Agradecer

René Cesa Cantón

La gratitud es un sentimiento profundamente arraigado en el ser humano. Desde pequeños nos enseñan a dar gracias, pues el agradecimiento es la actitud más noble ante lo que vamos recibiendo en la vida. Pocas cosas hay más humillantes que decirle a alguien: “Eres un desagradecido”.
Sin embargo, son muchos los creyentes que no saben vivir de manera agradecida. Se acuerdan de Dios para expresarle sus quejas o pedir su auxilio en momentos de necesidad. Nunca nace en ellos el agradecimiento o la alabanza por lo bueno que hay en sus vidas.
Para agradecer, lo primero es captar lo positivo de la vida. No dejar de asombrarnos ante tanto bien: el sol de cada mañana, el misterio de nuestro cuerpo, el despertar de cada día, la amistad de las personas, la alegría del encuentro, el placer, el descanso reparador, la música, el deporte, la naturaleza, la fe, el hogar. No se trata exactamente de vivir con espíritu observador, sino de estar atentos para acoger lo bueno, lo hermoso, lo positivo de la vida, en nosotros o en los demás.
Es necesario luego percibir todo eso como don que proviene de Dios, fuente y origen último de todo bien. La vida se convierte entonces casi espontáneamente en alabanza. A pesar de los sinsabores, fracasos y pecados, la existencia es regalo que hemos de acoger cada día en actitud de alabanza.
El agradecimiento pide además reaccionar con gozo y expresar la alegría de vivir recibiéndolo todo de Dios. La alegría está hoy bastante desacreditada. Muchos la ven como la virtud ingenua de quienes todavía no han escarmentado ante la dureza de la vida. Y, sin embargo, puede ser la reacción de quien vive desde la raíz de la existencia. Recordemos las palabras del pensador danés Søren Kierkegaard: “Todo el que de verdad quiere tener relación con Dios y frecuentarlo no tiene más que una sola tarea: la de estar siempre alegre”.
La alabanza a Dios es manifestación de vida sana y acertada. Quien no es capaz de alabar tiene todavía en su interior algo enfermo. Los diez leprosos quedan curados de la terrible enfermedad, pero solo uno vuelve “glorificando a Dios”, y solo él escucha las palabras de Jesús: “Tu fe te ha salvado”. Todos han sido curados físicamente, pero solo él queda sanado de raíz.
Uno de los mayores pecados de los cristianos es la falta de alabanza y de acción de gracias. El célebre moralista Bernhard Häring dice así: “La Iglesia será cada vez más una Iglesia curadora cuando sea una Iglesia más glorificadora y eucarística. Es el camino de la salvación: siempre y en toda ocasión es digno y justo dar gracias a Dios y alabarle”.
Hay quienes caminan por la vida con aire triste y amargado. Su mirada se fija siempre en lo desalentador. No tienen ojos para ver que, a pesar de todo, lo bueno abunda más que lo malo. No saben apreciar tantos gestos nobles, hermosos y admirables que suceden todos los días en cualquier parte del mundo. Tal vez lo ven todo oscuro porque proyectan sobre las cosas su propia oscuridad.
Otros viven siempre en actitud crítica. Se pasan la vida observando lo negativo que hay a su alrededor. Nada escapa a su juicio. Se consideran personas lúcidas, perspicaces y objetivas. Sin embargo nunca alaban, admiran o agradecen. Lo suyo es destacar el mal y condenar.
Otros hacen el recorrido de la vida indiferentes a todo. Solo tienen ojos para lo que sirve a sus propios intereses. No se dejan sorprender por nada gratuito, no se dejan querer ni bendecir por nadie. Encerrados en su mundo, bastante tienen con defender su pequeño bienestar cada vez más triste y egoísta. De su corazón no brota nunca el agradecimiento.
Muchos viven de manera monótona y aburrida. Su vida es pura repetición: el mismo horario, el mismo trabajo, las mismas personas, la misma conversación. Nunca descubren un paisaje nuevo en sus vidas. Nunca estrenan día nuevo. Nunca les sucede algo diferente que renueve su espíritu. No saben amar de manera nueva a las personas. Su corazón no conoce la alabanza.
Para vivir de manera agradecida es necesario reconocer la vida como buena; mirar el mundo con amor y simpatía; limpiar la mirada cargada de negativismo, pesimismo o indiferencia para apreciar lo que hay de bueno, hermoso y admirable en las personas y en las cosas. Cuando san Pablo dice que “hemos sido creados para alabar la gloria de Dios”, está diciendo cuál es el sentido y la razón más profunda de nuestra existencia. En el episodio narrado por Lucas, Jesús se extraña de que solo uno de los leprosos vuelva “dando gracias” y “alabando a Dios”. Es el único que ha sabido sorprenderse por la curación y reconocerse agraciado.

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