Bailando en la oscuridad

Talavera Serdán

FUI UN AFORTUNADO al conseguir boletos para una presentación popular del Ballet Nacional de Cuba en el Auditorio Nacional de la capital mexicana, bailando su estrella Alicia Alonso. Ni idea tuve entonces que presenciaría casi un milagro.
Eran los 70s, no recuerdo bien la fecha. Iba con un grupo pequeño de bailarines de Amalia Hernández y otro de folkloristas, y a decir verdad nos guiaba, aparte de ver a una celebridad mundial en su apogeo, el hecho innegable y -ahora lo entiendo-mórbido de saber que la estrella máxima del corps du ballet era la propia fundadora-directora, quien aparte de su técnica asombrosa y bailar su famosísima “Giselle”, lo hacía en estado prácticamente de ceguera.
El romántico ballet francés que ha tenido versiones de coreógrafos tan connotados como Marius Petipá, Michel Folkine para Les Ballets Russes del legendario Diáguilev, y el primero de Carlotta Grisi, Lucien Peripa y Adele Dummilátre, que data de 1841. Con todo, la Alonso, la equivalente a dame Margot Fonteyn en Gran Bretaña, la Pavlova en la Unión Soviética o a Nelly Campobello en México, adapta la obra para sí misma creando un versión nueva que le ajusta como guante.
Debe saber que La Alonso es una de las figuras más veneradas en Cuba, donde su talento e influencia -que le dan estatus prácticamente de una rock-star-contribuye a la creación oficial del Ballet Nacional, y a quien hacen directora permanente.
Pues la presentación de esa noche en el Auditorio, que estaba a capacidad (10 mil espectadores), inicia en oscuro, dado que la protagonista aparece hasta 15 ó 20 mins en la obra; de repente, empiezan a encenderse algunas luminarias cenitales, que desde las gradas donde estamos luce como un camino de luces de colores diversos. La aparición de madame Alonso es una de las entradas al escenario más espectaculares que recuerde. Y por la forma de desplazarse en escena, con esa fluidez etérea, grácil, varios de nosotros (yo era el único no bailarín en el grupo espectador), creímos que la habían remplazado.
Hasta que no hubo forma de dudar, y mis amigos lo confirman. El ballet se ofreció completo, y al final sólo dos luminarias brillaban: la señora Alonso, desde luego, en un tributo de pie por lo que pareció una justa eternidad, y la luz cenital exactamente encima de ella.
Entonces acabamos de entender que esos curiosos y llamativos “caminitos” luminosos eran su guía. Alonso perdió desde los 19 años la visión periferal de sus ojos, y uno de ellos acabó vencido por una enfermedad. El triunfo mayor de esta mujer ya en sus primeros 50s fue haber creado una coreografía donde sus partenaires debían saber en qué sitio justo colocarse, y los pasos de Giselle debían ser muy precisos, y sus luces-guía intensas, coloridas y danzando al compás de ella para que la ilusión fuera perfecta.
De no haber sabido previamente de su enfermedad, jamás habríamos creído de su impedimento físico. Presenciamos una interpretación virtualmente milagrosa.
Usando la influencia de uno de mis amigos, tuvimos acceso a camerinos. Ella, tras esos minutos de ovación gloriosos, se había retirado; pero saludando, felicitando y oteando, pudimos observar las condiciones lamentables del vestuario, especialmente las zapatillas, con parches y rellenos que no soportarían otros.
Fue un espectáculo memorable, grandioso, el que nos dio la mujer que recibió homenajes en todo el mundo, y que fue siempre una referencia del género cuando de ballet se hablaba, pero también desprecié a Fidel Castro por las condiciones en que enviaba a ese personaje celestial que lo representaba tan dignamente (tras esa noche hubo algunas defecciones de artistas jóvenes que pidieron asilo a México).
Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo(La Habana, Cuba, diciembre 21, 1920/octubre 17, 2019) fallece a dos meses de cumplir 99.
Nada se llevará el placer inmenso, la emoción de haber presenciado el milagro de La Alonso, que iluminó por cerca de dos horas el escenario del Auditorio… bailando en la oscuridad.