Doña Coty

Hands writing on old typewriter over wooden table background

El Dinero no existe
Luis R. Pérez Lezama

Es 1989, la imagen se centra en una pequeña casa de madera ubicada a un costado de la vía del ferrocarril, la pequeña vivienda está hecha de madera con techo de teja y siempre por alguna razón mantiene su comal encendido lo que permite ubicar la casa desde lejos como si el humo blanco fuera un símbolo de supervivencia. En ella habitan Rocío, Chela, Javier y Jesús, de 12, 10, 9 y 8 años, todos comandados por Doña Coty quien es un ama de casa que trabaja de ama de casa incluso en otras casas que no son la suya (es empleada doméstica). En el hogar hay poco, por no decir apenas lo suficiente, el padre ha fallecido tiempo atrás víctima del alcoholismo, fue fiel representante del machismo del siglo pasado, americanista por ocio y maestro ferrocarrilero por vocación, sin embargo, no está más y Doña Coty tiene -como muchas madres en México- el encargo de hacer que sus hijos progresen, un poco con amor y un poco con la “chancla” para aquellos casos en los que el corazón no funcione.
Hoy no es día de descanso sin embargo Doña Coty ha pedido a su patrona el día libre así que se apresta a encargar a los 3 más pequeños con la vecina y aprovecha para elegir el único vestido que tiene una presentación decente, muy a su estilo se levanta el cabello, ha elegido por maquillaje únicamente la limpieza y por accesorios la valentía y el orgullo de ser cabeza de familia; abre un pequeño cajón y deposita el contenido en el interior de su monedero al tiempo que lo coloca debajo del brazo con tal decisión que ni cien ladrones podrían arrebatárselo, con la misma fuerza sujeta a la hija mayor: Rocío, quien ya entiende de la vida, ambas se disponen a caminar hacia el centro de la ciudad. De camino, la niña vibra de alegría al ver los aparadores y señala con el índice al hombre que vende globos, pero Doña Coty no tiene espacio para los ruegos de la pequeña, es evidente porqué.
El patrón de doña Coty es empleado de gobierno y habla con frecuencia de la mejoría en los salarios mínimos y del avance del dólar; Doña Coty prefiere preocuparse de los pesos que ella gana ya que no le alcanzan para lo que sus hijos necesitan así que ha aprendido a vivir deseando poco y teniendo casi nada, le parece que es una buena forma de no sufrir de más y enseña a sus hijos a no anhelar mostrándoles que el refugio de los pobres es la fe, sin embargo es verano y la niña quiere todo: La paleta, el helado ¡la muñeca! Así que un grito ahogado de la madre en la oreja del infante es suficiente para que la cordura vuelva mientras una lágrima despedaza la inocencia de su mejilla al tiempo que el silencio reina. De pronto, una fila de personas detiene la caminata y la discusión; el Puente de la Borda se asoma por un costado, hay que hacer fila; los minutos avanzan mientras Rocío observa el cauce poderoso del río y piensa que es un buen momento para ahogar las esperanzas de su niñez en su afluente.
Doña Coty tiene otras ideas en la cabeza: Cuatro niños que irán nuevamente a la escuela o cuatro posibilidades de que puedan emplearse, en casa hay hambre pero también hay mucho corazón como para mandar a los pequeños a trabajar así que esta parada frente a la puerta del Monte de Piedad esperando su turno por largo rato para estar de frente al valuador y contarle en los breves instantes durante los cuales le reciben sus pequeñas alhajas la tragedia que es ser pobre; el valuador sabe y entiende que ser pobre no es mérito para un mayor préstamo pero sonriente tras revisar las piezas procura darle a esta ama de casa la mejor oferta por sus prendas. No hay más, no hay magia, el dinero es finito y Doña Coty lo sabe, acepta y firma, sabe que no alcanzará para lo que las escuelas han pedido pero esta consciente que cuando menos los enviará comidos y con calzado.
Han entrado al empeño una madre y una niña, salieron de él dos mujeres, porque cuando una madre lleva a su hija al Monte de Piedad le esta mostrando como se alcanza la madurez frente a los problemas así que Rocío ahora tiene el rostro firme y adusto, ya no voltea a ver los globos ni los helados y toma fuertemente de la mano a su madre quien multiplicará los pesos recibidos en 4 libretas, dos lápices y dos gomas que se pueden convertir en cuatro -si se parten en dos-, dos bolsas de ixtle que se convertirán en mochilas y un par de zapatos nuevos para Rocío por supuesto los de precio más accesible y con un número adicional al pie de la niña porque hay que prevenir que el “piecito” crezca. Los zapatos que Rocío dejará servirán para la hermana menor porque cuando se es pobre nada se tira todo se hereda… El mercado es la última parada; el pollo esta muy caro, la pechuga no es opción así que se prefieren las menudencias. De pasada a Catedral a dar gracias y nada más.
El monedero de Doña Coty vuelve vacío, el alma también, esta mujer no puede darse el lujo de alegrarse de lo que compró, debe ser firme y hacer que sus hijos vean la pobreza como un trámite a la espera de que la vida les sonría. Que vayan a la escuela, siempre será preferible eso que verlos en la calle, así que, por ahora, misión cumplida, los niños están listos para el “Regreso a clases”, el humo del comal sigue encendido y el calendario transcurre, los años corren y la toma se aleja…
Hoy, ha vuelto a mi mente esa mujer, me dicen que esta delicada, muy enferma, ya es una persona mayor, los hijos han crecido, la vida los ha tratado bien y mal, unas veces les ha “enseñado los dientes” y otras les ha sonreído porque han sabido domarla. El tiempo ha pasado, nosotros seguimos hablando del dólar, de los salarios y de la calidad de vida, pero todo sigue igual, los pobres siguen siendo pobres, la desgracia sigue alcanzando a los que menos tienen. El país tiene menos nuevos pobres pero los viejos pobres dejan de ser pobres porque se mueren; me anima saber que a pesar de todo ella sigue luchando y que su voluntad es inquebrantable aún en la enfermedad, que sigue vigilante de sus hijos y que no son los gobiernos los que vencen a la pobreza sino los corazones de las madres de este país. No te vayas nunca Doña Coty, nunca.

*El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER Laboratorio de ideas. Es académico y conferencista. Twitter: @SAVERThinkLab

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