No hay niños buenos ni malos

Alejandro Tovar González

El psicólogo infantil valenciano, máster en Psicología Clínica y Salud, Alberto Soler ha dedicado más de 10 años a difundir las claves para desarrollar el potencial de los niños, tanto en el ámbito familiar como escolar. Y es que una labor que muchos dan por hecho como es tener hijos, representa realmente una responsabilidad de formación de un individuo que será, por un lado, un agente social, reproductor de la cultura y la ideología que se le inculque; mientras que por el otro será un sujeto con necesidades psicológicas que, si no se hace bien el trabajo, le conducirá a conductas lamentables como las adicciones, la depresión, ansiedad, relaciones de pareja disfuncionales o el suicidio; o bien los llevarán a una vida mediocre, inestable, donde no pueden tener logros y sólo tienen insatisfacción, pues aquellos encargados de modelar una personalidad saludable en ellos, hicieron todo menos eso.
“Las etiquetas se ponen muy fácil, pero quitarlas es muy difícil” nos dice Soler y es tremendamente cierto. En el consultorio podemos pasar más de 20 sesiones para modificar la percepción – y por lo tanto los esquemas mentales – que se han construido en la mente de un individuo. Este tiempo se prolonga hasta un año de terapia, 52 sesiones semanales, en el caso de trastornos de la personalidad. Y es que el efecto Pigmalión conduce a que la profecía se cumpla: si tratamos al niño como brillante, aplicado, inteligente, es muy probable que llegue a comportarse así, aunque también hay que tener cuidado de poner en ellos expectativas irreales, excesivas o inadecuadas pues, tal como nos comenta el profesional español: “El miedo a fallar hace que el niño se arriesgue menos, por temer defraudar las expectativas que se han puesto en ellos”.
Tener un hijo no tiene por qué ser un error, un accidente o un capricho sino el resultado de una decisión muy bien explorada en la que autónomamente se decide traer a un nuevo ser a este mundo, pues de poco sirve sobrepoblar aún más el planeta si sólo se van a cometer una serie de negligencias. Los niños buenos o malos no existen, plantea Soler, pero es una realidad que el niño va a replicar aquello que ve, aquello que le hacen, pero también se comportará en función de la incongruencia que percibe. Si papá le dice que no diga mentiras, pero él tiene otra familia, todo se va al traste. O bien si mamá lo solapa o acusa de no haberse acordado del pan, pero luego le exige que termine la escuela y se haga responsable, la incongruencia es aplastante. Y, peor aún, esta irresponsabilidad la pagamos todos, pues este ser arrojado al mundo tendrá una función social positiva o negativa.
Es la etiqueta también la que influye en el trato que las personas dan a los niños, o a otros seres en general. Maslow señala la falta de prejuicios como un componente de la autorrealización (que otros llamarían felicidad o éxito). De aquí la inminente exhortación a ti como adulto, para que te permitas crecer como ser humano, cuestionar tus paradigmas, modificar tus vicios, expandir tus horizontes y elevar tu conciencia para que, así, en la interacción que tengas con sujetos en formación (sobre todo si eres padre/madre o docente) puedas realizar una labor eficaz y constructiva, y no sólo replicar y perpetuar el estado devaluado y corrompido existente.

*Licenciado en Filosofía / Psicoterapeuta Cognitivo-Conductual/Doctorado en Psicología
Miembro de la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha, España

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