Gozan mercados de una riqueza

Angélica Olea Prieto
Colaboración

Entre los numerosos tianguis que semanalmente se llevan a cabo en el estado de Puebla, uno de los más importantes por la intensidad de intercambios y la extensión de su zona de influencia y que más ha llamado la atención de investigadores es el de Tepeaca.
La mayoría de estos mercados locales y regionales reconocen una larga tradición que se remonta a la época prehispánica.
Sin lugar a dudas la riqueza de sus productos que se producían localmente o a través de intercambio a zonas vecinas o remotas llamó la atención del imperio mexica para el control y la seguridad de las rutas de intercambio.
En el antiguo señorío de Tepeyacac, con la conquista de los mexicas en 1466, esta región se convirtió en tributaria de los imperios circunlacustres. Los gobernantes de Tenochtitlán crearon un gran mercado de características internacionales, y obligaron a las autoridades a dotar de tierra a los extranjeros que se quisieran instalar allí.
Los mexicas instauraron en Tepeyacac y en la zona una red de tianguis, que tuvieron una gran importancia en las relaciones entre el valle central y la tierra caliente del golfo. Tepeyacac se convirtió en una ciudad importante, donde mercaderes de todos los rumbos del valle de México, compartían el mismo espacio físico poblados en barrios, separados por su lugar de origen.
En Acatzingo y la zona de Tecamachalco se establecieron mercaderes extranjeros. Por ejemplo Pedro Pustecatl, natural de Texcuco, morador de Acatzingo. Los tianguis no solo eran centros comerciales de las ciudades y pueblos, sino también el lugar donde se intercambiaba información e ideas en todos los sectores y grupos sociales y donde se mantenía comunicación con otros pueblos lejanos.
Los habitantes de los pueblos comarcanos situados bajo cierta distancia estaban obligados a asistir al tianguis a vender mercancías para mantener provistos a los pueblos. Multitudes de compradores y vendedores tenían gran concierto y regimiento.
Cada renglón del comercio tenía su lugar en el tianguis ordenado en calles donde se agrupaban las distintas mercancías sin que se entremezclaran unas con otras; así había calles de herbolarios, o calles donde se vendían animales de caza.
Todos los mercados obedecían leyes y seguían usos y costumbres. Por supuesto cada región había desarrollado producciones primarias y artesanías de acuerdo con su flora y fauna, derivado de su clima y de sus recursos minerales.
Solo se podía comerciar dentro de los límites del mercado. Todas las mercancías se vendían por medida o pieza. Los precios de las mercancías los imponían los jefes de comerciantes para que no hubiera fraudes entre compradores y vendedores.
Con la llegada de los peninsulares, la vida comercial se vio afectada ya que había productos que no podían vender. Además se otorgaron días para realizar el tianguis. El 6 de octubre de 1542, el virrey don Antonio de Mendoza conde de Tendilla, a pedimento de los indios de Acatzingo restableció el tianguis, como antes solía hacerse, para tratar y contratar todos los mercaderes y personas.
Ante la controversia con Tecamachalco, el alcalde mayor de Tepeaca Jorge Cerón Carvajal, informo al virrey que el pueblo de Acatzingo ordinariamente de tiempo inmemorial había hecho y seguía haciendo cada ocho días, un tianguis cada martes, donde había contratación de naturales de muchos pueblos comarcanos y Tecamachalco lo hacía el mismo día. Al estar cerca uno del otro había pocos contratados porque la gente se dividía. A Tecamachalco se le asignó el sábado.
A partir de esa fecha el tianguis de ambos lugares se realizó de manera normal. El año de 1791, Acantzingo fue responsable del 10.7% del total de la recaudación alcabatoria de la jurisdicción y Tecamachalco de un 8.9%.
Acatzingo introdujo 95 partidas de mercancía que provenían de la intendencia de Veracruz o de algodón reexpedida desde los pueblos de Tecamachalco y Quecholac. Entre los efectos importados predominan los vinos y aguardiente, en tanto que de Córdoba y Orizaba llegan cargas de azúcar y de Cosamaloapan, Tlacotepec y Medellín, arriba el algodón utilizado por los tejedores locales (como en Acatzingo que se sostienen del tejido de mantas que tienen estimación en Puebla y en 3 mercados locales. La producción se elevaba a 14 mil piezas de manta).
Una buena parte de las partidas expedidas desde Puebla estaba formada por cajones de jabón, chile, sombreros, arroz y lentejas. A diferencia de lo que sucede en Tecamachalco, solo 11 cargas de harina, el grueso de las 904 cargas llegaron del molino de Acatzingo. Una partida de queso constituye el único envió proveniente de México.
El introductor más importante es don Francisco Urbano Jácome. Si bien un documento de 1810 lo menciona como vecino y del comercio de Quechula, las actividades de Jácome se extendieron a diversas localidades de la jurisdicción, como Tepeaca, donde fue registrado como introductor desde 1789, hasta los años de insurgencia.
Este hombre se especializaba en la introducción de mercancías provenientes de Veracruz. Sin embargo, como fue común entre los mercaderes de la jurisdicción mantenía estrechas relaciones con labradores de la comarca, entre ellos su suegro, don Felipe Arenas, arrendatario de la hacienda Tlacomulco y del rancho San José situados en Quechula.
