La maravillosa historia de…

Adelbert Chamisso, escritor y botánico francés, durante la Revolución Francesa ha tenido que huir de Francia y refugiarse en Alemania. Un día recibe de un desconocido un cuaderno con un relato dirigido a él, escrito por un tal Peter Schlemihl, (al que Chamisso conoció hace tiempo) y quien dice que tiene que contarle una historia maravillosa, su propia historia…
Peter, dice el relato, llegó hace un tiempo a Hamburgo, a casa de un hombre rico, Thomas John, a quien le lleva una carta de su hermano con la recomendación de que le consiga un empleo. Thomas no le responde nada pero lo invita a participar en una fiesta privada. Allí suceden cosas insólitas: aparece un extraño personaje vestido de gris, “un hombre alto, más bien viejo, delgado y seco, siempre callado”, que mágicamente extrae de sus bolsas las cosas más increíbles: un emplasto, un catalejo, una alfombra turca, una tienda de campaña y tres caballos: todo lo que en ese momento necesita el rico hombre.
A nadie sorprende lo que hace el hombre de gris, excepto a Peter que se siente al mismo tiempo atraído y temeroso. Pero el hombre de gris, con todo comedimiento, sencillez y humildad, se le acerca y le hace una sorprendente oferta: que le ceda su sombra: “solo le suplico que me dé permiso para recoger aquí mismo, en el acto, su sombra del suelo y guardármela. Cómo hacerlo, es asunto mío. A cambio, como prueba de reconocimiento al señor, le dejo escoger entre todos estos tesoros que llevo en el bolsillo: la auténtica mandrágora, la hierba de Glauco, los cinco céntimos del judío, la moneda robada, el tapete de Rolando, un genio embotellado… al precio que quiera. Pero ya veo que no le interesa. Mejor el sombrerito de los deseos de Fortunato, nuevo y fuerte, recién restaurado. También una bolsa de la suerte, como la que él tuvo”. Peter, sin dudarlo, respondió al acto: “¡La bolsa de Fortunato!”, y el enigmático hombre de gris “me estrechó la mano. Inmediatamente se arrodilló delante de mí y le vi cómo despegaba suavemente del suelo mi sombra, de los pies a la cabeza, con una habilidad admirable, cómo la levantó, la enrolló, la dobló y finalmente se la guardó. Se puso de pie, me hizo una vez más una inclinación y se volvió a sus rosales…”.
Feliz con la bolsa, Peter extrae sin parar, más y más monedas de oro. Se ha vuelto rico, puede tener lo que quiera, el oro le da todo el poder del mundo. Contrata sirvientes, su fiel Bendel y el ambicioso Rascal, y desperdiga monedas a diestra y siniestra, al grado de adquirir el título de conde. Sin embargo, en su interior resiente las reacciones que suscita por carecer de sombra: “la compasión de las mujeres, la burla de los jóvenes y el desprecio de los hombres”. Huye de la gente, huye del sol y de la luna, huye de todo y de todos.
Desesperado, acude a su fiel sirviente: “¡Bendel!… ¡Bendel! Tú eres el único que ves mi dolor y lo respetas, sin querer preguntar, solo compadeciéndote en silencio. Ven aquí, Bendel, tú serás el que esté más cerca de mi corazón… Me ves rico, Bendel, generoso, bondadoso, te figuras que el mundo debería adorarme y me ves huir del mundo y encerrarme… ¡Bendel!, el mundo me ha juzgado y me ha rechazado, y quizá tú también te vuelvas contra mí cuando sepas mi secreto: Bendel, soy rico, generoso, bondadoso pero… ¡Dios mío, no tengo sombra!”.
Hasta le hermosa Fanny, de quien se ha enamorado, lo rechaza por igual motivo, para casarse con el infiel Rascal.
Las desventuras aumentan a tal grado que Peter está a punto de sucumbir ante aquel enigmático hombre gris, que vuelve, después de un año, a presentársele con una nueva propuesta: le regresa su sombra a cambio de que le entregue su alma…
Quien lee esta impresionante y romántica historia se pregunta: ¿por qué tanta importancia a no tener sombra? ¿Esa nimiedad puede llevar al hombre a tal extremo de sufrimiento y locura?
El autor, Adelbert Chamisso parece decirnos, fruto de su propio dolor de desterrado y de sus lágrimas de desarraigado, que el hombre, por más poder y riqueza que pueda acumular, es un paria de este mundo. Que quien carece de sombra es como aquel que carece de aroma (como escribe Peter Suskind en “El perfume”), anda desamparado, solo, suscitando ignominia, compasión, desprecio y burla. Sombra (y aroma) es símbolo de valor humano, de bondad y dignidad, de reconocimiento y aceptación de su comunidad; en síntesis, del propio valor por ser persona y no por tener riqueza, fama y fortuna.
“La maravillosa historia de Peter Schlemihl”, escrita hace 200 años, sigue siendo una historia de hoy, de todos los días.

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