Los payasos de Fellini

Tomás Setién Fernández y Natalia Setién Aguilar
Que tire al vacío el algodón de azúcar, o el boleto de la primera irrupción a un circo de siquiera una pista, aquel que tenga el alma sombría y desprovista de las carcajadas fabricadas por Los Payasos; o el temor de ver a un indómito domador acariciando tigres y leones, ante lo cual uno de los que han sido y siguen siendo mejores directores de cine hasta que el planeta explote: Federico Fellini, realizó una de sus obras cumbres en el año de 1971 con la realización del filme Los Payasos (I Clown) en una extraña, risible y llena de nostalgia función, en donde la carcajada se une a las lágrimas por la muerte de un payaso, que sirve para elaborar las cuentas sobre un rosario gigantesco, de lo que significó el circo no solo para Fellini, siendo un niño asistiendo a su espectáculo favorito, acompañado de su globo rojo, y de su manjar predilecto, la propia risa, a lo largo de la historia de los espectáculos más grandes del mundo o siquiera los mas pequeños.
La muerte muy a la manera como la vislumbramos los mexicanos, en los días sacros y festivos del primero y dos de noviembre, aparece en cada acto en donde se lleva al cabo el sepelio de un payaso, para nada de mirada torva, y de manos infernales repletas de sangre, sino como el exponente de un espectáculo que poco a poco moría dentro de sus cánones que le dieron vida casi eterna.
Fellini se transforma, aparte de su notable nostalgia circense, en un elemento visionario, anunciando la muerte no solo de un clown querido y amado por todos, sino que adelanta la casi ruina total y muerte de los circos que ya siquiera en nuestro país pululan casi de vez en cuando, sosteniéndose de puro milagro, sobre todo por el trabajo y efecto de los payasos, que serán los que terminarán por cerrar las puertas de los mejores circos del mundo.
Tocando el neorrealismo italiano Don Federico, se hace acompañar de lo más granado del mundo de los payasos en la vida real, actuando en su filme nada menos que nueve clowns a la gran altura de la cinta, encabezados con su martillo de goma por Ricardo Bill.
Terminando todo por ser la mejor actuación de los payasos en el séptimo arte, sin tener necesidad de hacer brotar una sola gota de sangre, y si millones de carcajadas, el circo se moría pero no llorando,, sino tan solo riendo.
Ya lo dijo el poeta Juan de Dios Peza: “se puede reír, llorando”.

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