¿Viva México? La arrogancia de ser libres

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Después de la Revolución Mexicana, el grupo que logró sobrevivir a la guerra decidió reorganizar el sistema de corrupción que había creado Porfirio Díaz. Hicieron un partido político dentro de cual podían repartirse el poder y los dineros públicos, sin usar las armas. De esa manera pudieron cambiar al presidente de la república cada cierto tiempo, sin violencia, lo que no pudieron hacer los porfiristas.
El arreglo se pudo sostener unos cincuenta años, hasta que en 1968 empezó a fallar. Era necesario incorporar a otros grupos que no tenían raíces en la Revolución Mexicana, curiosamente creados a partir del crecimiento económico, especialmente la clase media y los pequeños y medianos empresarios, jóvenes profesionistas y en las zonas rurales aquellos que no obtenían tierras ejidales por el fin del reparto agrario.
El sistema político debió abrirse para permitir cierto grado de oposición, legalizar partidos políticos clandestinos, reconocer el triunfo electoral en algún municipio, conceder diputados de representación proporcional, aceptar algunos funcionarios, tolerar movimientos sociales, etcétera.
En algún momento el nuevo arreglo ya no fue suficiente, y en las controvertidas elecciones de 1988, el Frente Democrático Nacional seguramente ganó las elecciones, pero el entonces secretario de Gobernación y presidente de la Comisión Federal Electoral anunció la caída del sistema y se impuso un presidente priista.
Desde entonces la oposición se orientó a construir organismos autónomos, separados del poder presidencial, como el Instituto Federal Electoral, la Comisión Nacional de Derechos Humanos y el Banco de México. Los últimos avances fueron la creación del Instituto Federal de Acceso a la Información, la Auditoria Superior de la Federación y la Fiscalía General de la República y las fiscalías autónomas en los estados de la federación. También fue muy importante que muchas tareas de gobierno se realizaran a través de organizaciones civiles, con financiamiento público.
Sin estos avances hubiera sido imposible la derrota del sistema político en las últimas elecciones presidenciales. La nueva corriente política dominante, el obradorismo y su corriente popular, el morenismo, ahora están embarcados en lo que llaman la Cuarta transformación, pero que en realidad es una regresión al periodo previo a 1968, al de la presidencia imperial.
Por ejemplo, entre otros muchos factores, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación perdió el control de la nómina y del escalafón magisterial, lo que dejó al partido oficial sin su más eficiente máquina electoral. El organismo que contribuyó decisivamente a esta tarea fue el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, institución autónoma sustituida ahora por un grupo demasiado afín al morenismo.
En realidad están desmontando todo el aparato gubernamental que debilitó la institución presidencial y permitiría eventualmente que si un gobierno federal no funciona correctamente, entonces también pueda ser sustituido por otro grupo político. En la práctica, el obradorismo llegó a la presidencia de la república por un camino que ahora están cerrando apresuradamente para evitar que otros grupos políticos también lleguen, o regresen.
Su problema obstáculo para ese objetivo es el andamiaje jurídico. Las instituciones autónomas, el federalismo, el municipalismo, las organizaciones de la sociedad civil y los movimientos populares, construyeron instituciones, leyes y programas de políticas públicas para sostenerse con el financiamiento oficial; cerrarles el presupuesto federal, con el pretexto de la austeridad y de que combaten a la corrupción fue el primer paso.
La destrucción de toda demostración de independencia ante el presidente de la república está en marcha, pero se encubre con el discurso de la corrección política. Quizás el ejemplo más claro en ese sentido sea el del Banco de México, cuando señaló que la economía nacional se estancaba a mediados de agosto pasado, y alentaba al gobierno federal para cumplir las metas fiscales, atacar la corrupción y la inseguridad; nada extraordinario, sin embargo, el presidente en su correspondiente conferencia matutina les contestó a los funcionarios del BANXICO que “hasta opinan más de la cuenta, hasta se quieren meter en el manejo de la política económica que nos corresponde a nosotros”, y añadió, en la corrección política con la velada amenaza de rutina: “es mejor que usen a plenitud las libertades, su autonomía, que tengan la arrogancia de sentirse libres, a que vayan a decir que nosotros nos estamos metiendo”.
La autonomía frente al presidente fue un logro de la sociedad mexicana que costó muchas vidas después de 1968, pero ahora se le descalifica como un acto de arrogancia. La Cuarta transformación se perfila como la primera regresión al pasado siglo XX. ¿Viva México?