Prender fuego

René Cesa Cantón

Son bastantes los cristianos que, instalados en una situación social cómoda, tienden a considerar el cristianismo como una religión que invariablemente debe preocuparse de mantener la ley y el orden establecido.
Por eso resulta tan extraño escuchar en labios de Jesús dichos que invitan no al inmovilismo o conservadurismo, sino al cambio profundo y radical de la sociedad: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡Y ojalá estuviera ya ardiendo!… No nos resulta fácil imaginar a Jesús como alguien que trae un fuego destinado a destruir tanta impureza, mentira, violencia e injusticia. Un Espíritu capaz de transformar el mundo de manera radical.
El que ha entendido a Jesús vive y actúa movido secretamente por la pasión de colaborar en un cambio total. Quien sigue a Jesús lleva la «revolución» en su corazón. Una revolución que no es «golpe de Estado», cambio de gobierno, insurrección o relevo político, sino búsqueda de una sociedad más justa.
El orden que con frecuencia defendemos es todavía un desorden, pues no hemos logrado dar de comer a todos los pobres, ni garantizar sus derechos a toda persona, ni siquiera eliminar las guerras.
Quien sigue a Jesús vive buscando ardientemente que el fuego encendido por él arda cada vez más en este mundo. Pero antes que nada se exige a sí mismo una transformación radical.
Da miedo pronunciar la palabra «amor». Está tan prostituida que en ella cabe lo mejor y lo peor, lo más sublime y lo más mezquino. Sin embargo, el amor está siempre en la fuente de toda vida sana, despertando y haciendo crecer lo mejor que hay en nosotros.
Cuando falta el amor, falta el fuego que mueve la vida. Sin amor, la vida se apaga, vegeta y termina extinguiéndose. El que no ama se cierra y se aísla cada vez más. Gira alocadamente sobre sus problemas y ocupaciones, queda aprisionado en las trampas del sexo, cae en la rutina del trabajo diario: le falta el motor que mueve la vida.
El amor está en el centro del Evangelio, no como una ley que hay que cumplir disciplinadamente, sino como el «fuego» que Jesús desea ver «ardiendo» sobre la Tierra, más allá de la pasividad, la mediocridad o la rutina del “buen orden”. Según el Profeta de Galilea, Dios está cerca de nosotros buscando hacer germinar, crecer y fructificar el amor y la justicia del Padre. Esta presencia de un Dios que no habla de venganza, sino de amor apasionado y de justicia fraterna, es lo más esencial del Evangelio.
Jesús contempla el mundo como lleno de la gracia y del amor del Padre. Esa fuerza creadora es como un poco de levadura que ha de ir fermentando la masa, un fuego encendido que ha de hacer arder al mundo entero. Jesús sueña con una familia humana habitada por el amor y la sed de justicia. Una sociedad que busca apasionadamente una vida más digna y feliz para todos.
Desde siempre se han sentido las personas atraídas por el amor, aunque hayan caído una y otra vez en egoísmos inconfesables. Pero tal vez nunca se había llegado a perder la fe en el amor como parece estar sucediendo en la sociedad contemporánea.
Para algunos, el amor es hoy perfectamente prescindible. Les parece una ingenuidad pensar en el amor como cimiento de la vida social. Lo realista es gestionar los egoísmos individuales de manera que no nos hagamos demasiado daño unos a otros.
Por otra parte, la tecnología parece exigir antes que nada rigor, precisión, eficacia, seguridad. El amor puede ser idealizado, pero no «sirve» para funcionar en la vida real. Es decepcionante observar cómo se vive la misma sexualidad al margen del amor, excitando, apaciguando o manipulando el sexo en función de las conveniencias o intereses del momento.
Sin embargo, sin amor la vida humana se desintegra y pierde su verdadero sentido: son muchos los que creen descubrir bajo la agresividad, la frustración y la violencia de la sociedad actual una inmensa necesidad de amor y comunión.
Los seguidores de Jesús no deberíamos perder la confianza y el aliento. Esta sociedad está necesitada de testigos vivos que nos ayuden a seguir creyendo en el amor, pues no hay porvenir para el ser humano si termina por perder la fe en el amor.

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