Sólo esta vez… en Hollywood

Talavera Serdán / Quésto y Quel´otro

¿QUIÉN HABRÍA dicho que nuestro Cuarón, el de Roma, tendría algún paralelismo con vuestro Tarantino, el de Bastardos Gloriosos? Sólo faltaría Eugenio Caballero, el notable diseñador de producción en la ecuación.
Su film #9, Érase una vez… en Hollywood“, como el título sugiere, es una fantasía arraigada en una tierra lejana en tiempo, sino en una ciudad bulliciosa habitada por millones aún dentro del rango de la memoria de los años 60. El parecido entre los cineastas viene en el amor por la recreación, las calles y los vecindarios de Roma, fuera de algunos departamentos modernos (la misma casa protagónica) no cambiaron demasiado de la era de Cuarón niño, a diferencia del Hollywood del film nuevo, que conoció efervescente el jovencito Tarantino llegado del otro extremo sureño de EU, Tennessee.
La diferencia entre los films radica en que el mexicano gastó más en efectos visuales para la recreación, por ejemplo, de un trozo ajetreado de la Ave. Insurgentes, en especial frente y alrededores del Cine Américas, y Quentin, cineasta que nació del experto de trabajo por años en tienda de videos, de ahí su conocimiento extenso en el negocio, no se conforma con el ”hacer creer“, que es el credo del cine, sino en ”rehacer“, lo que debió costarle tiempo de investigación, juntas periódicas con la alcaldía de Los Ángeles, que se toman muy en serio los permisos para cerrar calles y alterar desde fachadas hasta cruces de peatones, sustituir -quitar lo nuevo, poner lo viejo y enseguida reponer lo que estaba, pero todos los anuncios comerciales, en especial el de cines como el AEgyptian, reviven en glorioso neón (¿pantallas led…?, fuck off).
Ni qué decir del vestuario sesentero, vintage puro, mucho adquirido en tiendas de uso, con la fortuna de que uno de los sitios icónicos del Blvd. Hollywood, el Restaurant Musso´s, frecuentado en la época por todos los grandes y poderosos, ha permanecido virtualmente intocado, excepto por las cajas registradoras (y el hecho de que el mismo Tarantino es ahora uno de sus clientes estrella), y sólo necesitaron dos días de rodaje ahí, aunque el dueño habría cerrado la semana entera, considerando la promoción gratuita a nivel mundial.
Piezas como KHJ radio, los cines de U$0.75, margaritas en Casa Vega, las cintas de estreno, tiendas de ropa y de souvenirs… todo lo feo fue hecho a un lado o borrado enteramente, remplazado con imágenes sabrosas, las cosas buenas forjadas en la nostalgia.
”Ese sentido de ´tangibilidad´ es tan importante para el cineasta de Pulp Fiction, que insiste en que sea posible tocar esas señales, esos postes de luz, porque si es real para él y los actores en la escena, él sabe que se sentirá real para la audiencia“, dice su diseñadora de producción Barbara Ling (Tomates Verdes Fritos, Batman y Robin, Un día de Furia).
En este Hollywood no hay smog, es más fácil ver a una chica linda en vaqueros cortos que a un vagabundo sin techo (como actualmente), y todos los teatros a lo largo de las calles Hollywood y Sunset Boulevard relumbrantes con anuncios neón prometiendo placeres elegantes, o chorros de sangre de cintas de explotación. Y Tarantino, fiel a sus raíces, quiso traerlo todo para nosotros sin efectos computarizados.
Una escena muestra a Margot Robbie, quien encarna a Shaton Tate -la esposa de Roman Polanski, asesinada por el Clan Manson–, atravesar al cine Bruin, y de repente se le antoja ver una película. Con el cine no hubo de hacerse gran cosa, porque está bien conservado, pero cruzar la calle fue un reto: los nuevos cruces ”cebra“. Hubo que pintar rápidamente toda el área y dejarla como estuvo en los 60s, y velozmente repintarla, siendo un crucero importante. Ling y su equipo revisaron cientos de fotografías específicamente de 1969, para asegurarse de cada detalle, asistidos por decenas de fotógrafos que hubiesen hecho anuncios de las casas comerciales de alrededor, ya que muchas han sido remplazadas por franquicias. El ”Starbucks“ y el ”Taco Bell“ sí se pusieron sus moños.
Imaginen un redaje de esas proporciones, donde parte de los personajes ficticios de Leo DiCaprio y Brad Pitt aparecen la dulce-triste Tate, Charles Manson, Bruce Lee y decenas de nombres que fueron algo en cine… el resultado es una carta de amor de Tarantino al Hollywood que ya no volverá.

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