera estado dispuesta a contarlo, reitera que fueron momentos malos, muy malos. Esa es su verdad.

Primer quimioterapia
“Al decir que era cáncer me sentí muerta, luego luego lo relacionamos a la muerte”, afirma Angie al recordar el momento en que el médico le dio el diagnóstico. Ese instante que nadie quiere escuchar pero que es necesario ocurrió en el Hospital número 8 del IMSS, en Córdoba, donde ella llevó y ha llevado el tratamiento.
Al estudio del ultrasonido siguió una biopsia, con la que se corroboró el diagnóstico: cáncer de mama. Quince días después fue sometida a una cirugía para extirpar el tumor, que también le arrebató parte de su seno.
El doctor le indicó que le tendrían que hacer otros estudios para saber a cuántas quimioterapias tenía que ser sometida. Fueron cuatro “quimios” cada 28 días, y 25 radioterapias de forma diaria. No sabía que el sufrimiento sería aún mayor.
“Devastador, me lastimó mucho la primera quimioterapia, era algo nuevo para mí y sí me fue muy mal, tan mal que yo llegué al grado de estar en cama, usaba pañal, estaba como un vegetal, perdiendo la vista, no tenía movimiento de mi cuerpo, era mucho dolor, y tristeza porque ya no podía hacer nada por mi misma, estaba en cama, postrada y lo que mi familia hacia por mí era lo que yo recibía, gracias a Dios recibí mucho apoyo de mi familia, pero fue muy doloroso”, relata.

Segunda quimioterapia
Cada quimioterapia era distinta, pero todas lastimaban. Con la segunda tocó fondo, pensó que no valía la pena tanto dolor, ¡de verdad era tanto!
“Yo ya no quería continuar el tratamiento, ya quería renunciar. Le dije a mi esposo que ya no iba a continuar, que me sentía muy mal, él me dijo que primero que nada había que decirle a mis hijos, luego a mi mamá, y luego con el oncólogo para darle las gracias. En mis hijos sí noté algo de decepción, mi madre me dijo con tristeza que ”era mi cuerpo y yo sabía lo que hacía“. Cuando fuimos con el oncólogo a decirle que ya no iba a continuar con el tratamiento, me llamó la atención, me dijo que muchas personas no tienen el servicio, la atención oportuna, ni los medicamentos que yo tenía, que ¿cómo era posible que yo rechazará algo que a mí se me había facilitado? Fue cuando recapacité, ya iba a la mitad del camino”, recuerda.

Tercera y cuarta
Cada gota de quimioterapia que entraba a su cuerpo representaba un inmenso dolor, pero siguió, y siguió. La cuarta quimioterapia volvió a hacerla tocar fondo, esta vez, parecía que la muerte estaba cerca, pues tuvo que ser ingresada al hospital, los médicos la desahuciaron. Pasó 20 días internada, con diagnóstico delicado, cada día sus plaquetas iban a la baja así que requería de 3 a 4 donadores de sangre, “estaba yo como un vegetal, ya ni siquiera podía ver, mi brazo derecho ya se me había quedado inmóvil. Era mucha la tristeza, ver sufrir a mi familia me hacía sentir muy mal”, platica.
“Yo sólo pedía descansar y que mi familia descansara, pero por fortuna aquí estoy. Después de las ‘quimios’ que fueron terribles, vinieron las radiaciones, fueron 25 radiaciones, una diaria, otro tormento porque me quemó mucho mi piel, fueron quemaduras espantosas, pero también salí adelante de eso”.

¡Sí!, sí hay vida
“Yo en un principio no quería aceptar las ”quimios“ pero era lo indicado y aquí estoy gracias a eso”, agradece Angie. Los gritos de felicidad de los niños que corren, se empujan, se abrazan y suben a las resbaladillas nos traen de nuevo a la realidad, a la vida de hoy: octubre de 2019.
“Ya que pasé todo eso, al doctor siempre le estuve agradecida, fue una bendición más en mi vida porque acertó. Fue el doctor Díaz, que está en el Seguro Social de Córdoba”, indica.
Las quimioterapias y las radioterapias la cambiaron físicamente de forma drástica. Angie dice recordar que parecía un esqueleto, no tenía cabello, ni uñas, los dientes se le habían aflojado, además, hasta hoy en día, asegura que padece de vértigo. Los gritos nos vuelven a traer al presente: hoy sus uñas crecieron, al igual que el cabello y sus cejas, tiene mucha más vida que en cualquier momento de sus años anteriores. Es cuando toma sentido la frase “volvió a nacer”.
Actualmente trata de llevar una vida sana, pues a cinco años aún sigue en tratamiento con medicamentos, y en diciembre acudirá al hospital del IMSS en Córdoba en busca de su prealta, un gran paso para su vida.
Los desvelos quedaron atrás, su alimentación ahora también es muy cuidada. Cuenta que los medicamentos que tomaba le afectaron el hígado pero con la ayuda de sus médicos la situación mejoró. La natación la ha ayudado a tener una mejor calidad de vida y ya puede comer de todo, aunque nada en exceso.
“Cada día que amanezco doy gracias a Dios, es una oportunidad más, pues sí valora uno a la familia, como que a veces hace falta un jaloncito para ver la verdadera riqueza que uno tiene, como mis hijos, como mi madre, mis hermanos. Vi a toda la familia unida en una tristeza, trato de que estemos bien todos, trato de ayudarlos, ellos me ayudan, cada día lo veo como una nueva oportunidad; admiro más las cosas, me gustan más las cosas sencillas, sé que el dinero va y viene ; ya no es tan primordial, me alegra más ver a mis nietos, a mis hijos, desayunar juntos comer juntos; ya no nos reunimos tanto por las distancias y ahora es lo que más valoro”.