Necesario y urgente

Necesario y urgente

RENÉ CESA CANTÓN

Mientras el grupo de discípulos sigue su camino, Jesús entra solo en una aldea y se dirige a una casa donde encuentra a dos hermanas a las que quiere mucho. La presencia de su amigo Jesús va a provocar en ellas dos reacciones muy diferentes.

María, seguramente la hermana más joven, lo deja todo y se queda «sentada a los pies del Señor». Su única preocupación es escucharle. El evangelista la describe con rasgos que caracterizan al verdadero discípulo: a los pies del Maestro, atenta a su voz, acogiendo su Palabra y alimentándose de su enseñanza.

La reacción de Marta es diferente. Desde que ha llegado Jesús no hace sino desvivirse por acogerlo y atenderlo debidamente. Lucas la describe agobiada por múltiples ocupaciones. Llega un momento en que, desbordada por la situación y dolida con su hermana, expone su queja a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano».

Jesús no pierde la paz. Responde a Marta con un cariño grande, repitiendo despacio su nombre; luego le hace ver que también a él le preocupa su agobio, pero ha de saber que escucharle a él es tan necesario que a ningún discípulo se le ha de dejar sin su Palabra: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán».

Jesús no critica el servicio de Marta. ¿Cómo lo va a hacer, si él mismo está enseñando a todos con su ejemplo a vivir acogiendo, sirviendo y ayudando a los demás? Lo que critica es su modo de trabajar de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas ocupaciones.

Jesús no contrapone la vida activa y la contemplativa, ni la escucha fiel de su Palabra y el compromiso de vivir prácticamente la entrega a los demás. Alerta más bien del peligro de vivir absorbidos por un exceso de actividad, apagando en nosotros el Espíritu y contagiando nerviosismo y agobio más que paz y amor.

Una vez más, pues, Jesús se acerca a Betania, una aldea cercana a Jerusalén, a hospedarse en casa de unos hermanos a los que quiere mucho. Al parecer lo hace siempre que sube a la capital. En casa están solo las mujeres. Las dos adoptan posturas diferentes. Marta se queja y Jesús pronuncia unas palabras que Lucas no quiere que se olviden entre sus seguidores.

Marta es la que «recibe» a Jesús y le ofrece su hospitalidad. Desde que ha llegado se desvive por atenderlo. Nada tiene de extraño. Es lo que le toca hacer a la mujer en aquella sociedad. Ese es su sitio y su cometido: cocer el pan, cocinar, servir al varón, lavarle los pies, estar al servicio de todos.

Mientras tanto, su hermana María permanece «sentada a los pies» de Jesús, en actitud propia de una discípula que escucha atenta su palabra, concentrada en lo esencial.

Cuando Marta, desbordada por el trabajo, critica la indiferencia de Jesús y reclama ayuda, Jesús responde de manera sorprendente. Ningún varón judío hubiera hablado así. No critica a Marta su acogida y su servicio. Al contrario, le habla con simpatía repitiendo cariñosamente su nombre. No duda del valor y la importancia de lo que está haciendo. Pero no quiere ver a las mujeres absorbidas solo por las faenas de la casa: «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas. Solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán». La mujer no ha de quedar reducida a las tareas del hogar. Tiene derecho a «sentarse», como los varones, a escuchar la Palabra de Dios.

Es mucho lo que nos falta en la Iglesia y en la sociedad para mirar y tratar a las mujeres como lo hacía Jesús. Considerarlas como trabajadoras al servicio del varón no responde a las exigencias de ese reino de Dios que Jesús entendía como un espacio sin dominación masculina.

Agitados por tantas ocupaciones y preocupaciones, necesitamos tomarnos de vez en cuando un tiempo de descanso para sentirnos de nuevo vivos. Pero necesitamos además pararnos y encontrar el sosiego necesario para recordar de nuevo «lo importante» de la vida.

¿Cuáles son las cosas importantes a las que he dedicado poco tiempo, empobreciendo así mi vida diaria? En el silencio y la paz del descanso podemos encontrarnos más fácilmente con nuestra propia verdad, pues volvemos a ver las cosas tal como son. Y podemos también encontrarnos con Dios para descubrir en él no solo la fuerza para seguir luchando, sino también la fuente última de la paz.

 

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