El modelo falaz

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Durante 2019, se ha observado -como nunca- un gran volumen de comentarios (a favor y en contra) sobre los supuestos que desde la cúpula del gobierno federal se han generado sobre el agotamiento de la importancia del crecimiento económico en México y sobre si este concepto debe dejar de ser considerado como prioritario para dar paso a una nueva etapa en las mediciones cualitativas de la economía otorgando con esto un papel más protagónico al desarrollo, es decir a la mejora de las condiciones de vida de la población.
Sobre este tema he revisado con mucho cuidado distintos análisis y ópticas que se han publicado, existen quienes desde la posición oficial del gobierno o desde el Banco de México señalan -con verdad- que los técnicos, los tecnócratas, los neoliberales (que nunca he entendido que es eso), los promotores del libre mercado olvidaron por años la calidad de vida y se enfocaron obsesionadamente en el perfil cuantitativo del PIB lo cual parece un poco exagerado sin dejar de dotarlo de la dosis de verdad que merece. Por otro lado, quienes nos dedicamos a esa “satanizada” labor técnica de análisis histórico, así como a la tarea de modelar supuestos por donde las variables económicas devienen hemos señalado que ese “abandono” al cual se refieren los “haters” de la tecnocracia obedece a una interpretación incorrecta y generalizada de las opiniones de los profesionales de la economía que opinamos que para tener desarrollo hay que tener crecimiento. ¿Cómo?
Si. Para que usted me entienda, los defensores de la 4T atinan -de manera correcta- a apuntar que la política económica debe contemplar de manera muy seria y preponderante el mejoramiento de la calidad de vida, pero fallan al generalizar que todos los que opinamos priorizando el crecimiento estamos cortados por la misma tijera (mafia del poder le llaman). Cuidado, no generalicemos, los economistas que han fallado han sido seducidos al momento de convertirse en servidores públicos, han fallado al combinar su tarea científica con la de los intereses del poder en turno y son un grupo plenamente identificable.
El resto, quienes revisamos de manera diaria la conducta de los grandes agregados nacionales y desde los mercados lo hacemos desde fuera del gobierno y nuestra opinión si bien es crítica es necesaria pues pensamos que la única forma de alcanzar el ansiado bienestar es mediante el crecimiento impulsado por la inversión privada, por el gasto público inteligente y transparente, el pleno empleo, la mínima intervención estatal y por una balanza de pagos robusta que aproveche los excedentes de la producción y pueda dar entrada a dólares que dinamicen la demanda agregada por la vía del comercio exterior. Por ello pienso que es innecesario el “jaloneo” intelectual ya que quienes pensamos que el crecimiento esta siendo desestimado por la cúpula federal tenemos autoridad técnica y hemos estado presentes en el “salón de los críticos” desde antes de esta transformación.
La realidad, querido lector es que la historia económica es conocida, existen corrientes diversas, tan viejas como abundantes; desde aquellas que pugnaron por el mercantilismo que inspiro a Colón o por el poder de la tierra a través de la fisiocracia, otros como Adam Smith fueron promotores incansables de la moralidad; el término “economía moral” aparece en su libro “Teoría de los sentimientos morales” y tras de él, hubo evolucionados y adversarios. Malthus mató a toda la población para poder equilibrar la demanda, David Ricardo dijo no a la guerra y si al comercio internacional. Carlos Marx desdoblo en su momento el capitalismo primitivo del siglo XIX para que a partir de él la economía se reconfigurará con la llegada de Keynes quien fue gran promotor de la expansión económica mediante los estímulos de la demanda, luego vinieron los austriacos comandados por Hayek quien originalmente tenía un pensamiento de corte socialista y termino convertido en el gran defensor del liberalismo y claro en acérrimo rival de Keynes. Así, el tiempo nos llevó hasta Friedman y Stigler quienes enarbolaron la bandera del libre mercado y aquí estamos.
Durante esta línea de tiempo, los grandes problemas económicos no dejaron de ser los mismos ¿Qué producir? ¿Cómo producir? ¿Cuándo y para quien producir? Y siempre -aunque sus versiones hayan ido modificándose- han existido 3 alternativas: El libre mercado, la planificación centralizada y el mixto. Estas tres barajas han sido siempre opciones -no de los economistas- sino de los políticos que han llegado al poder y que han llevado estos modelos económicos a Palacio Nacional. Así los gobiernos han ido y venido mientras los economistas seguimos aquí, señalando los riesgos. Es nuestro trabajo.
Tres hechos a partir de este punto son reales: el primero es que ningun modelo económico es efectivo cuando la corrupción lo envenena. En México y en el mundo el capitalismo y el socialismo han fallado históricamente no por las fórmulas que lo sustentan sino por los vicios que detrás del poder existen. El segundo hecho real es que durante la época moderna el modelo capitalista, que se fundamenta en libertades es el que más victorias electorales ha obtenido o lo que es lo mismo, la planificación centralizada ha intentado muchas veces implementarse sin éxito y, por último, los únicos modelos que aceptan el concepto de eficiencia de mercado son justamente el capitalista y el mixto (el que combina una dosis de libre mercado con ajustes de corte social). China es el mejor ejemplo, Rusia el más representativo de los intentos, México el experimento en turno. Por eso hay que ver el escenario con objetividad, lo que tenemos de frente no es un gobierno socialista; la expresión “el crecimiento no importa” es mera política. Tras esa expresión subyace un naciente modelo mixto que, aunque pregone el fundamentalismo sabe perfecto que requiere del crecimiento para otorgar bienestar porque el libre mercado es inclusivo, la inversión privada indispensable y totalmente inviable “cortar los cables” con el mundo globalizado porque la política no existe sin la economía, así ha sido siempre y así será.

*El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER Laboratorio de ideas. Es académico y conferencista. Twitter: @SAVERThinkLab