Como otros comerciantes Jácome abandono la comarca durante los años de la insurgencia, y en 1815 se presento ante el ayuntamiento de Puebla como emigrado solicitando autorización para poner una Oficina de panadería; si bien la solicitud fue rechazada, unos años después aparece como propietario del molino del Carmen.
Este indicador nos traslada a otra de sus facetas que habría tenido en la actividad mercantil, en el periodo que vivió en la jurisdicción de Tepeaca: el comercio de harinas.
Con respecto a Tecamachalco, de acuerdo al Libro Real, la introducción de mercancías de Veracruz son las predominantes. Así por ejemplo; 137 barriles de aguardiente, a los que se suman barriles de vino, y una menor demanda de algodón, por parte de una comarca con menos tradición textil como Acazingo y Tepeaca. De Puebla vienen partidas de azúcar, panela y en menor medida queso, almidón, arroz. Los restantes productos provienen de Izúcar y pueblos vecinos.
En síntesis en estos pueblos los circuitos veracruzanos tuvieron un papel importante en el abasto de mercancías y productos como azúcar o algodón. Se advierte la ausencia de mercancías provenientes de áreas lejanas de la intendencia de Puebla y de Oaxaca, por otra parte no hay vínculos directos con la ciudad de México. Veamos ahora el caso de Juan Loizaga quien tuvo su centro de operación en Tecamachalco. Loizaga llego a Nueva España en la década de 1760 desde el Reino de Castilla, siguiendo los pasos de su padre. En su testamento declaro que se mantuvo en estos reinos del trabajo personal y del trato y comercio perteneciente a don Antonio Gutiérrez, un comerciante veracruzano.
En efecto, a fines de 1760, Juan estaba instalado en Tecamachalco por cuenta del comerciante veracruzano para realizar una actividad mercantil que abarcaba: Tepeaca, Acatzingo, Quechula, Tlacotepec, entre otros, y se extendía desde Córdoba hasta Oaxaca, incluyendo San Juan de los Llanos y los pueblos de la sierra norte de Puebla. Si Tecamachalco era su base de operación, Córdoba constituía su red de intercambios. Desde allí recibía las cargas de azúcar enviadas por su amo, para hacer las compras de trigo, manteca, enviada a la región de Veracruz. El mismo Loizaga realizo viajes a Zacapoaxtla para comprar manteca. En las haciendas cerealeras de la Jurisdicción de Tepeaca adquiría frijol y trigo, a lo que se sumaban envíos de harina de molinos locales, y cacahuate y petate de Tepexi.
Don Juan dejo asentado en su testamento que redacto a finales de 1775 en Puebla, por estar “enfermo de accidente mortal”, que con esos negocios le había hecho ganar a su amo entre cinco y seis mil pesos. A pesar de ello la relación entre patrón y dependiente no tuvieron buen fin; Loizaga acuso a Gutiérrez de ser codicioso, quejándose de que a pesar de haber estado trabajando de día y de noche, y siempre con la esperanza de que le tocara un buen porcentaje de tanto que le había dado a ganar a la casa, esperaba por lo menos un mil pesos, solo obtuvo lo indispensable para su sostenimiento.
Loizaga afirmo que su habilitador se aprovecho no solo de sus servicios, sino de sus contactos comerciales, incluyendo al alcalde mayor de Tepeaca, y la amistad de todos sus amigos. Ciertamente la correspondencia mantenida con sus proveedores, compradores e informantes lo presenta como un sagaz comerciante, muy al tanto de los circuitos mercantiles, es probable que su actividad comercial en la región haya sido anterior a su relación con Gutiérrez. Como mero dato curioso, en 1811 operaba en Tecamachalco el español don Antonio Gutiérrez, cuya tienda fue saqueada por una partida militar que se apodero de todas las existencias, que no bajaban de 20 a 30 mil pesos.
Otros comerciantes de Córdoba continuaron habilitándolo de mercancías provenientes de tierra caliente veracruzana, como de efectos importados. Así, por ejemplo, don Pedro de la Rosa, de Córdova, le enviaba pescado y arroz que vendía en Tepeaca, don Francisco de Sosa, de la misma localidad le proveía de azúcar. En un cuaderno de contabilidad de 1774 figuran diversas partidas de pescado frescal y seco de las cuales dos corresponden a Tecamachalco, una a Tepeaca, otras dos a Acatzingo y una a Tlacotepec.
La lista de deudores permite reconstruir otra parte de su actividad mercantil: San Juan de los Llanos, Chila de la Sal y Huajuapan, pueblos localizados en la ruta a Oaxaca, a donde enviaba maíz y trigo. En esta última ciudad Loizaga contaba con los servicios de su yerno, José Domínguez Bueno, quien al igual que otros comerciantes del mercado local lo tenían informado sobre el precio de la azúcar. Como muestra se cita a un comerciante de Chila (1771), donde solicita 15 cargas de maíz, ofreciéndole a cambio, “algún genero de por acá, de los que produce el pays”.
Cabe señalar que hay una drástica disminución de la introducción de efectos importados en el año de 1832, esto debido a la coyuntura desfavorable por la que atravesaba el comercio exterior mexicano. También los efectos de la tierra o productos nacionales sufrieron una disminución notable probablemente por la disminución en la capacidad de consumo de la región, que en parte es por la negativa evolución demográfica por la que atravesó la Jurisdicción de Tepeaca en la primera mitad del siglo XIX. Aunque a finales de la década de 1830 se indica una recuperación mercantil.