Veracruz: la izquierda incomprensible

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Agustín García Márquez

Un día cualquiera, en octubre de 2018, los militantes del morenismo veracruzano estaban en la lucha, impiden el acceso al Congreso local para evitar la imposición de unos jueces a modo del yunismo azul. En medio de la discusión, quien sería nombrado secretario de gobierno cita a Mahatma Gandhi: “cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecerla”.
Pasado el escándalo, un año después el nuevo gobernador sigue luchando pero no puede acordar con los diputados, ni siquiera porque su partido cuenta con la mayoría en el Congreso, y a Veracruz todavía le hacen falta 13 magistrados en el Tribunal Superior de Justicia.
En esas condiciones el Gobernador recientemente le confesó a un grupo de abogados en Coatzacoalcos que estaba “atado de manos”, ante la presión de las dirigencias de los partidos políticos que desean imponer a sus militantes.
Desde que el futuro encargado de la gobernabilidad interna legitimara la desobediencia a las leyes, hasta ahora que el mismo Gobernador se dice víctima de la ambición de las dirigencias de los partidos políticos, los ciudadanos veracruzanos no han dejado de asombrarse, mientras que la conducta de las actuales autoridades estatales izquierdistas ha llevado a la crisis constitucional que vive el Estado.
El llamado “fenómeno cultural de la militancia de izquierda” puede desconcertar a los ciudadanos, pero es un tema que ha sido ampliamente estudiado y debatido en América Latina, en otros países donde los movimientos de izquierda han logrado llegar al poder.
Por ejemplo, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales sostiene a un grupo de trabajo con el proyecto de investigación “Violencia y política. Un análisis cultural de las militancias de izquierda en América Latina”, que ha estudiado a los militantes de la izquierda política, activistas sociales y los intelectuales comprometidos en Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, Bolivia, Perú y Uruguay.
Entre otros resultados, ha encontrado que es difícil definir el concepto de izquierda en la política. Existen muchas posiciones, incluso contradictorias, y por lo tanto maneras de entender las posiciones de izquierda, además de que siempre es influida por su contrario, la derecha política, y en esa lucha la izquierda se redefine constantemente. No es de forma alguna una tarea sencilla.
La indefinición es también parte de una constante crisis de identidad. Es fácil llamarse de izquierda, pero es bastante complicado explicarlo, por ello una propuesta provisional es considerar que el individuo de izquierda es quien se opone a las injusticias.
En cada país se ha formado un conjunto de ideas, percepciones y conductas, que forman el patrimonio cultural de la izquierda, que por sus características los separa del resto de la población que no ha sido iniciada en su pensamiento. Un tema, entre muchos, es el de la violencia.
Igor Goicovic, miembro del grupo de trabajo del CLACSO, explica que “el problema de la violencia política puede aparecer fuertemente anatemizado, o en subsidio, reconvertido en hagiografía de la épica revolucionaria”; en otras palabras, para muchos la violencia puede ser reprobable en el ámbito político, o también la violencia criminal, pero en el pensamiento de izquierda la violencia es vista como un comportamiento aceptable, heroico inclusive, cuando se lucha contra la injusticia y las personas, grupos o instituciones que son injustas.
El desarrollo de una cultura militante de izquierda desde la oposición a los poderes establecidos, injustos y represivos, también se incluye como bagaje cultural cuando la opción política izquierdista llega al poder. Entonces se asume que la cultura debe cambiar ante la obviedad de que ahora la izquierda dirige el gobierno, cambio necesario para que no sea injusto y represivo, pero ocurre que la cultura de izquierda se resiste a cambiar; forjada en la lucha, sigue creando regañando al enemigo, como molinos de viento, y ahí encontramos el enojo presidencial contra los fifís, conservadores, “nuestros opositores”, el yunismo azul, y todo aquello que tenga otra opinión distinta.
En tanto opositores tuvieron que recurrir a la violencia para enfrentar al injusto gobierno y ahora convencidos de que la violencia es legítima, no tienen claro qué hacer cuando de la violencia criminal se trata, y menos aun cuando es promovida por grupos izquierdistas.
Las expresiones feministas y anarquistas en la Ciudad de México y la negativa del gobierno citadino son ejemplos de la paradoja: durante años todo movimiento social que recurriera a la violencia era legítimo, y los gobiernos que enfrentaron la violencia popular eran represivos; ahora otros movimientos sociales, fuera del ámbito político, enfrentan al gobierno de la ciudad, que no puede utilizar la violencia institucional porque no es represivo.
Atrapada en su laberinto cultural, la izquierda carece de identidad: no sabe cómo debería ser el gobierno constitucional. Ahí está el problema; no hay ni cómo ayudarlos.

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