Los baños públicos

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Algunas costumbres se van dejando atrás como resultado de la modernidad, del avance tecnológico y del neoliberalismo (ese monstruo que se alimenta con nuestro dinero y nuestra energía). Pienso en cuando se asistía a los baños públicos, un concepto instalado desde antes de Cristo por los romanos. “Balnea termas”llamaban los romanos a los edificios que albergaban sus baños públicos. Fueron los primeros intentos de proporcionar baños comunales a gran escala, pero lo cierto es que cuando el emperador Agripa diseñó y creó las primeras grandes termas en el año 25 a.C., los ciudadanos romanos ya llevaban más de 200 años disfrutando de pequeños balnearios los cuales estaban diseñados principalmente para el disfrute vecinal; había muchos y podía encontrarse uno cada pocas casas.
En el siglo pasado, en nuestra sociedad podía accederse a los baños públicos a un costo tal que los ponía al alcance de la población de menos recursos.
Cumplían varias funciones:
Proporcionar un sitio para tomar un baño confortable a quienes carecen de uno en su propio domicilio o aquellos que acuden simplemente por el placer de la atmósfera de estos pequeños compartimentos muy bien caldeados.
Surtir una atmósfera de vapor durante el acto de bañarse, cosa que es aún más difícil de poseer de manera privada.
Proveer la mayoría de las veces, de un masajista experto que complementaba el placer inigualable del agua corriendo por el cuerpo.
Los baños públicos no sobrevivieron debido, posiblemente, al encarecimiento de los insumos sobre todo del combustible para la caldera que es necesaria para su funcionamiento. Otra causa quizá también sea la aparición de clubes de natación (sabemos que hoy en día existe una carrera contra el envejecimiento y que la gente ha aumentado sensiblemente las horas que le dedica al ejercicio). Por otro lado, algo ha de haber tenido que ver la proliferación de los establecimientos denominados SPA cuyas siglas en italiano significan: “salute per l´acqua” o salud por el agua aunque hay quienes le atribuyen el nombre a un lugar de Bélgica llamado Spa donde existían unas termas minerales. Desde la Edad Media este lugar era conocido por toda Europa por sus poderes curativos y la palabra spa, como sucede en otros casos, pasó a significar cualquier lugar medicinal o con termas minerales.
Hoy en día los spa se instalan en las urbes y carecen, la gran mayoría, de nacimientos de agua y mucho menos cuentan con aguas medicinales o curativas. Estos sitios tampoco cumplen las funciones de los baños públicos de antaño, son lugares principalmente para recibir masajes corporales, pedicura, manicura, mascarillas, tratamientos faciales y corporales. Sin embargo, los precios que manejan los pone fuera del acceso de la población promedio. En la sala de belleza más modesta, si te ponen una toalla húmeda en la cabeza o en los pies, ya lo anuncian como spa y le suben el precio.
En detrimento de nuestro placer, los baños públicos han casi desaparecido de nuestra geografía.
Los Baños Rosas ocuparon un lugar muy especial en las preferencias del público orizabeño quienes gustaban de ir a “darse un vaporazo” después de una semana de arduo trabajo o de una noche de parranda. Con un vaporazo se sacaban las toxinas y salían rozagantes, dispuestos a reponer los líquidos perdidos con una “chela” bien fría.
Por mi barrio existieron también los Baños El Triunfo y una que otra vez mi madre nos dejó ir a un temazcal que ahí estaba instalado y de cuyo interior aún me alcanza el olor de las plantas curativas con sus humos y mágicos aromas. Quizá en ese sitio, que visité unas tres veces entre los seis y siete años, es donde se me pegó la claustrofobia que padezco la cual me impide entrar en lugares estrechos. Mis peores pesadillas las recuerdo atravesando un agujero donde apenas cabe mi cuerpo para salir a un lugar amplio donde se respira la libertad, sin embargo, en el temazcal de El Triunfo, después del túnel estrecho no se alcanzaba la libertad sino un sitio de dimensiones tan estrechas que las mujeres adultas debían permanecían encorvadas o sentadas en el suelo, a la orilla de una especie de abrevaderos adosados a la pared llenos del agua caliente que se iba escurriendo por las paredes y convertía aquella cueva en una oquedad resbalosa. El aroma del albahaca, la limonaria, la ruda, el romero, completaban aquel sopor que el agua, con su saber milenario, proporciona.
Los baños públicos, un negocio cuya sana administración rebasó a sus dueños, son una lamentable pérdida para la sociedad.

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