Vincent, girasoles contra el mundo

Rebeca Ramírez
Colaboración

Con un ritmo que nos hace recordar la gráfica de un electrocardiograma, la puesta en escena -con el teatro a su máxima capacidad- de la directora Luly Rede, una vez más nos sorprende con la escenografía minimalista (Xóchitl González Q.), frecuente en sus montajes, en la que con profundidad, formal y fundamentalmente, deja conocer una gran parte de la compleja vida del pintor holandés Vincent Van Gogh (Zundert, Holanda; 1853-1890).
Basado en la relación epistolar que tuvo el pintor con su hermano menor Theo -galerista en París- el montaje, temporalmente lineal, deja conocer la tortuosa vida de quien primero fue comerciante, después estudiante de teología y misionero más adelante. Al cumplir 27 años ingresó a la Real Academia de Artes de Bruselas, Bélgica y a partir de este momento se vuelve gran apasionado de la pintura.
La escritura de esta pieza teatral es el resultado de una investigación de tres años hecha por el actor, debida al interés de éste por el pintor, después de “prestar su voz al documental Vincent, pinceladas de un genio, de los directores Peter Knapp y Francois Bertrand, producido por el Museo de Orsay (París, Francia), el Museo Van Gogh (Ámsterdan, Países Bajos) y el Centro Cultural Tijuana (México), (por lo que) el actor mexicano decidió someterse a un exigente proceso de creación literaria…”, el cual da como resultado esta importante narración dramática expuesta en el Teatro Helénico de la Ciudad de México.
Producida por Allan Flores esta exposición escénica nos remite, una vez más, a obras previas de la directora en los que despliega imaginación, mesura, naturalidad que sorprenden mientras transcurre, durante casi dos horas, el trabajo de los actores vestidos con adecuada y correctamente elaborada ropa (Jesús Lobato y Camila Soria, Julio Marín y Cristina Hidalgo), que en varios momentos nos recuerda los cuadros del pintor, que se exponen en las paredes de habitaciones del lugar donde vive Theo o en los paupérrimos sitios donde vive Vincent, por medio de fotografías multimedia (Wen Quintanar y Lorena Alcaraz).
Como en anteriores montajes, el mobiliario está manejado por los actores, que intervienen en la obra y que representan en varios momentos dos o más personajes del relato: Mario Iván Martínez, Vincent, Theo y el subastador de la casa Christie‘s en Londres, Inglaterra; Paula Comadurán, Cornelia Adriana, prima hermana de quien Vincent se enamora y ésta lo rechaza, señora Vos-Stricker, tía de Vincent; Sten, amante del pintor y Johanna Van Gogh, esposa de Theo, quien en la realidad hereda la fortuna producida por la obra artística de pintor. Fernando Memije, representa a Paul Gauguin, al director del hospital psiquiátrico en donde ingresa voluntariamente Vincent, crítico de arte, editor y trabajador de la casa Christie’s. Con la mención de lo anterior quiero resaltar el gran trabajo actoral de éstos, ya que despliegan el dominio actoral con inmenso profesionalismo (sólo en algún momento de la narración a alguno de ellos se le “cuela” la pronunciación de algunos habitantes de la Ciudad de México).
Con el manejo de la iluminación (Xóchitl González Q.) la señora Rede resalta importantes momentos de la puesta en escena, lo mismo sucede con la música de orquesta, en algunos pocos momentos estridente, lo que opaca las palabras de los actores, quienes durante toda la narración se expresan con el timbre y tono adecuados para el alcance en todos en la sala. Durante el transcurso de la obra los asistentes recuerdan o se sorprenden al ver la reproducción de obras pictóricas de Van Gogh, Degas, Seurat, Gauguin y Touluse Lautrec, lo mismo que con la selección musical de autores como Cruz Prieto, César Frank, Claude Debussy o Manuel M. Ponce.