¿Qué es llevar la cruz?

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La cruz es el criterio decisivo para verificar lo que merece llevar el nombre de cristiano. Cuando las generaciones cristianas lo olvidan, su religión se aburguesa, se diluye y se vacía de verdad. Por eso, los creyentes hemos de preguntarnos cuál es el significado más original de la llamada de Jesús: «Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío».
Aunque parezca sorprendente, los cristianos hemos desarrollado con frecuencia diversos aspectos de la cruz, vaciándola de su verdadero contenido. Así, hay cristianos que piensan que seguir al Crucificado es buscar pequeñas mortificaciones, privándonos de satisfacciones y renunciando a gozos legítimos para llegar -por el sufrimiento- a una comunión más profunda con Cristo.
Sin duda es grande el valor de una ascesis cristiana, y más en una sociedad como la nuestra, pero Jesús no es un asceta que vive buscando mortificaciones; cuando habla de la cruz no está invitando a una «vida mortificada».
Hay otros para quienes «llevar la cruz» es aceptar las contrariedades de la vida, las desgracias o adversidades. Pero los evangelios nunca hablan de estos sufrimientos «naturales» de Jesús. Su crucifixión ha sido consecuencia de su actuación de obediencia absoluta al Padre y de amor a los últimos.
Sin duda hemos de valorar el contenido cristiano de esa aceptación, del «lado oscuro y doloroso» de la vida desde una actitud de fe, pero, si queremos descubrir el sentido original de la llamada de Jesús, hemos de recordar con toda sencillez qué era «llevar la cruz».
Llevar la cruz era parte del ritual de la ejecución: el reo era obligado a atravesar la ciudad llevando la cruz y portando el títulus, un cartel donde aparecía su delito. De esta manera se mostraba como culpable ante la sociedad, excluido del pueblo, indigno de seguir viviendo entre los suyos.
Esta ha sido la verdadera cruz de Jesús. Verse rechazado por los dirigentes del pueblo y aparecer como culpable ante todos, precisamente por su fidelidad al Padre y su amor liberador a los hombres.
Sin menospreciar otros aspectos de la vida cristiana, los creyentes hemos de recordar que el seguidor de Jesús ha de estar dispuesto a sufrir las reacciones, rechazos y condenas de su mismo pueblo, de sus amigos y hasta de sus familiares, provocados precisamente por su fidelidad a Dios y al Evangelio.
Tarde o temprano, a todos nos toca sufrir. Una enfermedad grave, un accidente inesperado, la muerte de un ser querido, desgracias y desgarros de todo tipo nos obligan un día a tomar postura ante el sufrimiento. ¿Qué hacer?
Algunos se limitan a rebelarse. Es una actitud explicable: protestar, sublevarnos ante el mal. Casi siempre esta reacción intensifica todavía más el sufrimiento. La persona se crispa y exaspera. Es fácil terminar en el agotamiento y la desesperanza.
Otros se encierran en el aislamiento. Viven replegados sobre su dolor, relacionándose solo con sus penas. No se dejan consolar por nadie. No aceptan alivio alguno. Por ese camino, la persona puede autodestruirse.
Hay quienes adoptan la postura de víctimas y viven compadeciéndose de sí mismos. Necesitan mostrar sus penas a todo el mundo: «Mirad qué desgraciado soy», «ved cómo me maltrata la vida». Esta manera de manipular el sufrimiento nunca ayuda a la persona a madurar.
La actitud del creyente es diferente. El cristiano no ama ni busca el sufrimiento, no lo quiere ni para los demás ni para sí mismo. Siguiendo los pasos de Jesús lucha con todas sus fuerzas por arrancarlo del corazón de la existencia. Pero, cuando es inevitable, sabe «llevar su cruz» en comunión con el Crucificado.

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